Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El amor en tiempos de inquina

 

 

 

No pienso corregir nada de lo que aquí escriba, que lo sepan. Renuncio de antemano a esa posibilidad, porque quiero que estas líneas sean -ojalá lo fueran- como un ramillete de flores silvestres. Es decir, variadas en su colorido y textura, naturales, desdeñando toda retórica insustancial. Así de sencillo. ¿El motivo? La verdad es que no sabría explicarlo muy bien. Simplemente ella. Ella, Ana, mi mujer. Una criatura de fuerte carácter, no lo negaré, pero con un corazón que me hace vislumbrar la entraña más humana de las cosas, esa belleza que trajina entre los niños, los excesivos libros y la casa. Porque soy muy consciente de que la coherencia de la creación pasa por sus manos cuando acarician. Y esto me ayuda a comprender, a saber leer en sus ojos la mirada cercana de Dios.

 

Sí, Ana es mi mujer. Y todo en mi vida pasa por ella. Absolutamente todo. Pasado, presente y futuro se funden por ejemplo en el encanto de su cuello, enhiesto de gracia y de pureza. No tengo nada que aguantarle, ni la soporto a contrapelo, simplemente la quiero. Sin evasivas o afectación. Lo escribo de nuevo para que quede claro: la quiero. El amor no cansa. Es una presencia que fortalece el alma y hace más vivos los colores. Transforma el cotidiano sacrificio en un gozo extraordinario. A pesar de los pesares. El amor es nuestro verdadero hogar, sin hipotecas ni melindres. Con vocación de infinito.

 

En muchas ocasiones me quedo mirándola absorto. Como si fuera la primera vez. Como se mira el flamear de los sauces o la caligrafía de la lluvia. Como se contempla el escorzo de la luz o la geografía de lo sublime. Y me parece mentira que la bienaventuranza se encarne en tan elegante porte, por otra parte tan frágil. La miro sin descanso, imaginando en ocasiones lo que hubiera sido de mí sin ella, o las  pocas veces que le agradezco su generosidad con algún detalle. O con un beso. Es triste decirlo, pero nos acostumbramos al milagro. Al menos a mí me ocurre. El egoísmo prende en uno cuando menos se espera, dando por supuesto demasiadas cosas, descuidando la magnitud del compromiso.

 

Ana, mi mujer, posee la pedagogía del cariño. Es catedrática en dicha materia. Yo no hago si no tomar apuntes con premura, apasionadamente, día a día. Aprender a querer no es un ejercicio fácil. Lo parece, pero no lo es. Exige olvido de uno mismo, paciencia, exquisito cuidado de los detalles. En definitiva, desprendimiento de lo propio. Es entonces cuando el amor alcanza su madurez, y uno comprende que la felicidad en realidad se llama Ana.

  

 

GUILLERMO URBIZU


 

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