Escribiendo en cristiano

21 enero 2006

 

 

 

El patio de los silencios, de María Vallejo-Nágera

 

 

 

El patio de los silencios, de María Vallejo-Nágera

Editorial Styria. Barcelona, 2005. 254 págs.

 

 

En gran medida la trayectoria literaria de María Vallejo-Nágera (Madrid, 1964) está cifrada en El patio de los silencios, antes llamada En un rincón andaluz (1999). Porque lo que el lector debe saber  es que nos encontramos ante la primera novela editada de la autora. Eso sí, profundamente renovada. Rehecha por entero.

 

Con En un rincón andaluz se quedó en su momento entre los finalistas del Premio Planeta 1999 (quinta, para ser más exactos). Premio que, dicho sea de paso, coparon las mujeres. Pues la triunfadora fue Espido Freire, con sus Melocotones helados, y la finalista Nativel Preciado, con El egoísta. La novela de Vallejo al final sería editada por la ya desaparecida Varieditores.

 

Más tarde vendría lo que yo llamo su trilogía teológica, o de la conversión. Pues en la obra de María Vallejo-Nágera (como en la de Chesterton, por poner un caso más egregio) nada se entiende sin esa dimensión religiosa que trasciende cada uno de sus títulos. Primero sería El castigo de los ángeles (Planeta), la historia de una mujer errática, agnóstica, sin recursos morales. Es la historia de una vuelta a la fe.

 

El segundo título de esa trilogía que digo es Un mensajero en la noche (Belacqua). Un cuando menos sorprendente reportaje sobrenatural que narra la vida de un preso británico un tanto particular, en el cual se cumple verdaderamente aquello de que la esperanza es lo último que se pierde, y que casi siempre viene por donde menos se la espera. Un libro que lleva ya 12 ediciones, y que a día de hoy es inencontrable. Doy fe. (Señores de Belacqua, ¿a qué esperan?).

 

Y el tercer libro es Luna negra, también editado por Belacqua. Un texto presidido por la caridad del Padre Pateras, quien recoge y atiende a mujeres africanas que llegan a las costas españolas, y donde se nos narra la trágica odisea de una de ellas.

 

Y ya puestos en antecedentes vayamos con El patio de los silencios. Decía más arriba que es una novela rehecha, hasta cierto punto nueva. Y es verdad. La autora ha perfilado su estilo, ha suprimido pasajes que ahora le parecían equivocados o innecesarios, y ha añadido otros que potencian su envergadura literaria.

 

Les voy a decir la verdad, de todos los suyos es éste el libro que más me ha gustado. Hasta ahora. Una novela… novela, una historia cuyo centro neurálgico es la historia de una familia y su devenir. Se nota que la autora ha disfrutado escribiéndola. El tratamiento de los personajes es acertado, el ritmo no desfallece en ningún momento, y el lector se ve impelido por la fuerza de la tragedia, del amor como fuerza redentora, pero que sin embargo resulta tan complicado de conseguir.

 

Sí, en El patio de los silencios está la cifra de lo que habría de venir después. La vida vivida como un radical enamoramiento. Esa, y no otra, es la clave de la actitud de María Vallejo-Nágera ante las cosas. Lo que conlleva una ternura muy personal a la hora de embridar el lenguaje. Sin sentimentalismos ni amaneramientos. Se trata de una ternura recia, que ahonda desde las palabras en el alma y personalidad de los principales personajes. Por otra parte es una novela muy femenina, de gran carácter, pautada de amor por los detalles. Con una prosa colorista y muy vital.

 

En la finca de “El Alcornocal” se desarrolla una existencia llena de secretos, misterios y silencios. En plena posguerra. El doctor Javier Martín y la señora Antonia Loza tienen nada menos que siete hijas, con las que mantienen una relación compleja. Carmen -la mayor-, de carácter amargo, la inteligente Natalia, la divertida Belén, la “lánguida, enfermiza y misteriosa” Teresa (la más querida por su madre), la entrañable Amalia, el retorcimiento de Luisa. Y, por último, la “bruja adivina” y muñidora de mil historias que es Rocío, que es quien nos cuenta todo.

 

De por medio habrá celos, juegos, recuerdos, amores… Entra en sus vidas el Rabao, un chaval que será el detonante de la acción principal (y que me ha recordado en cierto sentido al “pijoaparte” de Últimas tardes con Teresa, la novela de Juan Marsé). Alrededor una serie de personajes secundarios estupendos. Como la tata Romana. Pero el amor de unos implica el sufrimiento de otros. Y en el marco de ese maravilloso otoño andaluz sobreviene el desenlace que marcará el destino de cada cual.

 

Una muy buena novela, de gran impronta psicológica, donde hay una palpitante preocupación por el mal, por el verdadero cariño como cauterizador del alma, por la infancia, por la educación… Excelente.

 

N.B.: Y me entero que Ediciones B, en próximas fechas, publicará La nodriza, una nueva novela de María Vallejo-Nagera. Estaremos al quite.

 

GUILLERMO URBIZU


 

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