Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 

El Mundo de Dentro (relato infantil)

                  

                                                

 

1.

 

Estaba Ana sentada en el árbol leyendo un libro, cuando de pronto le cayó en la cabeza una hoja. Con la mano se la quitó de encima mientras seguía leyendo. Fue entonces cuando empezó a escuchar aquella voz, aquellos gritos.

 

-¡Ay, ay, ay...!

 

Ana miró hacia todos los lados pero no vio a nadie. Sin embargo seguía oyendo la queja de alguien. Miró hacia todas partes, desconcertada, hasta que después de un buen rato observó que una hoja del suelo empezaba a moverse a su lado. Pensó que era una hormiga, cargando comida de cara al invierno. Por curiosidad apartó la hoja. El asombro fue enorme, porque se encontró con una niña, eso sí, una niña del tamaño de una hormiga. Y la niña seguía quejándose.

 

-¡Ay! ¡Vaya susto que me has dado! Y casi me aplastas con tus manos de dedos tan largos.

 

Ana, asombrada, le preguntó:

 

-¿Tu quién eres?

 

-¿Quién voy a ser? Pues una niña de Dentro.

 

Ana no entendía. ¿Estaría soñando?

 

-¿De dentro de dónde? Y la niña, algo cansada de tanta ignorancia, le contestó:

 

-De dentro de nada, del país de Dentro. Que no entiendes.

 

-¿Y dónde está ese país?

 

-Debajo del árbol. Yo he salido un poco por curiosear, pero vaya susto que me has dado. De verdad.

 

Ana la miraba sin pestañear. Aquellos bracitos, aquellos ojos como agujas de alfiler, aquel precioso pelo rubio en donde la luz jugaba al escondite. Estaba ensimismada. Le salió del alma decirle:

 

-Si te vieran mis hijos se quedarían alucinados.

 

-Pues tráelos mujer. Me gustaría conocerlos. ¿Qué tal son?

 

-Es imposible ahora, están en el colegio. Y son agotadores. Por lo demás… ¿qué te voy a decir? Soy su madre.

 

-Bueno, pues ven mañana. Te estaré esperando.

 

 

A Ana le pareció una estupenda idea, porque al día siguiente era sábado. Se despidieron y se fue a su casa. Por el camino no hacía sino pensar en el asombro de sus hijos cuando supieran de la existencia de aquel descubrimiento. Estaba loca de alegría, el corazón le palpitaba muy rápido. Cuando llegó todos la estaban esperando, muy impacientes. Como sólo se espera a una madre. Acababan de llegar del colegio. Cansados y hambrientos.

 

-¡Cuanto has tardado mamá!, le dijo Juan.

 

-Es que he estado leyendo en el parque hijo mío.

 

-Oye, apuntó Jaime, ¿mañana podremos ir a las Montañas?

 

-No, tenemos otros planes.

 

En ese momento su marido la miró interrogante y de reojo. Guillermo no era muy amigo de las sorpresas y de las excursiones complicadas. Le gustaban las aventuras, sí, pero siempre y cuando transcurrieran en el oleaje o selva de un apacible libro.

 

-Ya sé, comentó convencido Jaime, vamos a las Fuentes Cristalinas.

 

Pero la mamá volvió a repetir que no y que no, que había planes mejores, ante los rostros serios de los miembros de su familia. Jaime fue rotundo en su apreciación:

 

-Jo, ¡qué rollo!

 

Y Juan lo repitió, como un eco de su hermano:

 

-Jo, ¡qué rollo mamá!

 

-Ya sé, dijo Cristina, seguro que vamos a ir a casa de los abuelos.

 

-No, no, a la Arboleda Desafiante, dijo Jaime.

 

-Eso, eso, a la Arboleda Desafiante, ecorrepitió Juan.

 

Ana, un tanto mosqueada, sentenció:

 

-¡Ya está bien! ¡Silencio! Lo sabréis mañana, pues es una sorpresa de las de verdad. De las que vuelven las cosas del revés.

