Escribiendo en cristiano

23 febrero 2007

 

 

Carta a una mujer desesperada

 

 

Una esposa que sufre debe saber que ningún sacrificio se pierde, que ninguna lágrima es inútil. Guillermo Urbizu.

 

 

La mujer es un pilar muy importante en el hogar y muchas veces no todo sale como soñamos. Cuántas veces a pesar del esfuerzo de "hacer hogar", de tener un "hogar cristiano" nos vienen contrariedades que nos hacen perder casi la fe, o cometer errores de consecuencias fatales, o sucumbir a la tentación de la tristeza. A todas esas mujeres más o menos desesperadas, a cada una de ellas, quisiera decirles al oído del alma que Dios no se deja ganar en generosidad, y que la verdad de todo amor está en Él. Una esposa que sufre debe saber que ningún sacrificio se pierde, que ninguna lágrima es inútil.

Querida amiga:

Mira, lo primero que tienes que hacer es ponerte a bien con Dios. Es decir, prepárate lo mejor que puedas un meditado examen de conciencia, y ve a un sacerdote de tu confianza. Él es Cristo. Ve y pide perdón. Arrodíllate y recibe su bendición. ¿Imaginas desde hace cuanto tiempo te estaba esperando? Dios hará de ti una mujer nueva. Tu vida ya no será la misma. Poco a poco irás enamorándote más de Jesús. Él no te abandonará, Él hará que tu sufrimiento se vaya convirtiendo en un gozo que ya no querrás cambiar por ninguna baratija de este mundo.

Frecuenta la Santa Misa todo lo que puedas, reza el Santo Rosario. Es decir: sé un alma de oración. ¿Quieres ser feliz? Lucha cada día por ser santa en tus deberes cotidianos. En el dolor, en la limpieza de la casa, en el aparente desamparo que estás viviendo. Todo te tiene que llevar a Jesús. Y él se irá encargando de todos tus asuntos. Abandónate a Su Amor. Tú no vales nada, pero con Él lo podrás todo. ¿De acuerdo?
Una vez que tengas esta alegría profunda, afrontarás lo demás de otra forma. De entrada no pienses en el pasado, en lo que pudo ser, etc. Tal y como estás hoy piensa: “¿qué puedo hacer?” Cuida de tus hijos el poquito tiempo que estés con ellos, intenta hablar con tu marido con paz.

Que te vea renovada, guapa, distinta. Debes rezar mucho por su alma. Pasito a paso, con la esperanza divina. Sin pensar en ti. Piensa en él y en tus hijos, piensa en tu familia. Piensa que eres Jesús, que eres un crucifijo. Él aguantó salivazos, insultos, traiciones. Esta certeza te mantendrá firme. Será el Amor lo que te sostenga.

Pero procura que tu marido te escuche alguna vez. Dile que ya no eres la misma. Háblale de Dios, del milagro de vuestro matrimonio, que esconde una felicidad que está todavía por estrenar. Dile que a pesar de todo le necesitas y que él te necesita a ti. La alegría no la vais a encontrar en otras personas, en una ternura que es fantasía. Eso son sentimientos pasajeros -presididos por un egoísmo lacerante-, espejismos que a la menor contrariedad estallan en mil pedazos de tristeza.

Escucha: lo fácil es no dar el brazo a torcer, no ceder, seguir mintiéndonos constantemente. Es lo más cómodo. El demonio se encarga de hacernos ver que sus mentiras son la realidad mejor, lo único posible. Pero no es cierto. Lo sabio es pedir perdón, luchar, rectificar, sonreír... Todo ello con la gracia de Dios, poniendo nuestra débil voluntad en Su Voluntad eterna.

Siempre estamos a tiempo de rectificar. Todo lo que has sufrido y sufres -si lo ofreces al Señor con humildad- servirá de abono para que esa felicidad que buscas sea al fin posible, y crezca lozana y fuerte hasta el Cielo.

Hazle ver a ese marido tuyo -que ahora te parece tan tosco y tan bruto y sin ninguna sensibilidad- que has encontrado un tesoro. Y que quieres compartirlo con él, porque nunca has amado a nadie como a él. Hazle ver que el amor de Dios es una maravilla que debe descubrir junto a ti y junto a vuestros hijos.

Haz lo imposible por hablar con él (antes díselo a su ángel, para que te ayude). En tus ojos llevarás el verdadero mensaje. Y esto que te digo no son sólo unas cuantas palabras bonitas escritas por alguien que apenas te conoce y que no ha sufrido como tú. No. Esto que te digo es la constatación de nuestra fe amiga mía. Es la única certeza que de verdad merece la pena. ¡Si aprendiéramos a confiar de verdad!

Esa mirada tuya hablará. Tarde o temprano tu marido verá, y su corazón sentirá el aliento de un amor que va más allá de cualquier frivolidad. Y vuestro hogar volverá a ser la prueba más palpable de la misericordia de Jesús. Pero -insisto- no pierdas nunca la paz y la esperanza. Eres una mujer enamorada de Dios y de su imperfecto marido (¿quién no es imperfecto?).

Ningún obstáculo te detendrá. Y conseguirás salvar tu matrimonio. Porque has amado mucho.

GUILLERMO URBIZU

  

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