Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Semana Santa


Cristo y su Madre Inmaculada. Y capirotes, timbales, incienso, oficios, bellísima imaginería, costaleros. Lunes Santo. Cadenas, brocados, velas, carracas y matracas, soldados, trompetas, nazarenos. Martes Santo. Capisayos, bombos, sangre, teología, jinetes, estandartes. Miércoles Santo. Lágrimas, cascabeles, saetas, broqueles, cirineos, hisopos, tamboriles. Jueves Santo. Cruces, disciplinantes, silencios, Judas, vía crucis, sayones, llagas, una lanza que surca el espacio. Parasceve o Viernes Santo. Ofrendas, suspiros, perdón de las ofensas, procesiones, toquillas, himnos, expiación. Sábado Santo. Medallas, repujados, gracia divina, flores, efigies, monumentos, piedad. Domingo de Resurrección. Es la plenitud del amor, en un arco iris de dolor doblando por cada esquina. Cada color es signo de una elección, de un camino, de una vocación. Azules, amarillos, blancos, pardos, verdes, dorados, carmesíes… Las cofradías acompasan su oración a paso lento, con habilidad de enamorados. Es la armonía de la fe. El corazón palpita recio en cada tambor. Y cada tambor es un altar en donde se ofrece el ruido cotidiano de nuestras vidas, el temblor de la angustia y del miedo, tantas veces en carne viva. Silencio. Todos callan. Se percibe el milagro, la vibración de las almas, el misterio. Pese a la arbitrariedad de lo impío. La percusión es nítida, y tomamos de nuevo conciencia de nuestra nada. Pasan las imágenes en su resplandor sacramental. Y desde los balcones se asoma Dios en la mirada de los niños.

Lloran los hombres y lloran las velas. El espectáculo sobrecoge. Alguien clava el INRI en cada portal de mi calle. La sangre y el agua brotan desde los flashes fotográficos. No todo está perdido. Queda la esperanza de la divina misericordia, que se mece en la cadencia sobrenatural del tiempo, del cual todos somos costaleros. Pasan las cofradías, y los pasos, y los días, y el redoble de los tambores acentúa el lenguaje de lo más importante de nuestras vidas. Tocan a muerto. Por mí tal vez, empeñado en lo accesorio de mi biografía. O por ti, lector, que me lees con mohín incrédulo. Pero desde el Gólgota toda muerte es una resurrección revelada. Escuchad el creciente tamborileo de los años, y cómo la memoria puntualiza su ternura. El alma reconoce su propia fonética. Esa música, ese ritmo, ese tono. Escuchad con ensimismamiento la melodía del amor de Dios entre el bullir de la gente. Nada ha sido en vano. Nada. Algunos, arrobados, se postran de rodillas ante la cruz, otros, más distraídos, contemplamos la policromía de los aparejos. Y reza la luz, que florece en el aura coruscante de las estrellas, y en el bermellón de las cinco llagas. Muere Cristo y resucito yo, en Él, mientras el eco de los tambores se precipita por el silencio de la oración y el requiebro de las calles.

 

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 20 de marzo de 2005

 

 

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