Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El aliento poético de un gran novelista británico en su primera obra

 

 

 

 

 

Jon McGregor. Si nadie habla de las cosas que importan.

Traducción de Libertad Aguilera y Gabriel Dols Salamandra. Barcelona, 2006. 284 pp. 15,90 €

 

  

 

5 de febrero de 2006.  La primera vez que tuve noticia de Jon McGregor (1976, Bermuda) fue leyendo la revista Granta, que editaba Emecé. Ya por entonces me debió sorprender porque apunté su nombre en una agenda que uso para menesteres literarios. Y ahora me encuentro con ésta su primera novela, que es realmente impactante.

 

Si nadie habla de las cosas que importan no es un libro normal. Quiero decir que no estamos ante una novela al uso. Su argumento es poético (tiene vocación de libro de poesía), lleno de impresiones, imágenes a ráfagas o ralentizadas, instantes que son únicos. "Esos instantes están ahí, siempre, pero rara vez se perciben y rara vez duran más que un chispazo del pensamiento". En ocasiones las frases se convierten en verdaderos versículos que traban historias a base de "menudencias", en una larga enumeración de pequeños detalles.

 

Ricardo Gullón expresa muy bien en su libro La novela lírica (Cátedra) lo que McGregor hace aquí: "Estampas, escenas, cuadros…, expresiones apenas figurativas, indicadoras de vocación espacial: estatismo, temporalidad suspendida, figuras casi inmóviles, moviéndose lentísimas entre la metáfora y el símil". Al autor le gusta sugerir "lo evanescente", haciendo de la introspección un arte.

 

Su escritura es "como un repicar hipnótico" de una realidad que se nos escapa. Por eso hay alguien que la fotografía y la fecha, y esconde todo ello en un bote de cristal debajo de la tarima del suelo, para que alguien lo encuentre en el futuro. Esta novela, en sí misma, es una pausa entre ruidos -metáfora de la lectura-, una variación del silencio y sus propiedades. "Y es una pausa que vale la pena saborear, porque el mundo pronto volverá a ser complicado".

 

Y comienza el mañana. "Mañana ya está aquí". Y la percepción de los sentidos se agudiza. "Me quedé allí, observando el temblor de las flores cada vez que pasaba un camión". Y comienza también el entramado de las relaciones humanas, de la comunicación humana. Y McGregor se pregunta "cómo podemos estar tan ocupados y no tener nada que contarnos".

 

Sabemos que las cosas son fugaces, pero "tenemos aspecto de creer que todo es para siempre". Y las palabras van hilvanando el tiempo, como fotogramas de la memoria. Cada vecino o personaje que aparece en Si nadie habla de las cosas que importan -cuyo sólo título es toda una declaración de intenciones- es una novela en potencia que afluye, en forma de ilusiones perdidas, al río de la nostalgia. Hay "cierta sensación de que el tiempo se acababa", "de oportunidades desaprovechadas".

 

En ocasiones me parecía estar leyendo Oigo el silencio universal del miedo (Visor), el magnífico libro de poemas de Luis Rosales. Por el tono lírico-existencial, esos largos versículos y el constante enamoramiento que implica la vida. Unos ejemplos. Escribe McGregor: "Las palabras me fallan, atrapadas como han estado en las últimas semanas en el cuello de botella de este momento". O: "Hay una pausa, y la oigo palidecer".

 

De fondo, la sociedad moderna, nuestra tantas veces amarga convivencia de soledades. Personas que buscan -que buscamos- ser escuchadas, y ser amadas. Todo aquí es un ejercicio de contemplación, de querer atrapar la propia intimidad en medio de la calle, del mundo. Asomados a la ventana o a las palabras. Tanto da, mientras sepamos apreciar las cosas que verdaderamente importan.

 

Guillermo Urbizu 

 

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