Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 El laberinto de Fernando Savater

 

 

 

El gran laberinto, de Fernando Savater.

Ariel. Barcelona, 2005. 331 págs. 17 euros.

 

El gran laberinto es la última incursión de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en la literatura de ficción. Una novela cuyas pretensiones no son otras que las de seguir los pasos -aunque sea a gran distancia- de aquellas que él devoró en su infancia y adolescencia, y que tan gratos recuerdos le han dejado. No olvidemos que uno de sus libros mejores -para mí el mejor- tiene que ver precisamente con ello, con la  memoria de esa convulsa y legendaria lectura infantil. Me refiero a La infancia recuperada  (Taurus). Un texto que sí merece la pena explorar.

 

Fernando Savater en El gran laberinto trata de hilvanar demasiadas cosas para mi gusto. Lo que pudo ser una digna novela de aventuras, se convierte en una amalgama de excesivas referencias literarias e históricas (en el límite de la pedantería), de reflexiones éticas (un tanto forzadas en ocasiones), o de comentarios políticamente correctos (respecto a la homosexualidad ver página 323: -“A mí me gustas tú, Jaiko, a ver si te enteras de una vez. No las chicas: tú. Te quiero sólo a ti… y tú ahora te vas”). Recuerden que estamos en una supuesta narración juvenil de presuntas aventuras, y no en un guión de “Aquí no hay quien viva”.

 

Todo ello no deja de ser un tremendo lastre para su primer propósito: contarnos una novela de aventuras. Sin más. Las novelas clásicas de este género no necesitaban del aderezo de reflexiones éticas y filosóficas, pues estaban -y están- implícitas en el carácter de los mismos personajes, en su marcada personalidad, en su excelencia literaria.

 

El gran laberinto no es una buena novela juvenil. Ni siquiera es una buena novela. Es un libro que hace aguas tan pronto como el autor se empeña en  hacer que el texto sea otra cosa -dirigido en principio a un público (supuestamente) joven-, es decir, sea mera comparsa de unos conceptos éticos muy válidos en otro contexto, pero que en la novela están totalmente fuera de lugar. El lector tiene la sensación de cierto “adoctrinamiento” subliminal, de una pedagogía “ilustrada” que ni entretiene ni viene a cuento.

 

Pero claro, el lograr transmitir unos valores a través de un texto de ficción está al alcance de muy pocos. El tomar como constante referencia a los clásicos, haciéndoles aparecer en una novela, no garantiza que por ello la narración vaya a ser cautivadora. Mejor sería volver a las obras originales, en lugar de conformarnos con un remedo de todas ellas mezclado, agitado y convenientemente servido -insisto- con un mucho de corrección política y un  aburrido progresismo de salón.

 

El armazón de la obra no hace sino seguir un patrón clásico de grupo de personajes idealistas con distintas personalidades. El líder, el amigo incondicional, la chica segura de sí misma, y su hermano pequeño, que desempeña las funciones de secundario cómico. Por otra parte, dice Savater en el “Apéndice”, que la estructura de El gran laberinto se basa en los juegos de rol para videoconsolas, donde los personajes deben colaborar entre sí para llevar a cabo una misión, reuniendo distintos objetos. Pero me temo que no, que esto no es una característica propia de los “videojuegos de rol” (a saber a qué tipo de juegos se referirá).

 

En conclusión, a El gran laberinto la buena intención se le supone, pero es una obra fallida. Como novela de aventuras es floja -perdida en su laberinto-, con una carencia total de ritmo narrativo y de verdadera emoción. Y con un tono más bien pesimista. Como novela “juvenil” presenta matices que la alejan del público deseado, y como texto de poso ético resulta pesado, redicho y superficial.

 

GUILLERMO URBIZU.

 

 

Página principal

darfruto.com