Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

Juan Pablo II y John Keats

 

 

A principios de los noventa, en un día gris de octubre romano, tuve la oportunidad de saludar, de dar la mano a Juan Pablo II. Algunos pensarán de este simple gesto que es algo trivial, o que entra dentro de la mitomanía de cada cual. Para mí fue un relámpago de esperanza, un recomenzar. De alguna misteriosa manera todavía sigo allí -prendido a aquella mano blanquísima- en el aquí de mi cotidiana realidad de hombre de provincias. Un momento inolvidable, debo reconocerlo. El que lo ha probado lo sabe. Toda la biografía de aquel hombre se me hizo presente. Sentí el dolor por la temprana muerte de sus padres, su temor por la oscura sombra del nazismo y más tarde del comunismo. Y vi en sus ojos la mirada feliz del joven obrero, actor y poeta que, con la misma fuerza, sigue hoy anhelando lo infinito de unos versos -acaba de publicar Tríptico romano- y, tras ellos, la redención del sufrimiento. Noté en mi propia mano, lo noto todavía, el pulso de su amor a Dios y al hombre, coherencia y sentido de una vida.

 

Ese mismo día había visitado la casa donde murió el 23 de febrero de 1821 John Keats, el poeta por antonomasia, el autor de la “Oda sobre una urna griega” o de la “Oda al otoño”. La naturaleza eterna de los ideales luchando con la fugacidad del tiempo, del misterio que es toda vida. Pensaba en su amor por Fanny Brawne, en el poema que Borges le dedica, en las últimas horas de su joven agonía, allí precisamente, en Roma. Llegué al Vaticano exhausto, mientras balbuceaba una y otra vez los mismos versos, como una cantinela: “La belleza es verdad, y la verdad belleza / -no hace falta  saber más que esto en la tierra”. La basílica de San Pedro relucía en síntesis de inaudita fuerza espiritual. Los ojos, en su mirar, hilvanaban una extraña luz que difuminaba la materia a su antojo.

 

¿Qué tiene que ver, se me dirá, el inmortal poeta inglés con este sucesor polaco de san Pedro? Tal vez su visión apasionada del alma humana, tal vez la clarividencia de un amor que transfigura lo ordinario.

 

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en Heraldo de Aragón

 

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