 

Guillermo, el papá de las criaturas, ya no sabía ni qué pensar. Cuando su mujer se ponía en este plan lo más adecuado era mantener un discreto silencio y... a otra cosa mariposa. Pero Ana, en el idioma único de los padres, le susurró al oído:

 

-Tiya tite tilo tiditiré tiluetigo. Mientras Guillermo movía de arriba abajo y de abajo arriba sus pobladas cejas, y sonreía. Pensaba que se había casado con la mujer más loca y más buena del mundo.

 

-Esto si que es un misterio, pensó Juan.

 

De pronto Guillermo se levantó.

 

-¡Todos a la cama!

 

-Pero ¿mañana hay excursión o no?, preguntó Cristina.

 

-¿No te han dicho que sí?

 

No había forma. Nadie se movía de su sitio. La imaginación de los niños se había disparado como unos fuegos artificiales. Trepaba por las paredes atestadas de libros multicolores. Con gran esfuerzo consiguieron que al final se acostaran. Y con otro gran esfuerzo, y un par de gritos mágicos, lograron al fin que se hiciera el silencio.

 

 

 

 

 

 

2.

 

Al día siguiente, después de arreglarse y desayunar, Ana le puso a cada niño una mochila con bocadillos y bebidas. Y servilletas amarillas de papel. Cristina, muy sabia, dijo:

 

-¿Veis cómo hay excursión? Y cogió su yo-yo, para ver si de una vez aprendía a hacer el perrito tan bien como su papá.

 

Al salir de casa no cogieron el coche. Vaya por Dios. Suceso que aprovechó Jaime para chinchar  por enésima vez a su hermana.

 

-No tienes ni idea.

 

Comentario al que Cristina respondió sacando ampliamente su lengua de la boca.

 

-Venga, ya basta -dijo Ana-, todos a andar. Y chitón. Un, dos, un, dos, un,  dos...

 

Y la familia al completo fue caminando y caminando entre calles y quejas sin fin. “Esto es un rollo”, “me hago pis”, “tengo hambre”, “ya no puedo más”, “hace calor”, “me hace daño la zapatilla”, “¿compramos chuches?”, etcétera, etcétera, etcétera. Finalmente llegaron al Parque Grande. Y las preguntas se atropellaron unas sobre otras:

 

-¿Puedo ir en bicicleta?

 

-¿Puedo subir a los árboles?

 

-¿Puedo patinar?

 

-¿Puedo mojarme los pies?

 

-¿Puedo tomar un helado?

 

-¿Puedo ir a columpiarme?

 

-¿Puedo, puedo, puedo, puedo, puedo...?

 

El padre puso fin a semejante desbarajuste. De momento, claro. Levantando los brazos y  poniendo cara de ogro de cuento clamó:

 

-¡¡Basta!! Aun queda un trecho de camino. Y os quiero calladitos.

 

-Jolín ¡qué rollo!, dijeron a la vez los tres niños.

 

 

Tras andar poco más de un kilómetro, se encontraron con un pequeño jardín en cuyo centro había un árbol grandioso. Ana dejó con delicadeza en el suelo su  mochila, mientras se ponía a buscar algo debajo de las hojas. El pasmo del resto de la familia fue morrocotudo. No podían creer lo que estaban viendo. Su madre arrastrándose por la hierba. ¿Y esto era todo? ¿Para semejante tontería les habían hecho llegar hasta allí? Increíble. Dejaron a su madre con lo suyo, y se pusieron a jugar a “tú la llevas”. Guillermo de pronto gritó:

 

-¡Quietos! La podéis matar.

 

Juan, Cristina y Jaime se quedaron paralizados y boquiabiertos. Matar ¿a quién? Sus padres estaban locos de atar. Los dos allí, a gatas sobre la hierba, mientras susurraban:

 

-Nena, nena, ¿dónde estás?

 

Estaba claro. Sus padres habían perdido por completo la cabeza, no les hacían ni caso. Pero ocurrió que les picó la curiosidad, ese gusanillo que nadie ha visto nunca. Jaime asumió el papel responsable:

 

-Está claro, hay que buscar algo. Mientras se tiraba al suelo con su lupa.

