Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Los hijos de la luz

 

Los hijos de la luz, de César Vidal.

IV Premio de Novela Ciudad de Torrevieja.

Plaza y Janés. Barcelona, 2005. 333 págs.

 

 

Imagínense por un momento a César Vidal (Madrid, 1958) escribiendo en su estudio. Rodeado de libros por todas partes, libros que invaden las estanterías y se arremolinan por el suelo. (Como le ocurre en la novela a su álter ego el profesor Lebendig). Está trabajando en su libro sobre los masones. De pronto salta la chispa. La primera idea de Los hijos de la luz. Toma rápidas notas. Incluso surgen los nombres de algunos personajes, detalles, paisajes. La Revolución Francesa logra cortar de cuajo con el orden establecido en la cabeza de Luis XVI. Ese mismo día termina el primer capítulo.

 

La verdad es que bien pudo ocurrir así. A César Vidal no sólo se le arremolinan los libros –“sí, arremolinarse es el vocablo apropiado”- por el suelo de su despacho. También lo hacen en el continuo bullir que es su pensamiento y su imaginación. Pero no se quedan ahí. Porque a él la verdadera característica que le distingue es su voluntad en acción, sin asomo de pereza o desidia, de musaraña fatua. Y a su abultada  bibliografía me remito. Algo que, por otra parte, le granjea numerosas críticas de la inteligentsia purista. Sin mencionar el cariz ideológico, que tanto parece importar a Caballero Bonald, a la sazón presidente del jurado del premio “Ciudad de Torrevieja”, que le ha sido concedido al autor por Los hijos de la luz.

 

La novela se desarrolla alternativamente entre París y la localidad bávara de Ingolstadt, con algunas reflexiones -de carácter grafológico en esta ocasión- que se van intercalando desde la página 145 bajo el epígrafe “Del cuaderno de estudios científicos del profesor Lebendig”. Esto último es muy del gusto de Vidal, que lo viene haciendo en sus últimas novelas. Por ejemplo en El médico del Sultán (Grijalbo), editada este mismo año. Son breves textos de carácter más personal, escritos al albur de meditaciones o aficiones varias del propio escritor. Sabido es su cultivo de la grafología. “La manera en que escribimos deja al descubierto lo que somos”.

                                                                                        

Los hijos de la luz tiene un componente autobiográfico importante. (Como casi todo en el mester literario que nos atañe). Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido cómo en ocasiones la lectura puede parecer una lección de “política comparada”. En el buen sentido. Preocupaciones reales del autor (obsesiones dirán otros), alusiones no muy veladas a circunstancias que transcurren en la Europa y en la España de nuestros días. Desde luego también el nuestro es un tiempo de terrorismo y amedrentamiento, donde todo tipo de illuminati encuentra eco.

 

La preocupación por la descristianización en todos los ámbitos de la sociedad está muy presente. Es el soporte “espiritual” del libro. El mal es, sobre todo, un desorden contra el que hay que luchar. (En estos días Espasa acaba de reeditar su libro El legado del cristianismo en la cultura occidental). Dice Weishaupt -personaje masón- en un determinado momento: “Arrancamos los hierbajos del cristianismo y sembramos la filosofía del progreso; arrancamos las malas hierbas del orden y sembramos la promesa de un futuro mejor; arrancamos esa institución opresora que se denomina familia y sembramos nuestra doctrina en los corazones de unos niños que serán educados única y exclusivamente por el Estado; arrancamos los púlpitos y quemamos las Biblias, y sembramos nuestros periódicos y panfletos”. La cita es larga, pero  ilustrativa.

 

Un asesinato macabro será el detonante. Y un eficaz policía bávaro llamado herr Koch. Y un manuscrito firmado por un tal Espartaco. Y el celo de las logias masónicas. Todo ello compone una intriga llena de sorpresas, peligros y reflexiones. Un “thriller” histórico-social que no defraudará a los incondicionales del género y del autor. ¿Su argumento principal? La conspiración por el poder. Lo demás acaba siendo accesorio. Hasta lo más irracional.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

 

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