Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Una historia verdadera

 

 

Es el título de una extraordinaria película de David Lynch. La volví a ver ayer. Había trabajado toda la mañana entre papeles sin fin. Al salir a la calle me encontré mareado y para colmo me recibió un cielo encapotado con oscuros presagios de color zinc. Por la tarde dediqué un tiempo a escribir, sin apenas ganas. Demasiadas palabras presuntuosas. Me escabullí de ellas en cuanto pude. Escuché la voz de mi mujer como una posible  liberación. “¿Salimos a pasear?”. Siempre tiene uno la esperanza de encontrar algo nuevo yendo de la mano de su mujer. Mientras saboreamos juntos un helado o contemplamos encandilados la luminiscencia de los escaparates. El día se había despejado un poco.

 

La verdad es que no damos excesiva importancia a la maravilla. Por ejemplo la presencia de esa mano en nuestra mano, o la de cada nuevo día. Damos por hecho que será siempre así, cuando en realidad somos protagonistas de un milagro que va mucho más allá de las apariencias. La luz hace que las cosas sean, se concreten en su esencia. De una u otra forma nos asomamos cada día a la poesía, quizá sin apreciarlo, o despotricando contra nuestra existencia. Y digo todo esto porque ayer tarde, al salir de casa con mi familia, aprecié una vez más que cada detalle es único, y que no tiene precedentes en el tiempo. Es el (im)pulso de una vida que nos aturde a la vez que nos trasciende.

 

Los niños discutían, un tanto aburridos. Se perseguían sorteando indignados transeúntes, en filigrana de risas. Déjalos, ya son mayores. Hablábamos de teorías educativas, que no parecen afectar en mucho el concierto de nuestros habituales gritos. Es un tipo de literatura que leo sin pasión. A los padres nos vence el cansancio y el doctorado consejo de los expertos. Personas muy sabias, desde luego, pero que no saben nada de nosotros. Y mientras hablábamos me entretenía en el ensimismado vaivén de los tilos, en la minuciosa  brisa que los dota de un lenguaje innato, cuyo significado uno intenta comprender.

 

Por favor, entremos en algún sitio, en un bar cualquiera. Aquél estaba bien. No recuerdo el nombre. Recargada decoración y una afable penumbra. Justo entonces la greña infantil se enardeció. Salimos sin haber bebido nada. La preceptiva bronca hizo que los niños marcharan en total silencio, con gesto hosco. Mi mujer nos dejó. Tenía que visitar a una amiga. El resto volvimos a casa.

 

Reconozco que el paseo y el berrinche me habían agotado. Y sin pensarlo dos veces decidí ver “Una historia verdadera”. Poco a poco se fueron sumando mis hijos. Les dejé estar. La historia del sacrificio de Alvin Straight por reconciliarse con su hermano acabó por llamar su atención. Recorrer más de 500 Kms. en una cortadora de césped no es algo habitual. “Un hermano es siempre un hermano”. La importancia del afecto de la familia. Me pareció ver algunas lágrimas. Y acabamos todos mirando las estrellas, como hacen los dos hermanos al final de la película. Una película deliciosa, recomendable para los que andan empeñados en que su vida sea algo más que especulación y prisas.

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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