Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El mayor holocausto

 

 

 

Inmediatamente se piensa en las víctimas del régimen nazi. Judíos en su gran mayoría. Pero también católicos y protestantes. Y personas de otros credos y de otras razas.  Después la memoria se adentra en el “gulag” estalinista. “Lo peor del comunismo era que te querían robar el alma”, decía Juan Pablo II. Y uno acaba de leer, por ejemplo, El vértigo, de Eugenia Ginzburg (Círculo de lectores), donde la escritura nos estremece. Un terror inaudito se apodera del hombre. Nadie parece estar a salvo. Ni nada. La libertad es ya un despojo en el infierno del mal. El nacionalsocialismo y el marxismo eran, en esencia, ideologías terroristas. Que esclavizaban al ser humano, que lo torturaban, que lo asesinaban. Por millones. Todos mártires. Sus principales armas eran la mentira, la sospecha, la delación, el disimulo, el mirar hacia otro lado. Como tantas y tantas veces sigue ocurriendo en no pocos lugares del mundo, para nuestra vergüenza.  

 

Pero el holocausto más vil de nuestra época contemporánea es otro. Uno mucho más numeroso, seguramente más demoníaco -pasa desapercibido-, que sigue produciéndose cada día, en nuestras propias ciudades, ante nuestras atrofiadas narices. Probablemente imbuidos en “el ruido y la furia” de lo que hemos dado en denominar sociedad del bienestar, no acabamos de percibir del todo su brutalidad blasfema. Me refiero al aborto, a la matanza sistemática y fría de niños inocentes. En semejante crimen se sintetiza todo el poder del mal, su siniestro retorcimiento sacrílego. Por más que se lleve a cabo tras el eufemismo de lo estrictamente clínico, y con alevosía legal. Sin embargo goza de grandes prebendas políticas o electorales. La aberración llega al extremo de identificar el progreso con semejante matanza. Un progreso abocado hacia la decadencia, hacia una ruina moral que es ya palpable.

 

Hasta la misma ONU prescribe el aborto libre, el descuartizamiento de niños en el seno materno como remedio ideal para la pobreza, para las enfermedades, o para la mortalidad infantil. Como los niños morirán pronto el remedio más lógico es matarlos antes, así de profundos son algunos. Y los que nos oponemos a todas estas barbaridades somos los intransigentes, los puñeteros y los retrógados. Agentes del Vaticano, sin duda. No se engañen, el homicidio como terapia sigue vigente. Algo así pensaba Vlad el Empalador, allá por la Transilvania del siglo XV, o el mismísimo doctor Menguele. ¿En qué estamos pensando?

 

Debemos clamar sin descanso por el fin de este holocausto, de semejante terrorismo hospitalario. Nuestra vetusta y egoísta sociedad necesita de una urgente regeneración vital. Es decir, espiritual. Las almas de todos esos millones de  bebés nos acucian.

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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