 

Juan hizo lo mismo con su linterna sin pilas, y comenzó a hurgar en todos los agujeros posibles e imposibles. Cristina decidió que para encontrar lo que fuera no había nada como hacer el pino, pues así se veían las cosas mucho más de cerca. Era una auténtica experta.

 

De pronto todos escucharon una delicada vocecilla.

 

-Hola, ¿qué tal?

 

Ana se lanzó a su lado.

 

-Hola, por fin. ¿Qué tal estás? Me alegro tanto de verte. Mira, he venido con mis hijos. Jaime, que es el mayor, Cristina y Juan. Bueno, y también con mi marido, que se llama Guillermo. 

 

-¿Qué tal? Yo me llamo Pam.

 

Su madre, volviéndose con una enorme sonrisa, les dijo a sus hijos:

 

-¿Habéis visto cómo íbamos a un lugar muy especial?

 

 

A los niños se les salían los ojos de sus órbitas. No daban crédito a lo que estaban viendo. Pero era real, estaba allí, ante ellos. Y les había hablado. ¡Y conocía a su mamá!

 

-Hola chicos. ¡Qué grandes sois! Parecéis árboles de largas ramas. ¿Os gusta jugar?

 

-Cla, claro, dijo Cristina con su rápida lengua.

 

-¿Te quedarás en casa con nosotros?, se atrevió a comentar Jaime.

 

-No, sois vosotros los que vais a venir a mi casa. Pero bueno Ana, no tenemos mucho tiempo -dijo Pam-, y tengo que decirte lo que ha decidido el Consejo de Jardineros. El mundo de donde vengo es muy secreto y peligraría nuestra especie de ser conocidos. Por lo que me han comunicado que sólo pueden hacer el viaje los tres niños.

 

-¿Por qué?

 

-Pues porque si los niños comentan algo la gente dirá que es cosa de niños.

 

-¿Cuánto tardaréis?

 

-Alrededor de tres copos de nieve. ¡Vamos chicos!

 

-Pero Pam, ¿cuánto tiempo es eso?

 

-Ah, es verdad. Unos tres días.

 

-¡¡Tres días??, se les escapó a Ana y Guillermo.

 

-Sí, cada copo es uno de nuestros días. Para vosotros será alrededor de tres horas. Podéis esperarnos aquí con esas barajas de papel que tanto os gusta mirar. ¿Cómo las llamáis?

 

-Libros.

 

-Eso, libros. Nosotros también tenemos algo parecido, pero los llamamos memoria. Sois unos seres curiosos.

 

-Yo tengo en la mochila, apuntó Cristina, un libro muy pequeño que me regaló mi papá, más o menos de tu tamaño. Está un poco arrugado porque se me mojó sin querer, pero seguro que te gustará. Se titula “La isla del tesoro”. Te lo puedo dejar si quieres. O lo leemos juntas.

 

-Bien, hablaremos por el camino. En el mundo de Dentro tenemos una lupa especial que lee todos los idiomas conocidos. Pero ahora nos vamos.

 

-Os esperamos aquí, dijeron afligidos Ana y Guillermo. Sentían mucho no poder adentrarse en el mundo de Pam.

 

El grupo dio tres vueltas al árbol y desapareció. De pronto los niños estaban en un paisaje distinto.

 

 

 

3.

 

Las casas eran normales, con jardines preciosos. Formaban barrios de distintos colores. En el mundo de Dentro había muchas ciudades situadas en distintas plantas, pues dicho mundo era vertical. Estaba situado en un árbol inmenso. Cuanto más arriba los ciudadanos eran más ancianos, y les daba más luz. Los transportes estaban muy bien organizados. Si querías ir al barrio azul de la planta séptima había que coger un ciempiés del mismo color.

 

-Os voy a llevar a mi casa. Vais a conocer a mis padres y a mi hermana, dijo Pam. Aquí los niños nacen de dos en dos.

 

-¿Sois todos gemelos?, preguntó Juan.

