Escribiendo en cristiano

18 mayo 2005

 

 

 

Más anécdotas familiares

 

 

Es una debilidad. Una más de las que uno tiene. Pero en el ambiente familiar surgen tantas cosas, tantas conversaciones inverosímiles, tantas carcajadas, que en ocasiones no me puedo resistir a tomar nota de ellas. Los niños o mi mujer me señalan y sentencian: “escribe, escribe”. Y es que la familia es una tertulia sin fin, un parlamento vivísimo. Comparado con lo que en ella se vive las aventuras de Indiana Jones quedan muy desvaídas, y los superpoderes de Los Increíbles o de la Patrulla X son algo de andar por casa. Precisamente, cuando de una manera o de otra pienso en la familia recuerdo con agrado dos películas: Matar a un ruiseñor (recomiendo leer la novela de Harper Lee, sobre la que está basada) y sobre todo Tuyos, míos, nuestros, la genial comedia dirigida en 1968 por Melville Shavelson, protagonizada por Lucille Ball y Henry Fonda. De la primera me conmovió no sólo el amor a la verdad y a la justicia, también el verdadero cariño del viudo Atticus Finch (Gregory Peck) para con sus algo asilvestrados vástagos. De la segunda la mayor lección que uno saca es que dentro de una familia la alegría -como siempre pasa en la vida- es fruto del olvido de si, del sacrificio por los demás.

 

Pero a lo que iba. Las anécdotas. Son fruto de la más suculenta espontaneidad. Y si las escribo es, en primer lugar, para que mis hijos recuerden. Y después porque uno tiene todo el derecho del mundo a cultivar el orgullo que siente por su familia como se le antoje. Más todavía en un tiempo en el que cierta política energúmena siente delirios por financiar las causas más irracionales que uno pueda imaginar, comenzando por el aborto, ese genocidio infame y cotidiano que muy pocos miran de frente para decir basta, alzando con fuerza infinita los puños del alma. Se me quitan las ganas hasta de seguir escribiendo. Las palabras se visten de luto instintivamente. ¡Qué silencio tan horrible!, ¡qué asepsia tan despiadada! Perdónenme un momento.

 

En fin, sigamos. Sonriamos un poco. No hace mucho, Jaime -12 años-, durante el desayuno, con toda convicción aseveró: -“¡Qué ganas tengo de cumplir 18 años!”. –“¿Se puede saber para qué?”, le pregunté. Respuesta: “Para no votar. Me horroriza la política”. (Como para que algunos reflexionen, y que conste que en casa no hablamos casi nunca de política). Otro día íbamos en el coche. El tráfico se había puesto imposible. Juan –ya 6 años- le dijo a su madre: -“¡Mamá toca el claxon!”. Mi mujer le explica que no, que en ocasiones es una falta de educación. –“Ah, vale -contesta Juan-, es una falta de educación física”. El mismo Juan, otro día, comenta: -“Mamá, ¿sabes que yo estudio religión católica? –“Pues claro”, dijimos todos al unísono. Lo que no esperábamos era lo siguiente. –“Y el año que viene, en 2º, ¿cuál estudiaré?”.

 

Ahora una de Cristina. –“Papá, venga, que tenemos que ganar la jubilación”. –“¿La qué? –“Pues eso, la jubilación”. –“¿Ya te quieres jubilar con 11 años hija mía?” –“Ay, perdón, era el jubileo”, contestó apurada. Otra con fondo pío. Protagonista Juan. Una vez más. Creo que estábamos comiendo. De repente dijo: -“Si te cortan la mano, ¿te mueres?”. Terció su hermano Jaime: -“No, pero si te cortan las venas del brazo sí, porque por ahí pasan las que van al corazón”. Insiste Juan: “¿Y el corazón tiene espinas?”. Se hizo un largo silencio. Jaime interpretó: “Ah, ya, como el de Jesús”. Y concluyo con otra de Jaime. Habíamos hablado del matrimonio, del cariño de los padres, etc. Caviló un momento y susurró entre dientes: -“A mí me da mucho que pensar que soy el resultado de un proceso”.

 

Una última consideración. Es mi testimonio, y me da la gana decirlo aquí, pulsando cada tecla del ordenador con la fuerza del amor que Dios ha puesto en mi corazón. Sí señores, soy feliz. En mi familia, con mi familia, a contracorriente de lo casquivano, del espectro furioso que salpica de mentiras al mundo. Sí, soy feliz. Y todo ello incluso a pesar de mi mismo.

 

  

GUILLERMO URBIZU


 

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