Escribiendo en cristiano

20 febrero 2005

 

 

 

Sor Lucía

 

La noticia me pilla por sorpresa. Entre libros y política, y con los pillastres de mis hijos arracimados a mi alrededor, sin dar un respiro. Lucía dos Santos acaba de morir a los 97 años de edad. Es una noticia trascendente, que merece ser destacada, por lo que su persona –desde la humildad y el silencio, desde la oración y su misterio– ha supuesto en los avatares más significativos de nuestra Historia Contemporánea. Pastora, una de las videntes de Fátima, monja, mística, escritora diáfana, consejera de Papas, de santos y de no pocos gobernantes. Ella ha sido testigo principal de una historia que no es precisamente la que se estudia en los inciertos manuales de la Universidad. Porque su erudición era muy otra, pues estaba sustentada en la revelación del Amor.

Sor Lucía fue depositaria de mensajes de extraordinaria importancia para el futuro de la humanidad. El primero de ellos el aviso reiterado de lo que luego vendría a dar en la tragedia de la Primera Guerra Mundial, si los hombres no dejábamos de lado el pecado, el engreimiento, la sugestión del mal. De ahí hasta el desmoronamiento del muro de Berlín y el estremecedor gulag en el que se había convertido el universo comunista, con la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María. Ya resultó muy significativo que la primera aparición fuera la del Ángel de la Paz, en 1915, "con la forma de un joven, transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del Sol".

Como muchos otros yo he estado allí, en Fátima. Y recuerdo la emoción que sentí al visitar en Aljustrel la sencilla casa de la familia Dos Santos, y la de la familia Marto. Uno cerraba los ojos y podía ver corretear por esas diminutas habitaciones a los niños, jugueteando, siempre alegres, con un rosario en la mano, disponiéndose a salir al campo con las ovejas. ¡Qué dificultades no pasarían aquellas familias! Y después la incredulidad, las incomprensiones, el hostigamiento y hasta la cárcel para los niños, en una Portugal la de aquel entonces gobernada por los masones, que no podían permitir la publicidad de aquellos sucesos increíbles. Lucía, Jacinta y Francisco aprendieron a sufrir, pero su sufrimiento tenía un sentido muy claro: la salvación de las almas, la paz del mundo. (El mensaje mariano de Lourdes y Fátima). Y para creyentes o no creyentes, para toda persona con cierta sensibilidad es bueno leer las Memorias de la Hermana Lucía (1978), un libro donde atisbamos algo de la maravilla, de la eternidad que está implícita en las cosas. Y piensa uno en la lógica divina, en la ternura materna de aquella Señora "vestida toda de blanco", que se les aparecía los días trece de cada mes, cuando precisamente –¿casualidad? – en un día 13 ha muerto ella, fiel a su cita.

Descanse en paz Lucía, una mujer a la que el Cielo le sorprendió siendo niña.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 15 de febrero 2005

 

 

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