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Regalos

¿Qué le podría regalar a mi padre, a mi mujer, a mi hermano, a mi
suegra, a mi amigo? Se aproximan fechas en las que todos andamos
buscando, con cierto apremio, el más adecuado presente para aquellos a
los que queremos. Lo terrible es cuando dudamos, cuando no sabemos si
tal cachivache les hará o no gracia. Incluso les sondeamos con discreta
ingenuidad o mediante intermediarios. Pues hemos llegado a un punto en
que al tenerlo casi todo, apenas queda resquicio para la sorpresa, para
la ilusión, o para una alegría sincera. El regalo material es una señal
de nuestra querencia hacia alguien, no un gélido protocolo social, o un
sucedáneo del cariño. Otra cosa es comprar por comprar, consumir para
satisfacer nuestra ansiedad o nuestro egoísmo, o las dos cosas.
Deberíamos pararnos a pensar si tal vez el mejor de los regalos no
podríamos ser nosotros mismos, dedicando a la suegra un poco más de
paciencia, a nuestra mujer la más escogida ternura, la frecuencia de una
sonrisa al hermano, al padre una conversación confiada o, de vez en
cuando, una carta manuscrita al amigo.
Y como cada año se me acercan familiares y conocidos de la más variada
estirpe para consultarme qué regalo sería el más oportuno para tal o
cuál persona. Mi respuesta es siempre la misma: un buen libro. Porque
sinceramente creo que no hay mejor presente. Me cuesta mucho encontrar
agasajo más provechoso. Eso sí, hay que saber escogerlos, con sagacidad
y consejo, porque los hay que de tan postineros son ridículos. Otros
ocultan su ordinariez en las florituras de las portadas o en la vitola
de algún enfático premio. Abunda lo extravagante y astroso, el refrito
insustancial. Los mejores se ocultan con recurrente timidez, como si
temieran caer en manos desaprensivas. Al penúltimo amigo interrogante le
recomendé Balzac y Stendhal. Y hoy mismo, a otro que mostraba verdadera
urgencia, le he escrito que puede regalar –sin miedo a equivocarse– los
muy desconocidos Cuentos de Unamuno (en el tomo II de las Obras
Completas que publica la Biblioteca Castro), o la Poesía Completa
de Claudio Rodríguez (Tusquets), o La cultura de la conversación
de Benedetta Craveri (Siruela), o Corazones perdidos de Montague
Rhodes James (Valdemar), o Artículos selectos de Agustín de Foxá
(Visor), o Paraíso cerrado, que es la mejor recopilación de
poesía en lengua española de los siglos XVI y XVII que yo conozco
(Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores).
Un libro –en contra de la más extendida opinión– no es un regalo para
salir del paso, ni mucho menos. Acaso sea precisamente un libro el que
nos saque de un mal paso, del atolladero vital en el que podamos
encontrarnos en un determinado momento.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 31 de diciembre de 2004
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