Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 

Regalos

 

¿Qué le podría regalar a mi padre, a mi mujer, a mi hermano, a mi suegra, a mi amigo? Se aproximan fechas en las que todos andamos buscando, con cierto apremio, el más adecuado presente para aquellos a los que queremos. Lo terrible es cuando dudamos, cuando no sabemos si tal cachivache les hará o no gracia. Incluso les sondeamos con discreta ingenuidad o mediante intermediarios. Pues hemos llegado a un punto en que al tenerlo casi todo, apenas queda resquicio para la sorpresa, para la ilusión, o para una alegría sincera. El regalo material es una señal de nuestra querencia hacia alguien, no un gélido protocolo social, o un sucedáneo del cariño. Otra cosa es comprar por comprar, consumir para satisfacer nuestra ansiedad o nuestro egoísmo, o las dos cosas. Deberíamos pararnos a pensar si tal vez el mejor de los regalos no podríamos ser nosotros mismos, dedicando a la suegra un poco más de paciencia, a nuestra mujer la más escogida ternura, la frecuencia de una sonrisa al hermano, al padre una conversación confiada o, de vez en cuando, una carta manuscrita al amigo.

Y como cada año se me acercan familiares y conocidos de la más variada estirpe para consultarme qué regalo sería el más oportuno para tal o cuál persona. Mi respuesta es siempre la misma: un buen libro. Porque sinceramente creo que no hay mejor presente. Me cuesta mucho encontrar agasajo más provechoso. Eso sí, hay que saber escogerlos, con sagacidad y consejo, porque los hay que de tan postineros son ridículos. Otros ocultan su ordinariez en las florituras de las portadas o en la vitola de algún enfático premio. Abunda lo extravagante y astroso, el refrito insustancial. Los mejores se ocultan con recurrente timidez, como si temieran caer en manos desaprensivas. Al penúltimo amigo interrogante le recomendé Balzac y Stendhal. Y hoy mismo, a otro que mostraba verdadera urgencia, le he escrito que puede regalar –sin miedo a equivocarse– los muy desconocidos Cuentos de Unamuno (en el tomo II de las Obras Completas que publica la Biblioteca Castro), o la Poesía Completa de Claudio Rodríguez (Tusquets), o La cultura de la conversación de Benedetta Craveri (Siruela), o Corazones perdidos de Montague Rhodes James (Valdemar), o Artículos selectos de Agustín de Foxá (Visor), o Paraíso cerrado, que es la mejor recopilación de poesía en lengua española de los siglos XVI y XVII que yo conozco (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores).

Un libro –en contra de la más extendida opinión– no es un regalo para salir del paso, ni mucho menos. Acaso sea precisamente un libro el que nos saque de un mal paso, del atolladero vital en el que podamos encontrarnos en un determinado momento.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 31 de diciembre de 2004

 

 

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