Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

 

Reflexiones sobre la imagen y la palabra, como desvelamiento de lo inefable, en "Tríptico romano", de Juan Pablo II

 

 

 

"La belleza salvará al mundo"
Dostoievski, El idiota
(citado por J.P.II en su Carta a los Artistas)

 

Pórtico necesario

 

 

La personalidad de Juan Pablo II atrae sin discusión. Hasta los más alejados de la religión reconocen su carisma, su ejemplo, su magisterio. Es muy difícil permanecer indiferente ante un hombre así, ante un hombre cuya biografía nos deja exhaustos de coherencia, de lealtad, de sacrificio. Cualquiera de sus escritos -que no son pocos- es necesario tenerlo en cuenta con rigor intelectual y espíritu audaz, sin despreciarlos con rancios prejuicios. Porque en Juan Pablo II vida y obra forman una unidad indivisible, un entramado de luz capaz de afrontar el signo de los tiempos con un lenguaje que todos pueden llegar a

comprender. Este hijo de Polonia que sufrió en carne propia la ocupación nazi primero y la soviética después; que fue obrero, actor y seminarista clandestino; que ejerció su sacerdocio en la universidad, en los barrios más humildes y en el resplandor de la montaña; este profesor de filosofía, estudiante de filología polaca y dramaturgo, además de perspicaz teólogo; este hombre del este de Europa que fue elegido sucesor de san Pedro para sorpresa de todos y que estuvo a punto de morir por ello en atentado terrorista; este voraz lector, que piensa dialogando y que conversa con Hans-Georg Gadamer (autor precisamente de un texto memorable sobre "Los límites del lenguaje") o Emmanuel Levinas; este Papa que proclama la llamada universal a la santidad y el regreso a un humanismo genuino; este hombre, digo, es también poeta. Y no debe sorprendernos.

 

 

Poética, misterio y lenguaje

 

 

Lo inefable ronda al ser humano desde sus comienzos, desde que el amor engendra su entidad, desde el nacimiento a una luz que es preludio e imagen de otro fulgor mucho más necesario e interior. El misterio es parte de nosotros mismos -Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos-, es la piedra angular donde se asienta el sentido y el temblor de una vida que anhela lo absoluto. ¿Qué misterio mayor, por ejemplo, que el de nuestra libertad? La inteligencia persigue, a lo largo y ancho del tiempo, diversas pistas e indicios que sugieren una pronta pero siempre insuficiente solución, y la voluntad es la gimnasia espiritual que dota de musculatura a una comprensión que vacila innumerables veces en el vértigo de una existencia que sabemos frágil e incompleta. Por lo tanto el hombre necesita algo más, necesita hacerse con la clave que descifre el enigma, el misterio de tanta inquietud en medio de un mundo enloquecido por la oquedad de tantas y tantas palabras. Ese "algo más" es el núcleo que nos impulsa e interesa, que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva, con mirada de artista. Sin embargo

¿cómo expresar lo inefable, lo indecible, lo invisible?, ¿cómo aprehender la armonía que hace de cada hombre un ser único e irrepetible?, ¿cómo creer en la belleza, en el bien, en la verdad, cuando el hombre ha perdido no ya una fe sobrenatural si no incluso la fe en sí mismo? Asistimos pues al misterio insondable de la Poesía -que no deja de ser un atisbo de la fe-, al necesario alumbramiento de lo insondable a través del tosco instrumento que es el lenguaje. "No es la Poesía simple y adventicio adorno de la realidad de verdad -decía Heidegger-, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia".

 

Dios le dijo a Adán que pusiera nombre a los animales (Gen.2,19-20), y desde entonces no hacemos si no eso: nombrar, desvelar el sentido, ensamblar sentimientos, que diría Antonio Machado. El lenguaje crea, es "imagen y semejanza" del poder creador de Dios, del Verbo.

En él expresamos el candente impresionismo del alma, y buscamos con apasionado celo una cierta redención. El lenguaje está preñado de esperanza, de ternura, pero también de dolor. En sí mismo su trazo es un laberinto que necesita del hilo de Ariadna que es la oración, para llegar al centro de nosotros mismos y anular así el yo, ese peligroso y sórdido Minotauro que nos quiere arrebatar lo más preciado y mejor. Juan Pablo II entiende muy bien todo esto, y sabe que el lenguaje es un don para el conocimiento, para el escrutinio de una verdad que permanece demasiadas veces oculta en el torbellino de lo absurdo. Su poética -el criterio que rige sus versos- es claro: el hombre debe aprender de nuevo a ser humano. Sólo así aprenderá a valorar lo divino. Dirá en su carta a los artistas: "La belleza es cifra del misterio y llamada a lo trascendente. Es invitación a gustar la vida y a soñar el futuro". Toda su obra tiene así una radical coherencia moral, una ontología positiva que cartografía las fuentes de una renovación, de un continuo asombro que se manifiesta en evidente trascendencia estética que sublima lo cotidiano y más vulgar.                                          

 

 

"La eterna visión y la eterna expresión"

 

