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Sor Lucía
La noticia me pilla por sorpresa. Entre libros y política, y con los
pillastres de mis hijos arracimados a mi alrededor, sin dar un respiro.
Lucía dos Santos acaba de morir a los 97 años de edad. Es una noticia
trascendente, que merece ser destacada, por lo que su persona –desde la
humildad y el silencio, desde la oración y su misterio– ha supuesto en
los avatares más significativos de nuestra Historia Contemporánea.
Pastora, una de las videntes de Fátima, monja, mística, escritora
diáfana, consejera de Papas, de santos y de no pocos gobernantes. Ella
ha sido testigo principal de una historia que no es precisamente la que
se estudia en los inciertos manuales de la Universidad. Porque su
erudición era muy otra, pues estaba sustentada en la revelación del
Amor.
Sor Lucía fue depositaria de mensajes de extraordinaria importancia para
el futuro de la humanidad. El primero de ellos el aviso reiterado de lo
que luego vendría a dar en la tragedia de la Primera Guerra Mundial, si
los hombres no dejábamos de lado el pecado, el engreimiento, la
sugestión del mal. De ahí hasta el desmoronamiento del muro de Berlín y
el estremecedor gulag en el que se había convertido el universo
comunista, con la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María.
Ya resultó muy significativo que la primera aparición fuera la del Ángel
de la Paz, en 1915, "con la forma de un joven, transparente, más
brillante que un cristal atravesado por los rayos del Sol".
Como muchos otros yo he estado allí, en Fátima. Y recuerdo la emoción
que sentí al visitar en Aljustrel la sencilla casa de la familia Dos
Santos, y la de la familia Marto. Uno cerraba los ojos y podía ver
corretear por esas diminutas habitaciones a los niños, jugueteando,
siempre alegres, con un rosario en la mano, disponiéndose a salir al
campo con las ovejas. ¡Qué dificultades no pasarían aquellas familias! Y
después la incredulidad, las incomprensiones, el hostigamiento y hasta
la cárcel para los niños, en una Portugal la de aquel entonces gobernada
por los masones, que no podían permitir la publicidad de aquellos
sucesos increíbles. Lucía, Jacinta y Francisco aprendieron a sufrir,
pero su sufrimiento tenía un sentido muy claro: la salvación de las
almas, la paz del mundo. (El mensaje mariano de Lourdes y Fátima). Y
para creyentes o no creyentes, para toda persona con cierta sensibilidad
es bueno leer las Memorias de la Hermana Lucía (1978), un libro
donde atisbamos algo de la maravilla, de la eternidad que está implícita
en las cosas. Y piensa uno en la lógica divina, en la ternura materna de
aquella Señora "vestida toda de blanco", que se les aparecía los días
trece de cada mes, cuando precisamente –¿casualidad? – en un día 13 ha
muerto ella, fiel a su cita.
Descanse en paz Lucía, una mujer a la que el Cielo le sorprendió siendo
niña.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 15 de febrero
2005
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