 

-Claro. Aquí ningún niño nace solo.

 

-¿Cómo es eso?, preguntó ahora Cristina.

 

-Aquí las cosas son diferentes. Mirad, ya viene nuestro ciempiés. No hace ruido y corre un montón. Agarraos bien.

 

-Jope, dijo Jaime, esto si que es guay. ¡Arriba! Dame la mano Juan.

 

Y emprendieron la marcha. Los niños se agarraban los unos a los otros y gritaban cerrando los ojos.

 

-¡Yuuuuupi!

 

El viaje apenas duró una milésima de copo de nieve.

 

-Ya hemos llegado, señaló Pam. En esa casa vivo yo. Y tiró de una antena al ciempiés para que parara.

 

Bajaron todos del animal como de un tobogán. Este mundo superaba cualquier fantasía, cualquier película. Era real. Allí estaban, parados, contemplando extasiados. Había un continuo movimiento por todos lados.  Era impresionante el arcoiris de colores... ¡Y qué bien olía! Como a canela.

 

-Pero no os quedéis ahí parados chicos. Entrad.

 

Ya en la puerta les estaban esperando Tilo y Clan, los padres de Pam. Les llamó la atención su sonrisa. Entre ellos se asomaba otra niña. Era igual a Pam. Pero con el pelo negro y cara de más traviesa.

 

-Hola, soy Nesi. Os estábamos esperando. Adelante.

 

Dentro era todo luminoso y alegre. De colores como recién inventados. Parecía que estaban de fiesta. Y cada cosa en su sitio. Pero lo que más les sorprendió a los tres niños fue que la casa era muy parecida a la suya. Había libros por todas partes. O como decían ellos, memorias. Y en cada habitación colgaban del techo unos ventiladores hechos de unas hojas muy verdes. En lo que era el salón estaban de pie otros cuatro señores. El señor Tilo, el padre de Pam, hizo las presentaciones.

 

-Jaime, Cristina, Juan, os presento al Consejo de Jardineros. Hace mucho tiempo que querían hablar con vosotros. Es todo un honor que estén en mi casa. Pero no os quedéis de pie.

 

Y se sentaron sobre una especie de mecedoras hechas de raíces de árbol.  Juan enseguida se dio cuenta que también tenían un caballito de madera, como el suyo. O algo parecido. Allí se sentó Nesi, que no dejaba de mirar a Jaime.

 

-Niños, me llamo Sauz y sé que no tenéis miedo. Soy el presidente del Consejo. Hace tiempo que os miramos desde los árboles. Pam no se encontró con vuestra madre por casualidad. Elegimos a vuestra familia porque nuestro mundo tiene necesidad de contaros algo muy importante.

 

-¿Un secreto?, susurró Cristina.

 

-Sí, Cristina, un tremendo secreto. Mirad. El mundo de Fuera, vuestro mundo,  corre grave peligro. Y necesita de vosotros.

 

-¿Y qué podemos hacer nosotros?, dijo Jaime.

 

-Hace muchos miles copos de nieve venimos observando que El mundo de Fuera va derecho a su perdición. Hambre, guerras, destrucción de la naturaleza… Pero lo peor es el olvido de El mundo de Dentro. Casi nadie es ya  capaz de reconocernos.  

 

-Tenéis que enseñar a vuestros amigos a saber mirar, sugirió Pam.  

 

-Este es el mensaje, dijo Sauz, el presidente del Consejo de Jardineros: El mundo de Dentro existe para protegeros. Y para ver ese mundo sólo es preciso sonreír con frecuencia y cerrar los ojos. Vosotros tenéis que enseñar a los demás.

 

-¡Eso es fácil!, gritó Juan.

 

En ese mismo momento aparecieron de nuevo al lado de sus padres. Estaban dormidos, con sus libros por el suelo. Sonreían. No se atrevieron a despertarlos. Cristina dijo en voz alta lo que los tres estaban pensando:

 

-Seguro que papá y mamá ya conocían El mundo de Dentro.

 

¡Menuda excursión!

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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