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Fieles para siempre
Sí, es posible ser
fiel, y serlo para siempre. Porque es posible ser santo. No nos podemos
conformar con menos
Hace poco estuve en una boda. Los saludos de rigor. Abrazos y besos.
Todos con sus mejores galas. Al entrar en la iglesia uno se da cuenta
que la presencia de Dios en el sagrario es ignorada por la mayoría de
los asistentes. Son pocos los que hacen una genuflexión, como serán
pocos los que se arrodillen durante la consagración. Resulta que estamos
perdiendo la compostura ante Dios, y no le damos importancia. Se suceden
los cuchicheos. ¿Quién reza por los novios? Y la liturgia se desvanece
entre aplausos, fotografías y voces, en un despiste generalizado, en un
desaliño espiritual de consideración.
Yo observaba detenidamente a los contrayentes. Personas a las que quiero
mucho. Estaban felices. “El corazón alegre es buena medicina”, dice el
libro de los Proverbios. Oré para que durante el resto de sus vidas
fueran fieles entre si y fieles a Dios. Fieles para siempre. Y me
repetía estas palabras una y otra vez durante la ceremonia. Fieles para
siempre. Las tentaciones serán fuertes, el desaliento recurrente. Más si
descuidan los sacramentos y una vida de piedad mínima, que son el
soporte de la verdadera alegría. Todos lo sabemos por propia
experiencia.
Porque sin Dios la fidelidad es una palabra más, hueca de alma. Y el
“para siempre” un dislate lleno de buenas intenciones, que acaba
claudicando tarde o temprano ante la avalancha de vicios. ¿Qué es lo que
falla en los matrimonios? Desde luego el amor se confunde demasiado a
menudo con el placer egoísta, o con una pasión primeriza. Cuando la
bonanza es cosa de dos días, y las contrariedades de la vida van tomando
posiciones poco a poco. Es el momento de aprender a rezar con confianza,
de vivir con sacrificio, de amar con pureza.
Cuando descubrimos -día tras día y 24 horas al día- que ya no todo es
tan perfecto como parecía (¡qué importancia la del noviazgo!). Cuando se
suceden los primeros gritos, los celos o las mentiras. Cuando el
cansancio hace mella. Cuando dudamos de todo. Es entonces cuando es
urgente retomar el pulso de Dios en nuestras vidas. Sólo así renacerán
aquellas palabras de cariño o las olvidadas caricias. Debemos
convencernos: las crisis de los afectos tienen mucho que ver con la
dispersión de la fe, con la pérdida de la gracia.
La “fidelidad para siempre” es un don de Dios, pero también un constante
ejercicio de virtud. Es decir, de paciencia, de lealtad, de pudor, de
prudencia, de mansedumbre y, sobre todo, de perdón. Cediendo un poco más
de nuestra parte.
Sí, es posible ser fiel, y serlo para siempre. Porque es posible ser
santo. No nos podemos conformar con menos.
guillerurbizu@hotmail.com
GUILLERMO URBIZU
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