Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Entrevista con un enamorado

 

 

Como es bien comprensible no puedo dar el verdadero nombre de la persona. Algunos creerán que es ficticio, otros que autobiográfico, y los de más allá que coloreo e idealizo el tono gris de una realidad que no da para tanta zalamería. Bueno, quizá tengan algo de razón los tres. Pero aunque todo fuera una espigada hipótesis, pienso que puede servirnos para repasar ciertas cosas sobre el enamoramiento como cualidad esencial del hombre.

 

Digamos que se llama Gerardo. Vive en una gran urbe, pero no en las nubes. Su trabajo le absorbe cada vez más. Está casado y tiene dos hijos. Aunque se plantean el adoptar algún otro. Nos une —entre otras muchas cosas— la inquietud por la situación de las familias y la pasión por los libros. Estamos sentados en la mesa de un agradable bar, de esos en los que ya no se puede fumar.

 

— Bueno —me dice—, tú dirás.

— La verdad es que el que me tienes que contar eres tú. Te conozco desde hace años Gerardo, y sé lo enamorado que estás de María, tu mujer. Me gustaría que me dijeras si crees que el amor es todavía posible.

 

Me mira con relativa sorpresa. Está acostumbrado a mis provocaciones.

 

— ¿Y tú me lo preguntas? Es lo único que nos queda Guillermo. Lo único. Que es como decir que nos queda todo. Un infinito de poesía, emoción y ternura.

— Sí, estoy contigo, lo sabes. Pero, ¿no será todo una ilusión romántica?

— ¡Pues claro que es una ilusión! Una ilusión que se manifiesta de mil formas distintas y que es la encarnadura de nuestra  alegría. Y desde luego que hay romanticismo en ello. O debiera haberlo. Por nuestro bien.

— Pero parece que no estamos para muchos “romanticismos” hoy en día.

— Guillermo, te voy a ser muy claro: sin romanticismo el mundo se viene abajo. Es inconcebible decir que se ama a alguien sin un mínimo de cortejo y galantería. El detalle como categoría.

 

Nos quedamos los dos mirando nuestras respectivas tazas de café, con la cucharilla en la mano, abstraídos, dando vueltas a cierta desazón. Escucho la voz de Gerardo:

 

— Sí, ya sé que vivimos tiempos de escarnio, de incredulidad y  de mentiras. Donde hablar de cortesía parece una alucinación o un desafío. Sin embargo el hombre sigue siendo hombre, y necesita del amor como el comer. Necesita darse a alguien si quiere ser feliz. Darse hasta el final. Darse a pesar de las contrariedades…, o precisamente por ellas mismas.

— Pero se prefiere el lento suicidio del egoísmo, le digo.

— Eso es vivir el infierno en vida. Muchos toman la vida como una fatalidad, cuando la vida es un proyecto de amor.

— Gerardo, ¿tú crees que los enamorados tenemos una misión que cumplir?

— ¡Desde luego! La de santificar el mundo. ¿Te parece poco?

 

Este amigo mío es de lo que no hay. Pone tal convicción en lo que dice que uno no tiene más remedio que ensimismarse y esperar que siga hablando.

 

— Porque la santidad de los hombres pasa por el amor. No por   un centrifugado de idioteces y neurosis. Un amor de verdad, entregado, fiel, sacrificado.

— Eso que ofreces ya no lo quiere nadie.

— ¿Estás seguro? Mira lo que te digo Guillermo: ese amor hoy lo quiere más gente que nunca. Otra cosa es que no lo  reconozcan, o anden enviciados en un vertedero de amargura. En realidad están hartos de tanta desmesura cobarde, de tanta máscara.

— Pero la santidad es un concepto religioso.

— Que lo abarca todo. El amor es lo más sagrado que existe. Es el fin y la providencia de todo lo que hacemos. El amor humano es imagen del amor divino. Yo quiero tanto a María, mi mujer, que daría mi vida por ella. De hecho ya la estoy dando. Día a día. Y ese enamoramiento me lleva a conocer a Dios más íntimamente. Sin remedio.

— Doy fe de ello.

— Pues claro que es así.

— Una última pregunta Gerardo. ¿Y los matrimonios rotos?

 

Sé que es algo que le duele mucho. Por su actividad profesional  conoce abundantes casos. De todo tipo y condición. Sin embargo me responde tranquilo.

 

— Los matrimonios que no funcionan son fruto de muchas variantes. Yo no me siento mejor que ellos. Para nada. Si Dios no nos ayudara, ¿qué sería de María y de mí? Tú nos conoces bien. Pero fíjate, al final te das cuenta de que la que dinamita todo es la soberbia. El desamor suele ser fruto de un empecinamiento. A la infidelidad le precede un tobogán de egoísmos. Y se va perdiendo la capacidad de dialogar con la otra persona, de ceder en algo… Y ya no hay regalos, ni abrazos, ni piropos. El rencor entra en juego, y la falta de pudor, y el hablar a gritos. O la violencia. Al final se busca consuelo en el disparate.

— Me dejas sin habla.

— El amor es una constante gimnasia. Un no poder pasar sin estar con la persona que queremos. Es una tenaz imaginación que sólo busca la felicidad del otro. Porque la felicidad no es un estado catártico. La felicidad siempre tiene nombres propios. Y una jerarquía de valores. En mi caso Dios, María, mis hijos… y gentes como tú, mis amigos. Todo ello es lo que permite que el corazón siga latiendo.

— Eres un romántico.

— Gracias a Dios, me responde sonriendo.

 

Nos despedimos. Y mientras regreso a casa contemplo feliz el cielo, paladeando la pureza de su azul.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

                    

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