Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

 

María Vallejo-Nágera, "Luna Negra. La luz del Padre Pateras" (Belacqva Barcelona, 2004. 256 pp. 15 €)

 

 

A Ameka, una inmigrante ilegal nigeriana que casi muere en el Estrecho, la recibe un hombre extraordinario, el padre Pateras, quien ayuda a los demás por amor a Dios.

 

Vivimos en un mundo deshumanizado. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta de ello. Priman la violencia, el dinero, el sexo desvergonzado y el egoísmo más inverosímil. Aunque siempre me pregunto si ésa no es la sensación que se nos quiere transmitir, manipulando el alma de la gente y embruteciendo su criterio. No se puede obviar la existencia de lo más vil, pero los titulares de prensa y los programas de televisión, ¿agotan toda la realidad? El caso es que nos sorprende encontrar, todavía, personas buenas. Personas sencillas, sin doblez. Personas generosas, alegres. Personas que te quieren por lo que eres y no por lo que tienes.

 

Tengo que decir que este asombro también está presente en el mundo de los libros. Porque no está uno acostumbrado a leer títulos donde, por ejemplo, la ternura tenga un tratamiento adecuado, o donde el pudor no sufra el varapalo de la carcajada. En definitiva, donde la buena literatura –la estética– vaya a la par de una ética y de un pensamiento que dignifique a la persona. Que algunos, en su retorcimiento, confundan esto con pías moralinas o literatura confesional, es algo que no puede extrañarnos. Una cosa está clara, no hay tiempo malo para el cultivo de la virtud. Ni siquiera la literaria.

 

Y abundante testimonio de ello nos lo ofrece en su obra María Vallejo-Nágera (Madrid, 1964), que sin llamar la atención con prescindibles soflamas retóricas, y de manera muy elegante, se está convirtiendo en una escritora digna de tener en cuenta. Juicios de valor aparte, su prosa tiene el encanto de las cosas sencillas, con un discurso muy pegado al terreno, muy humano. De una manera viva e inquieta mira a su alrededor, pregunta, se interroga. Sus personajes son personas –ella misma tantas veces– que aquilatan lo que ven, que no se quedan en las apariencias de lo posible o de lo visible. Va desbrozando la realidad que se le presenta con el cincel de una escritura extraordinariamente ágil, hasta que la emoción queda desnuda. Que es lo que a ella le interesa. (Y al lector con dos dedos de frente.) Resulta indudable que la autora es testigo de extraordinarios sucesos en su vida. En El castigo de los ángeles (Planeta, 2001), en Un mensajero en la noche (Belacqva, 2004), y en esta última Luna negra es evidente. Pero lo que ella llama novela es más bien un cuaderno de bitácora muy personal, un reportaje novelado si se quiere, casi periodístico.

 

María Vallejo-Nágera desde el inicio nos lo deja claro, desde que arrojan a Osahen –con su niño vivo en las entrañas– por la borda de la patera. Sentimos el impacto en el agua helada en nuestra propia carne. Nos quiere contar el otro lado del drama de la inmigración. ¿Dónde está la esperanza para todas estas mujeres y hombres? No en el duro corazón de la política. ¿Dónde entonces? Por ejemplo en el padre Pateras, un hombre completamente desconocido que acoge a estas personas con una sonrisa sobrenatural. Pero, ¿es él el verdadero protagonista de estas entrañables y duras páginas? ¿O tal vez Ameka, o su hija, Estrella de la mañana? Yo me inclino a pensar que el gran protagonista de este libro no es otro que el amor. El amor a Dios, el amor a la familia, el amor a África.

 

Todo ello siguiendo el hilo narrativo que es el monólogo-confesión de Ameka. Un monólogo autobiográfico que de cuando en cuando se transforma en un diálogo peculiar, pues la voz de la autora se esconde en el eco de Ameka. "Ja, ja. ¡Tienes razón! Me has pescado. Sólo tengo diecinueve, así que vale, uno a cero. (…) ¿Cuántos tienes tú? ¡Cuarenta! ¡Caray! Sí que eres un vejestorio". Ameka nos cuenta su dura vida, desde la infancia en Kanuri hasta su llegada a España, y su visión de nuestro país. Habla de nuestros "tristes semblantes" y de nuestra prisa sin norte. "Los españoles sois tan flojos", dice. Pero las constantes serán la maternidad ("La bendición más preciada por la humanidad: un hijo"), la fortaleza africana, la religiosidad ("¿Pero es que aquí los hombres no se dan cuenta de que Dios todo lo ve?"), la familia ("Lo es todo, el centro, el pilar, el refugio"), el respeto a la naturaleza, etc., buscando siempre "el lado positivo de las cosas".

 

Luna negra es un libro a contracorriente, en cierto sentido incómodo, pues el lector no puede dejar de plantearse cuestiones que afectan radicalmente a su propia vida. Tal vez sea éste el verdadero propósito de estas extraordinarias páginas, y no la búsqueda de una literatura exquisita. En fin, un libro que no hay que perderse.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 30 de octubre.

 

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