Escribiendo en cristiano

02 mayo 2005

 

 

 

No sin mis libros

 

 

Ya sé que puede parecer un poco raro, o quizá pedante, o rara hipérbole, pero la verdad es que en absoluto me importa lo que se pueda pensar de asunto tan crucial para mí. El hecho es que tengo la costumbre de no salir de casa sin llevar un libro conmigo. En la mano, en la cartera o en algún acogedor bolsillo. Ahora mismo descubro que en el de la camisa he guardado esta mañana una edición diminuta de la Regla de San Benito (Barcelona, imprenta de Pablo Riera, de 1861), por aquello de la elección de Benedicto XVI. Y no se trata de un fetichismo o similar. Es pura necesidad. Sin ellos no puedo poner un pie en la calle o emprender viaje, pues inmediatamente me asalta una intensa agorafobia espiritual, un rotundo vértigo. Y sé muy bien de lo que hablo. ¿Saben ustedes lo que significa para un lector vocacional llegar por ejemplo a la consulta del médico o a la parada del autobús sin tener algunas páginas que llevarse al caletre del alma? Una verdadera aflicción. Allí, sentado o de pie, calibrando el volumen de las musarañas o tentando el limbo de las revistas del corazón. Se siente uno como un náufrago en medio de un mar de hombres embravecidos por el ruido o la inopia. Con un libro entra todo en la perspectiva de la maravilla o en el sentido oculto del dolor. Al abrirlo se hace el silencio y el tiempo cobra una muy distinta dimensión. Y las páginas son palomas que aletean en el centro mismo de la luz.

Muchos son los que me llaman la atención y me preguntan por el objeto de portar de aquí para allá tantos libros. ¿Qué responder? Se me ocurre que los leo (y cargo con ellos) para fortalecer los músculos de mi esperanza, para que prospere en algo la alegría de mi inteligencia. Son mi vida, o al menos una parte muy importante de ella. Justo aquella donde uno aprende a indagar sobre la sustancia de los sueños, donde lo imposible adquiere su entidad más real. Las palabras que voy leyendo van perfeccionando mi conciencia en un lenguaje ético, incluso bello. Para mí los libros suponen una especie de electroshock interior, el mapa del más radical tesoro: la felicidad del hombre. No en vano siempre he pensado que la lectura –como la escritura– es en el fondo el perfil de una plegaria, un acto de creencia, el ideograma de una búsqueda. Y de una reconciliación. Por todo esto es por lo que llevo libros conmigo. Por lo que los leo. ¿Les parece poco?

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 23 de abril de 2005


 

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