Escribiendo en cristiano

05 marzo 2005

 

 

Maestros

 


Encontrarlos es uno de los más extraordinarios regalos que la vida nos puede proporcionar, sin ninguna duda. Su ejemplo, su palabra, sus obras, conforman el esqueleto de nuestra inteligencia y la musculatura de nuestra sensibilidad. Son personas que forman parte de nosotros mismos, de nuestro cotidiano pensar. Un pensamiento que ahonda en la eternidad de un tiempo que tal vez se nos escapa en lo trivial. ¡Es tanto lo que debemos agradecerles! Nos han enseñado a tener criterio, a trabajar con rigor, a cultivar con empeño la excelencia. Con ellos hemos aprendido verdaderamente a leer, a deletrear el alma del mundo, a tener conciencia cierta del significado profundo de las cosas. Es la forma de conseguir un poco de felicidad. O un mucho. Que al fin y al cabo es de lo que se trata. Sin claudicar a la inercia insustancial de lo gregario, de la bagatela, del ripio mental.

Desde niño uno tiene sus maestros, personas que te ayudan a discernir en libertad, mujeres y hombres que te quieren tal y como eres, hombres y mujeres que tienen muy claro que saber es servir (cuanto más sabes mejor sirves). Y yo recuerdo ahora mismo –con orgullo de jovencísimo alumno– a Mariano Fernández, recientemente fallecido, hombre bueno donde los haya; y al geógrafo, filósofo y cinéfilo Vicente Polo, de profesión gallego. Con este último tuve a los 16 años una conversación imposible de olvidar, pues teníamos un rifirrafe a propósito de mi pasión lectora, lo que me ocasionaba –hay que fastidiarse– un menor rendimiento académico. Guillermo, me decía, ahora debes de estudiar, ya leerás más tarde. Pero don Vicente, le contestaba yo, ¿no se da cuenta de que me pide un imposible? Bueno, sentenció, pues debes conseguir que lo imposible se haga posible, y no al revés. Genio y figura.

Pasó el tiempo, y pasaron los ojos sobre las páginas de sus días. Los libros de las horas fueron llenando las estanterías de mi vida. Y conocí al romanista José Luis Murga, mi querido profesor, un hombre entrañable, que hilvanaba cualquier lance anodino con acontecimientos de la Historia Universal como si cualquier cosa. Con él comencé a valorar y conocer a Homero, o a Toynbee. Charlar con él era un lujo, y su amistad toda una aventura espiritual. ¡Cómo quisiera parecerme a él un poco! Por aquellos mismos años leí, escribí y conocí al poeta y filólogo Jaime Siles, que por entonces residía en Viena. En él la cultura se hace vida, en el canon de una sabiduría que se transforma en creencia, en belleza, en elegía. Pero lo que más me admira de él es su lealtad, la entraña moral que preside cada uno de sus actos.

Aprender cuesta esfuerzo, no hay que olvidarlo, pero con los maestros adecuados uno comprende antes lo fundamental, y concibe mejor los confines de la alegría.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 19 de febrero 2005

 

 

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