Escribiendo en cristiano

21 enero 2006

 

 

Julián Marías, una vida presente

 

 

 

Así tituló sus memorias el insigne filósofo español ahora fallecido. Una vida presente. Y pensaba yo en el significado cristiano de la muerte, en lo que suponía para él la muerte. Sí, es cierto, se interrumpe la respiración o el latido del corazón, y el cerebro cesa en su actividad. Todo ello a la espera de la resurrección. Pero, aun así, atisbamos que esa vida sigue estando presente. Más presente que nunca. En el misterio de la fe, en la realidad palpable de una obra intelectual que se afianza en el pasmo de la verdad.

 

Vida y obra, en Julián Marías, de honda raíz espiritual. El alma como impulso de su inteligencia y de su voluntad. El alma como inquietud, como unidad, como anhelo, como esperanza, como urdimbre de cada uno de sus días y de sus actos. El alma como centro neurálgico del amor a Dios -“la oración, cuyo sentido suele estar tan olvidado”, decía-, el alma como verdadera energía de razón vital. Un “vitalismo” trascendido de numen y esfuerzo.

 

Asomarse a la muerte de alguien supone siempre el replanteamiento de nuestra propia vida. O al menos así debiera de ser. Pero cuando el muerto es -y digo “es”, en presente- una persona a la queremos o admiramos especialmente, las circunstancias nos llevan a contemplar su recuerdo con acentuada emotividad, con agradecimiento inmenso. Julián Marías nos ha hecho paladear a muchos el ideograma de su vocación. Una vocación que es evocación de la sabiduría, una vocación por la filosofía como proyecto de felicidad.

 

¿Qué otra cosa es el hombre? Julián Marías se dio cuenta muy pronto de ese proyecto hacia la felicidad que somos cada uno de nosotros. Un proyecto que nada tiene de quimera, y que necesita de acción y contemplación, de pensamiento y plegaria, de paciencia y comprensión (aprender a ponerse en el lugar del otro). En definitiva,  de razón y corazón. Leyéndole, uno acaba convencido de que la felicidad no es algo imposible de alcanzar cuando prevalece el amor a la verdad.

 

Escribió en sus Memorias algo que muy bien puede reflejar nuestra situación actual (relativismo moral y cultura de la muerte), y que puede hacernos reflexionar y reaccionar: “Ante buena parte de lo que se decía en los periódicos, en el Congreso, en los discursos políticos, sentía una repulsión invencible, una sensación de asfixia, porque lo único que me parecía respirable es la verdad. Y otra oscura impresión latía en el fondo: la de que los más, que por añadidura eran los mejores, se dejaban hacer, en una extraña sumisión a lo peor”.

 

Que el testimonio de la enseñanza y de la excelencia de Julián Marías nos sirva al menos para esto: para no dejarnos hacer, para no dejarnos vencer por la ignorancia más necia y por la haraganería espiritual.

 

Julián Marías, descansa en la paz y en la gloria de tu Señor. Y gracias.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

  

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