Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

 

Solidaridad en el sudeste asiático


La tragedia que se ha cernido sobre las costas del sudeste asiático nos proporciona una inmejorable ocasión para reflexionar, para buscar puntos de encuentro, para batirse el cobre en pro de un mundo que todos queremos más justo, más inteligente y más humano. El número de muertos es un constante sollozo, un incomprensible horror. Y los desaparecidos, y los heridos. Y los vivos, que han perdido a personas queridas. Vivos que no acaban de comprender, vivos que contemplan a su alrededor el infierno del dolor, vivos que quisieran estar muertos. Contemplamos semejante desolación desde el confort de nuestras casas con impotencia, con tristeza, con natural abatimiento. Pero podemos hacer mucho más. ¿Con nuestro dinero? Por supuesto. Y sobre todo con nuestro interés, y con nuestra oración. Sí, con esa oración tan devaluada en nuestros días, con esa misma oración que nos enseñaron nuestras madres. El hombre es un misterio capaz también de lo mejor. Porque tiene alma, y corazón. No, no es el hombre un animal corriente. Y les digo que esa alma y ese corazón son omnipotentes. Pues son capaces de amar a sus semejantes –vivos o muertos–, porque son capaces de una generosidad magnífica, porque a pesar de todo esperan.

Contemplo emocionado el gran número de personas que trabajan allí, desde el primer momento, convocadas por la solidaridad. Demuestran con su presencia que el significado de una palabra no lo da el diccionario, porque antes –mucho antes– lo da la vida. Estamos tan acostumbrados al uso desproporcionado de la hipocresía, con su consiguiente manipulación del lenguaje, que en momentos así cuesta creerse la verdad. Porque todas esas personas generosas manchadas de arena y barro, simbolizan lo que de más limpio y noble hay en el ser humano, que a lo largo de la historia siempre se ha visto enfrentado a la adversidad. Uno no sabe qué admirar más, si el impulso desinteresado de su corazón o la grandeza de su humildad. Cada una de esas mujeres y cada uno de esos hombres son ya emblema de todo lo mejor. En ellos –en su ejemplo–, los demás nos sentimos reconocidos y aliviados. Desde luego que la fuerza del hombre está en su raciocinio, pero más si cabe en la musculatura de una voluntad educada en el sacrificio, en la capacidad de dar y darse. Viéndoles uno ya tiene la certeza de que hemos vencido al desastre.

Quisiera estar allí, lo confieso, trabajar duro a su lado, tragándome unas lágrimas que ahora no puedo ni quiero reprimir.

 

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 2 de enero 2005

 

 

 

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