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Solidaridad en el sudeste asiático


La tragedia que se ha cernido sobre las costas del sudeste asiático nos
proporciona una inmejorable ocasión para reflexionar, para buscar puntos
de encuentro, para batirse el cobre en pro de un mundo que todos
queremos más justo, más inteligente y más humano. El número de muertos
es un constante sollozo, un incomprensible horror. Y los desaparecidos,
y los heridos. Y los vivos, que han perdido a personas queridas. Vivos
que no acaban de comprender, vivos que contemplan a su alrededor el
infierno del dolor, vivos que quisieran estar muertos. Contemplamos
semejante desolación desde el confort de nuestras casas con impotencia,
con tristeza, con natural abatimiento. Pero podemos hacer mucho más.
¿Con nuestro dinero? Por supuesto. Y sobre todo con nuestro interés, y
con nuestra oración. Sí, con esa oración tan devaluada en nuestros días,
con esa misma oración que nos enseñaron nuestras madres. El hombre es un
misterio capaz también de lo mejor. Porque tiene alma, y corazón. No, no
es el hombre un animal corriente. Y les digo que esa alma y ese corazón
son omnipotentes. Pues son capaces de amar a sus semejantes –vivos o
muertos–, porque son capaces de una generosidad magnífica, porque a
pesar de todo esperan.
Contemplo emocionado el gran número de personas que trabajan allí, desde
el primer momento, convocadas por la solidaridad. Demuestran con su
presencia que el significado de una palabra no lo da el diccionario,
porque antes –mucho antes– lo da la vida. Estamos tan acostumbrados al
uso desproporcionado de la hipocresía, con su consiguiente manipulación
del lenguaje, que en momentos así cuesta creerse la verdad. Porque todas
esas personas generosas manchadas de arena y barro, simbolizan lo que de
más limpio y noble hay en el ser humano, que a lo largo de la historia
siempre se ha visto enfrentado a la adversidad. Uno no sabe qué admirar
más, si el impulso desinteresado de su corazón o la grandeza de su
humildad. Cada una de esas mujeres y cada uno de esos hombres son ya
emblema de todo lo mejor. En ellos –en su ejemplo–, los demás nos
sentimos reconocidos y aliviados. Desde luego que la fuerza del hombre
está en su raciocinio, pero más si cabe en la musculatura de una
voluntad educada en el sacrificio, en la capacidad de dar y darse.
Viéndoles uno ya tiene la certeza de que hemos vencido al desastre.
Quisiera estar allí, lo confieso, trabajar duro a su lado, tragándome
unas lágrimas que ahora no puedo ni quiero reprimir.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 2 de enero 2005
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