Escribiendo en cristiano

26 mayo 2005

 

 

 

El escritor Juan Pablo II

 

 

Escribir es un don maravilloso. Una vocación que no siempre se valora en lo que verdaderamente significa. Al tomar la pluma o teclear en el ordenador, nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestra imaginación y nuestra sensibilidad, van dibujando el esbozo de un anhelo, de una dignidad, de un proyecto resueltamente espiritual. Estoy seguro de que así era para Juan Pablo II. Para él escribir era ir desvelando el significado de una realidad tangible, era ir descubriendo poco a poco el alfabeto de la divina esencia. (¿Acaso no es siempre así, no debiera ser siempre así?). Escribiera lo que escribiese -una encíclica, una obra de teatro, un ensayo, un discurso o un poema- la perspectiva textual guardaba una íntima coherencia con su fe. La escritura se transformaba en filigrana de amor. Escribir era amar... de otra manera. O mejor dicho, escribir era una prolongación del Amor. Y no otra es su poética, la hermenéutica de su pensamiento, la cadencia de su oración. Cada texto suyo es un largo proceso de enamoramiento, de profundización inspirada, de mística evolución. Y todo ello, como aconsejaba San Basilio el Grande allá por el siglo IV, prescindiendo de lo superfluo, huyendo de toda estúpida vanagloria. Desde la humildad a la verdad, desde la sencillez a la belleza.

 

Juan Pablo II necesitaba escribir. Veía en cada palabra un sagrario desde donde fulgía la imagen del Verbo. Escribir formaba parte de su identidad, de su vocación. A través de la escritura encontró sobre todo una forma prodigiosa de darse a los demás. Los poemas de Tríptico Romano o los pasajes de la encíclica Veritatis Splendor,  por poner unos ejemplos, son la musculatura de un alma donde definitivamente “se mezclaron el instante y la eternidad”. Son textos que se rezan en una lectura exigente, que constituyen el singular breviario de un asombro, de una entrega radical. Su escritura es signo de un apremio, de ahí su extensión y a la vez su intensidad. Un apremio por la redención del hombre. Mientras las palabras van auscultando el sentido último del Universo, van formando una urdimbre de sentido sobrenatural, una arquitectura de silencios cuya voz y misterio toca a cada lector escuchar.  

 

Leer a Juan Pablo II es entrar en el cónclave de una gran literatura donde muy pocos están. Podemos ponerle toda suerte de etiquetas: teológica, mística, apologética, espiritual, filosófica… Sí, de acuerdo, y ya sabemos que sus libros se mueven en torno a “esa especie de patria del alma que es la religión” (Carta a los artistas). Pero, ¿vamos por eso a despreciarla?

 

GUILLERMO URBIZU

 

  

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