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Maestros
Encontrarlos es uno de los más extraordinarios regalos que la vida nos
puede proporcionar, sin ninguna duda. Su ejemplo, su palabra, sus obras,
conforman el esqueleto de nuestra inteligencia y la musculatura de
nuestra sensibilidad. Son personas que forman parte de nosotros mismos,
de nuestro cotidiano pensar. Un pensamiento que ahonda en la eternidad
de un tiempo que tal vez se nos escapa en lo trivial. ¡Es tanto lo que
debemos agradecerles! Nos han enseñado a tener criterio, a trabajar con
rigor, a cultivar con empeño la excelencia. Con ellos hemos aprendido
verdaderamente a leer, a deletrear el alma del mundo, a tener conciencia
cierta del significado profundo de las cosas. Es la forma de conseguir
un poco de felicidad. O un mucho. Que al fin y al cabo es de lo que se
trata. Sin claudicar a la inercia insustancial de lo gregario, de la
bagatela, del ripio mental.
Desde niño uno tiene sus maestros, personas que te ayudan a discernir en
libertad, mujeres y hombres que te quieren tal y como eres, hombres y
mujeres que tienen muy claro que saber es servir (cuanto más sabes mejor
sirves). Y yo recuerdo ahora mismo –con orgullo de jovencísimo alumno– a
Mariano Fernández, recientemente fallecido, hombre bueno donde los haya;
y al geógrafo, filósofo y cinéfilo Vicente Polo, de profesión gallego.
Con este último tuve a los 16 años una conversación imposible de
olvidar, pues teníamos un rifirrafe a propósito de mi pasión lectora, lo
que me ocasionaba –hay que fastidiarse– un menor rendimiento académico.
Guillermo, me decía, ahora debes de estudiar, ya leerás más tarde. Pero
don Vicente, le contestaba yo, ¿no se da cuenta de que me pide un
imposible? Bueno, sentenció, pues debes conseguir que lo imposible se
haga posible, y no al revés. Genio y figura.
Pasó el tiempo, y pasaron los ojos sobre las páginas de sus días. Los
libros de las horas fueron llenando las estanterías de mi vida. Y conocí
al romanista José Luis Murga, mi querido profesor, un hombre entrañable,
que hilvanaba cualquier lance anodino con acontecimientos de la Historia
Universal como si cualquier cosa. Con él comencé a valorar y conocer a
Homero, o a Toynbee. Charlar con él era un lujo, y su amistad toda una
aventura espiritual. ¡Cómo quisiera parecerme a él un poco! Por aquellos
mismos años leí, escribí y conocí al poeta y filólogo Jaime Siles, que
por entonces residía en Viena. En él la cultura se hace vida, en el
canon de una sabiduría que se transforma en creencia, en belleza, en
elegía. Pero lo que más me admira de él es su lealtad, la entraña moral
que preside cada uno de sus actos.
Aprender cuesta esfuerzo, no hay que olvidarlo, pero con los maestros
adecuados uno comprende antes lo fundamental, y concibe mejor los
confines de la alegría.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 19 de febrero 2005
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