Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Carta a José Saramago

 

 

  

Leo en la prensa lo que piensas que va a suceder cuando llegue el momento de tu muerte. Algo que espero ocurra dentro de muchos años. Lo has dicho con ocasión de la presentación en sociedad de tu última novela, Las intermitencias de la muerte. La frase es: “Cuando llegue mi hora me disolveré en la nada”. La nada, el apagón total.

 

Reconocerás que leído así, en plena tarde sabatina, con la lluvia y su “música de agua” -que diría el poeta- descolgándose por las ventanas, la locución tiene su estremecimiento. Imposible pasar página. Me quedo mirándote con fijeza, en la fotografía que acompaña al texto. Sigo leyendo: “Me disolveré en átomos y todo se habrá acabado”. Arranco la hoja y la doblo por la mitad, sin dejar de dar vueltas a lo que acabo de “escuchar”.

 

Querido amigo, pensaba escribir un sencillo artículo, pero como ves el artículo se me ha transformado en carta. Sin querer. Pero es que tus declaraciones -pese a ser públicas- tienen un tono de confidencia tal, que necesito escribirte así. Perdóname el atrevimiento y el tuteo. Y antes de nada decirte que espero leer pronto esta nueva novela tuya, esta nueva “intermitencia” literaria que te ha salido al paso. Supongo que con más trabajo que inspiración, con esa íntima  necesidad que tiene todo escritor de sentirse escuchado. O mejor dicho, comprendido.  

 

No sé lo que pensarás, pero a mí tu obra me parece sobre todo una constante brega espiritual, cuerpo a cuerpo con esa alma de la que dices descreer. Porque no me salen las cuentas. El ingenio, la agudeza o el retórico artificio no bastan para expresar la inquietud de tu vida interior, que la tienes, y muy rica. ¿Qué es la literatura si no la conciencia de un anhelo que nos trasciende? Espacio y tiempo son magnitudes esenciales y verificables en donde transcurren nuestras vidas, es cierto. Pero las coordenadas que rigen tu obra van más allá, enhebrando cada palabra al dolor, y a la posibilidad de una redención. Por remota que ésta sea.

 

Tus novelas son como el índice de tu alma, esa alma que cruje por el peso del dolor, de la injusticia, de la impunidad. Las palabras apenas pueden contener el ímpetu, el desasosiego ontológico de la trágica realidad que ves a tu alrededor. Una realidad que se prostituye a ojos vista y que tú intentas desenmascarar a toda costa. De ahí la característica tensión de tu prosa, su rabia contenida. La verdad es que tienes sobrados motivos para ser pesimista. Pero piensa que también la misericordia juega su papel, que hay personas en el mundo que obran el milagro de la alegría. Incluso puede que alguna de ellas esté muy cerca de ti.

 

Me pregunto: ¿Cómo es posible que se acabe del todo y se disuelva en la nada el aliento de alguien capaz de escribir magníficas parábolas sobre la ceguera espiritual del hombre? José Saramago, una persona como tú no puede morir del todo. Y puede que algo de ello atisbes. Tu inquietud antes de ser estética es ética, bien lo sabes. Y si escribes es porque tienes alma, porque amas y te preocupas de tus semejantes. Que a la postre es una forma de rezar. De esperar que todo esto -incluso la literatura- sirva para algo. Que servirá. No en vano en la vida de cada cual está el germen de su propia resurrección.

 

Un abrazo.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

 

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