Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El demonio está aquí, entre nosotros

 

 

 

 

No vayan a creer ustedes que me apetece escribir mucho del personaje en cuestión. Pero debo hacerlo. Aunque me cueste algo más que su enfado. Porque al demonio le molesta que se hable de él abiertamente. Le molesta que los cristianos estemos ojo avizor, que seamos sabedores de sus estratagemas diabólicas (de lo que es capaz), que vivamos una rotunda vida de piedad. No le gusta la publicidad. Busca el escorzo, la máscara, la sombra, la mentira. Pero nos ronda, sin cesar da vueltas a nuestro alrededor. Atento a cualquier descuido que tengamos. No lo vemos, pero está ahí.

 

Lo dicho, su maldad favorita es circular por el mundo a sus anchas, manejando a los más incautos, sobre todo a los que más empeño ponen en la no existencia de Satanás. Algunos teólogos, por ejemplo. Pero su peor diablura es cuando consigue que los cristianos nos olvidemos de él, diluidos como estamos en la superficialidad como máxima ambición. Es entonces cuando sus carcajadas son más sonoras, cuando su atrevimiento es más atroz. Cree -y hace creer- que el futuro del mundo es un endemoniado asunto, sin apenas resquicio para la esperanza. Cree -y hace creer- que el pandemónium humano no tiene visos de solución, y que Dios tiene perdida la batalla.

 

Por eso es tan necesario desenmascararle. Hoy más que nunca. Sus movimientos son cautelosos, pero constantes. Avanza alma a alma, narcotizando el anhelo natural que todo ser humano tiene por alcanzar la intimidad de Dios. Sin ostentosas posesiones -aunque también se den- ni grandes numeritos. Sus principales armas son, como siempre, la desazón, el hedonismo, la soberbia, el materialismo o la envidia. Pero en nuestros días su mejor aliada es la tibieza.

 

Esa forma de vivir donde todo lo que respecta a la vida interior resulta siempre menos importante, en el que la religión se convierte en una amalgama de naderías gnósticas, y ponerse de rodillas ante Dios una humillación impropia del hombre del siglo XXI. Lo vemos a nuestro alrededor. Supercherías plagadas de superstición. No, no hacen falta grandes herejías para que las almas se pierdan. De ahí tanta depresión, tanta tristeza, tanta incertidumbre. El hombre no es feliz desde que ha olvidado a Dios.

 

Hace poco tiempo he tenido la oportunidad de leer un libro tremendo. Un libro cuyo sólo título es todo un desafío a la pose postmoderna. Un exorcista entrevista al diablo, está escrito por el sacerdote Domenico Mondrone (editorial Pro Sanctitate, Roma). Lo siento por los más incrédulos, pero no estamos ante ninguna fábula o película de Hollywood. Es una entrevista real con el Satanás más real. Un libro que fue posible por la intercesión de la Santísima Virgen.

 

Son diez conversaciones escalofriantes. Por ejemplo el mismo demonio reconoce lo que significa el Rosario para él: “¡Eso para mí es una guillotina!”. Lo que opina de la Virgen: “¡La odio infinitamente!”, y “es mi más implacable enemiga”, “siempre ocupada en atravesarse en mí camino, en suscitar fanáticos que la ayudan a arrebatarme almas”. Lo que opina de Dios: “La venganza que no podemos realizar sobre Él la haremos con vosotros”. Y la visión que tiene del hombre: “Os he metido en el cuerpo una sed de dinero y de placeres que os hace enloquecer y que os está reduciendo a ser un tropel de asesinos”. Y remata: “¡Pero te parece poco haber convertido a las mujeres, a las madres, en peores que las bestias; las he inducido a matar a sus hijos, cosa que ni las bestias hacen!”.

 

Sí, el demonio está aquí, cerca de nosotros. Y no lo digo por asustar. Es un ángel maléfico y muy astuto empeñado en el odio, que es su estado. Dice: “Nuestra esencia es el mal, es el rechazo de Él, es odiar todo y a todos”. La consecuencia más lógica para los cristianos sería plantarle cara en aquello que más le duele: la lucha por la santidad, la asiduidad en nuestra vida de la oración y de los sacramentos. Sin miedos -Dios vela por nosotros-, pero tampoco sin papanatismos ni culpables ignorancias. Porque su triunfo no es otro que conseguir alejarnos de la felicidad, del amor infinito de Dios.

 

 

Posdata: Cuando don Domenico le pregunta por las almas más queridas por Dios, Satanás no duda: “Un enfermo que sufre por años y se ofrece por los demás. Un sacerdote que se conserva fiel, que reza mucho, al cual no hemos logrado jamás contaminar. Estos son para nosotros los seres más odiosos”. Como para reflexionar.

 

 

GUILLERMO URBIZU

        

 

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