Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Sexo

 

 

Es una auténtica obsesión. Por cualquier lado nos asaltan sus libidinosas comadres. El impudor es ya una costumbre. Sexo libre, negocio increíble. Con absoluta bellaquería nos encadenan al instinto. Se enaltecen los actos más viles. Llaman amor a lo que siempre ha sido lujuria. La palabra amor es el último resquicio de civilización que nos queda. Y con ella intentan justificar el desmadre. Culto al cuerpo en el templo de un refinamiento narcisista. La inteligencia anda en pelota picada, desnuda de todo aparejo espiritual. Como mucho en tanga posmoderno. El proceso cognitivo se ha transmutado en un gregarismo coitivo. Es la dictadura de la apetencia, del placer inmediato. “Sex food”. Entre lo absurdo y lo trágico. Entre lo irracional y la mentira.

 

La reproducción del ser humano ha pasado a un segundo plano, con toda su jerarquía de afectos, niños y deberes. Para aquellos que todavía creemos en la responsabilidad y no en el capricho, en la fidelidad y no en el alterne. Pobres memos ignaros, que desconocemos la liberación sexual, viendo así incumplidos los deseos más tortuosos del inconsciente, el desenfreno dionisíaco. Pero esa supuesta liberación es en realidad una perpetua inmadurez adolescente, una letanía de esclavitudes. Es decir, algo tan viejo como el hombre. Me viene a la memoria la obra de D. H. Lawrence, que creyó descubrir en los poderes del sexo el hálito de una verdadera fe. O pienso en André Gide, en su búsqueda voluptuosa de una referencia profunda, que le acarreó tantos sinsabores.

 

Pero no me voy a ir por los cerros de la literatura. Pienso que una de las crisis del hombre contemporáneo es precisamente la crisis del sexo. Su vulgarización ha supuesto -y supone- un trastorno espiritual considerable, un lastre emocional que nos está saliendo demasiado caro. Que cada uno puede hacer de su capa un sayo es un hecho, pero también es un hecho que prevalece la brutalidad epicúrea de un erotismo desaforado, que en ocasiones evoluciona hacia la perversión. La maravilla que es el cuerpo humano se corrompe en una exhibición fría, prostituida, vacía. Sin encanto. Seamos serios. ¿Qué hay detrás de toda esta servidumbre sexual? Una sociedad sin alma, un hastío generalizado, un comercio sin escrúpulos, una campaña sombría. Y un dejarse llevar por lo más fácil.

 

En España el gobierno Zapatero quiere erigirse como el máximo legislador del sexo. Sin que se le pase una. Deberían ponerle un Ministerio. ¿No habíamos quedado en que el sexo era libre, en un país libre? ¿Para qué tanto empecinamiento burocrático, tanto celestineo pelmazo? Después del matrimonio homosexual, toca ahora un proyecto de ley sobre los transexuales. Y mucho me temo que la cosa no parará aquí. Tendremos oportunidad de verlo. Es el escándalo como práctica política habitual, como enajenamiento social.

 

GUILLERMO URBIZU

 

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