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Juan Pablo II en Lourdes

Decidí escribir algo sobre él después de verle en su último viaje a
Lourdes. Cada uno de sus gestos eran una llamada que me urgía, un
lenguaje sobrenatural que me interpelaba. A mí, personalmente. Bien sé
que mi testimonio apenas es nada en este maremágnum de imágenes y tinta
en el que me muevo, pero sentí que en aquella aparente debilidad suya
estaba el quicio de algo demasiado importante como para ceder a un
cómodo silencio. Ese silencio sobre el que se construye una sociedad
hedonista, donde la sugestión del consumo hace las veces de un precario
bienestar. En fin, que donde los periodistas que cubrían la noticia
apreciaban desfallecimiento, yo sólo veía una fortaleza inexpugnable, un
signo que forma parte de un alfabeto infinito que debo aprender a leer,
si realmente no quiero desperdiciar mi vida en la angustia de lo
trivial. Aunque vivimos tiempos en los que el sentimiento se confunde
con la falta de carácter, confieso que me emocioné. Y no me avergüenza
escribirlo aquí. ¿Cómo explicarlo? Era una emoción pura, mucho más
profunda que la que puedo sentir cuando transito por un poema de Claudio
Rodríguez (quien escribió: "Siempre la claridad viene del cielo; / es un
don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa /
haciendo de ello vida y labor propias"), o cuando contemplo un cuadro de
El Greco, o cuando escucho un andante cantabile de Mozart. Una
emoción en donde encuentro la prueba más palpable de la existencia del
alma.
La mirada de Juan Pablo II era –y es– la misma mirada de Dios, era –y
es– la profecía de un mundo completamente nuevo. Esa mirada que es capaz
de resucitar en nuestro interior una alegría que tal vez creíamos
perdida para siempre. Una mirada que significa ternura y esperanza,
misericordia y luz, himno y elegía. "Tu ver es vivificar", decía el
cardenal y filósofo del siglo XV Nicolás de Cusa. ¿Dónde reside la raíz
de semejante fuerza espiritual, de tal olvido de sí? ¿En una fantasía
embaucadora? ¿En alguna extraña cavilación abstracta? ¿En un simple
empecinamiento humano? No nos engañemos, sólo el amor es capaz de algo
así. Un amor heroico, hasta la muerte. Como Cristo. Y como Cristo Juan
Pablo II anda encorvado, aplastado bajo el peso de la cruz, hecho trizas
por el sufrimiento de los hombres. Se arrastra por medio mundo porque
sabe que el mundo tiene nostalgia de Dios, una necesidad específica de
escuchar el Evangelio. Y para ello se sirve de medios tan inauditos como
el ayuno o la oración. Éste es su poder, y por eso su palabra cala en el
corazón de tanta gente, que escucha sin cansancio la omnipotencia de su
voz.
Viéndole en Lourdes he sentido envidia de su santidad, de su amor, de su
arraigada creencia. Es decir, de su felicidad. He sido consciente de que
su mirada va más allá de lo visible, de que Dios le ha concedido el
místico don de transformar en gracia todo lo que toca. Viéndole uno sabe
que las cosas, por incomprensibles y dolorosas que sean, tienen un
sentido. No, Juan Pablo II no está débil, ni chocho, ni decrépito. Los
débiles somos nosotros, nosotros los que no terminamos de comprender,
los que todavía pensamos que es posible algún tipo de dicha real que no
cuente con el abrazo de Dios. Porque ¿acaso puede el hombre prescindir
de la dimensión religiosa que posee implícita en su misma naturaleza,
sin alterar sustancialmente el meollo de su identidad? De ahí la
deshumanización que padecemos, de ahí tanta vil patraña, de ahí este
espejismo de apariencias, de ahí esa insufrible tristeza que en el fondo
nos ahoga y paraliza. Pero no todo está perdido. El testimonio de este
Papa nos lo dice.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 29 de agosto de 2004
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