Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 

Algo más que decadencia política

 

 

La situación política en España (se podría decir también de muchos otros) es de franca decadencia, cuando no de trapisonda y desafío. Esto es un hecho. A partir de ahí podemos hablar y matizar todo lo que queramos. Pero lo interesante, lo realmente imprescindible, es que de una vez nos decidamos a conocer y a analizar los motivos que nos están llevando a esta devastadora inopia intelectual y moral, en una pendiente donde lo inconcebible ha pasado a formar parte de la agenda de cada día.  Como si tal cosa. No podemos acostumbrarnos a la molicie institucional, a la malversación del alma pública, al embrutecimiento de la ley. No por más tiempo. La ineptitud de algunos no deben pagarla todos.

 

Ser conscientes de esto que digo es fundamental para que España salga del marasmo político en el que se encuentra, y recupere su proverbial orgullo. Es el primer paso, pero tal vez sea el fundamental. Porque la política, señores míos, no se basa, como nos quieren hacer creer, en la química de cuatro palabras bien dispuestas, o en una pose apoteósica. Eso es la superficie de la nada, consigna, mitin, bluf, mofa. Holgazanería y desprecio hacia la inteligencia de los ciudadanos. ¿Cómo nos puede extrañar que una gran parte de la población tenga una pésima imagen de los políticos?

 

Algunos motivos de esta decadencia política de la que hablo me parecen evidentes.  Cuando afloran las grandes palabras es cuando uno comienza a desconfiar. Pero la corrupción del lenguaje (tolerancia, solidaridad, progreso, diálogo, talante, etc.) es siempre posterior a la corrupción del espíritu, al desprecio por la verdad. Dice Chateaubriand, en sus Memorias de ultratumba, que “hay entre los modernos sectarios algunos que, intuyendo lo inviable de sus doctrinas, incluyen en ellas, para hacerlas más tolerables, las palabras moral y religión”. O libertad, o ética. En un afán redentor, demagogo y absolutista. Y la democracia pasa a convertirse en un pin, pan, pun de feria de la que todo el mundo se sirve a capricho, pero a la que muy pocos respetan como lo que en realidad es: convivencia y respeto. Y honradez.

 

No se puede esperar una política digna de tal nombre cuando prima la idolatría del poder por el poder, cuando la mediocridad se quiere camuflar en la artimaña, cuando el partido prima sobre la patria, cuando se consiente la dictadura de las minorías (verdaderos perdonavidas), o cuando la mentira se apropia con pasmosa naturalidad de los discursos y actitudes.

 

Pudiera ser que algunos ilustres políticos y analistas no perciban esta decadencia, inmersos como están en el oropel de la adulación, entre jactancias, sinecuras y ambigüedades. Ciegos de ofuscación, ahítos de impunidad, cómplices de la felonía. Mientras se trapichea con España como con un trapo viejo.

 

  

GUILLERMO URBIZU   


 

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