Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El cariño como revolución

 

Para Cristina Gelonch

 

Cada día, muchas veces, pienso en lo que de verdad importa. Y siempre llego a la misma conclusión: el cariño. Todos lo vamos buscando con esperanzada desesperación.  Hoy es un bien escaso. Tú lo sabes bien, lector, como lo sé yo. Es por eso que vivimos como vivimos, tan pendientes de nosotros mismos, tan egoístas, tan paranoicos. Y sobre todo tan tristes. Tristes hasta el delirio intelectual, tristes hasta la carcajada debidamente homologada. No quisiera que sonaran estas palabras a sermón o psicoterapia confitada. Son más bien una confidencia, una certeza; algo que "pienso" con el corazón. Y sin embargo no aprendemos. Deambulamos por la inercia material, por la costumbre del eco, del hueco banal. Despreciamos con ironía, o con un ácido cinismo, lo bueno como posibilidad. Porque nos resulta molesto, porque nos asusta, porque creemos que el bien es una debilidad demasiado arriesgada. Y vivimos en unos tiempos, reconozcámoslo, donde nos importa mucho más lo qué puedan pensar de nosotros que la verdad de nuestra propia identidad. Somos capaces de lo que sea por un halago. Porque nos hemos convertido en parásitos de la pose, del embozo, de la mixtificación.

 

El cariño es el quicio de la justicia, el alma del hombre, el preámbulo de la felicidad. En definitiva, algo bueno. Pero lo bueno se interpreta como bobo, lelo,  retrógrado, ingenuo o mojigato. Cuando no decididamente meapilas. Es algo sospechoso, en desuso. ¿Quién puede fiarse de conjeturas tan medievales? Y la magnitud espiritual se va difuminando poco a poco en la pantomima de una experiencia arbitraria. Una experiencia que se nos va escurriendo por entre el malabarismo de las palabras. Enamorados de lo superficial, hemos llegado a considerar el verdadero amor como un suplicio inaguantable, o como un género literario más.  Un disparate, un  amaneramiento, un cucamonas desalentador. Cada uno a lo suyo, sin ningún resquicio para los demás. A piñón fijo. No hay que fiarse de nadie ni de nada. ¿Fidelidad? Paparruchas. ¿Lealtad? Un suspiro. ¿Ternura? Atonía flatulenta.

 

La falta de cariño o de educación nos lleva de cabeza a la barbarie. Porque el cariño -el saber querer- es el fundamento de toda verdadera civilización, de toda cultura digna de tal nombre. El resto es sexo crónico y flácido seso. Ruido, un carnaval de negocios, gusto por lo zafio, más ruido, y una reiterada mentira que aglutina a los corsarios de siempre. ¿Ustedes creen que es por casualidad que los matrimonios se deshagan, que los abuelos se abandonen en la calle (cuando no se les finiquita al otro mundo por hacerles un favor), que niños no nacidos se troceen en pedacitos en algunos centros hospitalarios, o que los embriones humanos sirvan de coartada para el progreso académico de algunas lumbreras de la ciencia? Nos estamos convirtiendo en gañanes, en fantoches, en alienados ectoplasmas. Más que nunca necesitamos de la piedad, del perdón, de la comprensión, del cariño. Entre otras cosas para no precipitarnos por la superstición y el embuste.

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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