26 abril 2008

 

 

 

El alma de la familia

 

 

                                                                                     Para Begoña

 

 

Contra todo pronóstico el alma de la familia no es el dinero. Ni siquiera esa casa tan pulcra que hemos logrado levantar a base de hipotecas y variada ornamentación. Ni el fútbol rampante o los incombustibles seriales de televisión. Tampoco lo es ese sofá de piel que tanto nos hace sufrir cuando los niños se encaraman -¡con los zapatos puestos y gritos comanches!- sobre su preciado tacto. Ni los libros de papá, que se multiplican exponencialmente por cada metro cúbico de espacio disponible, precipitándose por las estanterías.

 

¿Será el alma de la familia las relaciones sociales y de buena vecindad? ¿Los amigos más leales y abnegados? ¿El trabajo esforzado o el deslumbrante coche de última generación que circula por nuestros sueños? ¿O será quizá los alborotos de los hijos, con el zigzag de sus notas, sus juguetes virtuales, sus cumpleaños y sus colegios? No, no me cuadra. ¿No tendrá dicha alma familiar algo más que ver con la paciencia del padre, que aguanta con aplomo la embestida de todos los demás miembros del clan? No, tampoco me lo parece.  

 

El alma de la familia está en otra cosa muy distinta. Algo sin lo cual todo lo anterior queda en nada. Alguien que ejerce como elemento aglutinador del hogar por excelencia. Sin dicho elemento el padre, los hijos, la casa, el coche y hasta los mismísimos sueños quedarían huérfanos sin remedio, vacíos. Es alguien que da consistencia a la luz que entra por las ventanas de su esperanza, que hace del amor una arquitectura única donde se cobijan las preocupaciones de los demás. Alguien que es capaz de pensar en casi todo al mismo tiempo, sin perder ni una pizca de intensidad y cariño. Alguien cuya fidelidad es directamente proporcional al olvido de sí mismo. Alguien que administra sin ostentación su fortaleza y sacrificio.

 

Por supuesto que me estoy refiriendo a la figura de la madre. ¿A quién sino? Es ella el alma de cada familia, la que nos provee del entusiasmo y brío necesarios como para encarar la vida con alguna garantía de felicidad. Los niños -que ven donde los adultos no vemos- saben que su madre es mucho más que una mujer que va de lado a lado, trajinando sin parar entre ropa y comida. Quiero decir que se dan perfecta cuenta de que es una mujer transfigurada por la bienaventuranza de la entrega. Todos sabemos que el beso de una madre es el consuelo perfecto para cualquier tipo de tristeza, y que una sola caricia suya engendra una seguridad que nos hace  inexpugnables al desaliento. 

 

El alma de la familia no es un concepto abstracto. Tiene un cuerpo muy concreto. Un cuerpo precioso de mujer, femenino, que anda necesitado de piropos y cortejo, de ayuda que alivie la tensión de su labor abnegada. Porque una familia que no cuida como debe de su alma -esposa y madre- está condenada a las malas caras y a la neurosis,  a una tibieza generalizada que desemboca en el hastío, en el desamor o en la ruptura.  Decididamente, una familia sin alma deja de ser familia. Y una sociedad sin familias -sin madres y esposas con un mínimo juicio- está abocada al delirio de una constante zozobra.

 

 

GUILLERMO URBIZU. 

 

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