Tríptico romano supone, ante todo, una conexión de esencias, que diría Max Scheler, una vía de acceso a la misma intimidad de Dios, donde "Dios es la luz y el objeto del alma" (san Juan de la Cruz, Llama de amor viva). El poeta, en cada verso, hace un acto teologal explícito. Fe, esperanza y amor moldean el lenguaje en lo más íntimo de su oración y en la tradición de una literatura perfectamente asumida después de muchos años de lecturas. (Estudiar la personalidad de Juan Pablo II como lector es un trabajo que está por hacer). Pero ¿se trata de una "poesía teologal"?. Boccaccio, en su Vida de Dante -lo cita Steiner-, dice: "Mantengo que se puede decir que la teología y la poesía son en realidad casi la misma cosa; incluso diría más; que la teología no es más que un poema de/sobre Dios". Juan Pablo II interpreta la poesía como lo que en realidad es: una cúmulo de gracias personales, un don que transforma lo inmanente en vertical percepción de la presencia de Dios. Cada palabra actúa, en sí misma, también como una hermenéutica del silencio divino. El lenguaje en que el texto está escrito no es la poesía, no su más completa entidad, unidad e inspiración. Quiero decir que lo que el lector "lee" es apenas una parte del todo, pues en poesía tan importante como lo que se ve es lo que no se percibe a simple vista (o en primera lectura), lo que está en el blanco margen de lo no dicho, lo que se intuye. (De ahí que cada lector sea el que complete cabalmente el texto). "Pues eso es un poema: el estribillo del alma", escribe Gadamer. El lenguaje tiene sus fronteras, por si solo no puede significarnos. Su imperfección linda con aquello que resulta ser infinito, en una desproporción tal que puede ocasionar en el poeta una suerte de parálisis espiritual y creativa. "Pero es decisivo que el lenguaje -dirá Steiner en su obra Lenguaje y silencio- tenga sus fronteras (...), que dan prueba de una presencia trascendente en la fábrica del universo. Por no poder ir más lejos, porque el habla nos defrauda tan maravillosamente, experimentamos la certidumbre de un significado divino que nos supera y nos envuelve. Lo que está más allá de la palabra del hombre nos habla elocuentemente de Dios. (...) Donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz". Hay una muda melodía que nos lleva a pie de página y desde allí nos hace contemplar una visión. La metáfora es precisamente el instrumento del que se sirve el poeta para que lo invisible pueda intuirse, el bisturí capaz de alumbrar un significado completamente nuevo. Cada imagen dota al poema de un conjunto de signos que van mucho más allá de la fonética y de la sintaxis. Se trata de una semántica que es ya experiencia metafísica, visión, profecía. El poeta toma conciencia de la fragilidad del lenguaje, penetrando en un dominio en el que el propio lenguaje -como muy bien ve Jean Baruzi- aparece como un extraño.

 

"En el umbral de la Capilla Sixtina"

 

"Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla Sixtina" -segundo capítulo de Tríptico romano-, está dividido en cuatro partes muy significativas, que son a la vez confidencia y meditación. "Primer vidente", "Imagen y semejanza", "Presacramento" y "Juicio". Por si solos estos títulos son imagen de un contexto bíblico, de una realidad íntimamente ligada a una fenomenología de carácter religioso. Todo ello acompasado a un ritmo versicular y metafísico, que procuran al poema una densidad (pre)meditada, una nostalgia de los grandes anhelos del espíritu y del corazón. Cada verso tiene la impronta de una experiencia interior: es relectura, diálogo, interrogante. Las imágenes, que intentan aprehender lo inefable -"el Libro espera la imagen", dirá-, se suceden con la precisión y pasión que caracterizan a todo gran poeta. La obra de arte es génesis y cifra de una verdadera liberación, de una revolución que es revelación.

 

En Primer vidente se refiere a Dios como primer Poeta, como primer Artista. Los videntes son los poetas, los artistas de todos los tiempos, a quienes Juan Pablo II invocará en el verso 32 del poema como testigos de su anhelo, de su amor a Dios, de la salvación del mundo. Las imágenes de este proceso de conocimiento de lo inefable se suceden, son el estribillo de un canto que es encarnadura de lo infinito: "espacio inexpresable", "eterna visión", "eterna expresión", "desnudo y transparente", "verdadero, bueno y bello", "Verbo eterno", "umbral invisible", "umbral del Verbo", "umbral del Libro", "desde el asombro hasta el asombro"... En Imagen y semejanza: "El principio es invisible", "el final es invisible", "espacio de la existencia", "verdaderos y transparentes"... Juan Pablo II tiene la audacia de considerar la obra de arte como presacramento -"lo invisible se expresa en lo visible"-, como antesala de la más perfecta común unión (comunión) con Dios. En Presacramento más imágenes: "Indecible", "plenitud de la verdad, del bien y de la belleza"... En Juicio: "cumbre de la transparencia", "el Principio y el Final"... En Miguel Angel el autor cifra la santidad de la belleza, y en su Juicio Final toda la magnitud de lo que muy bien se podría llamar Poética de la salvación. Por ello Juan Pablo II lo pone de testigo: porque en el umbral de la muerte, que es nuestra vida, debemos aprender a interpretar los signos que nos ofrecen los poetas -debe recordarse que Miguel Angel también lo fue-, los artistas, aquellas almas que en su visión enhebran el sentido sobrenatural de la existencia.

 

Es muy importante señalar también la continua y fecunda intertextualidad de las Sagradas Escrituras en Tríptico romano. Son constante referencia -vida de la vida del poeta-, cuando no trampolín que impulsa y vertebra el desarrollo de todo el texto. Un texto que no deja de ser -al igual que el Juicio Final de Miguel Angel- una maravillosa catequesis, un asombroso testamento espiritual. La Palabra, una vez más, resucita en nosotros el extraño gozo de vivir en profundidad, con todas sus consecuencias.

 

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en www.teleskop.es

 

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