Escribiendo en cristiano

26 mayo 2005

 

 

Palabras imprevistas

 

 

 

Llega un momento en la vida de todo lector en que la lectura apenas es una caricia, una mirada que se desliza hacia la intimidad del tiempo. A su vez la vida nos lee y, durante su transcurso, vamos descifrando como podemos el enigma de su alfabeto.

 

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Escritores, intelectuales y artistas de vez en cuando confirman, afirman y firman apasionados manifiestos por la paz en el mundo. Una paz que es la plenitud del hombre y de sus obras. Cierto. Paz, paz, paz. Aunque mientras tanto muchos de ellos sostengan con sus miserias otras guerras, en un atronador silencio.

 

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¿Es posible que alguien piense todavía que la poesía es sólo un juego del hombre con el lenguaje? ¿Que la poesía es el almíbar de una estética exquisita, o el acíbar de una conciencia más o menos crítica? Acaso sea yo un iluso si escribo aquí que la poesía jamás ha sido escrita por nadie. No me importa. Y que todo el arte del hombre es un mero atisbo, una imagen velada, una satisfacción que dura poco, apenas nada. Pero, sin esa poesía, y sin ese arte, ¿qué sería de nosotros?

 

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Vivimos en un mundo de espejismos, de irreales alardes, donde todo parece algo y nada es lo que parece. ¿Cultura? ¿Qué significa hoy por hoy poseer cultura, cuando la dignidad del hombre -desde la misma vida- es ultrajada a diario? ¿Es cultura ignorar o despreciar lo que nos trasciende? ¿Es acaso cultura fanfarronear de lo que no se sabe, entre elegantes citas de hombres muertos? ¡Cuántas cultas ignorancias! El envilecimiento prevalece, y la verdad no importa.

 

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Hay lectores que desdeñan libros de ciertos autores por amargos prejuicios ideológicos, por otra parte tan propios de nuestra visceral forma de ser. Unos prejuicios que resultan siempre insanos, y que no pueden generar otra cosa que ansiedad y cabestreo intelectual. Allá cada uno. Por supuesto, mi visión del mundo, y todo lo que configura mi identidad, no sería en absoluto la misma si hubiera dejado de leer la ingente cantidad de libros escritos por aquellos que no pensaron, o piensan, como yo.

 

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Lo que se entiende hoy por cultura no deja de ser una moda, una trampa, un plagio, un melindre, una pose, un disfraz. Y sobre todo un mercado, que es el que verdaderamente dictamina aquello que merece ser digno de consideración, o no. La crítica más solvente está en la cuenta de resultados, y su hermenéutica es el negocio que la publicidad genera. Lo nuestro, señoras y señores críticos, no deja de ser una simple coartada. Por más estupendos que nos pongamos.

 

GUILLERMO URBIZU

 


 

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