Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Mi amigo Juan

 

 

 

Pues sí, Juan es mi amigo. Preciso decirlo. Leal, honesto y muy versado en excelencia. Un tipo excepcional, un cristiano de ley. De esos que saben leer el silencio y pulsar el corazón con hombría. De esos que no hacen ascos de la verdad ni juegos malabares con la sonrisa. De esos pocos que todavía son capaces de plantar cara a la insolencia de los gañanes y aprecian en lo que vale el decoro de las palabras. De esos cuya principal ocupación es la familia (en la que el amigo se siente uno más). De esos que son coleccionistas de belleza y buscan en los periódicos algún resquicio de gran política. De esos que escuchan las “Variaciones Goldberg” de Bach con el debido recogimiento. De esos, en definitiva, a los que uno puede confiar sin reservas su propia vida.

 

Hace unos días me sentí mal. De esas veces en que a uno la esperanza se le oscurece y sobre el futuro se cierne un tinte anubarrado de desasosiego. Sin motivo aparente. Aunque la causa más frecuente son las excesivas vueltas y revueltas que nos damos a nosotros mismos. Todos hemos pasado por momentos parecidos. Además ya se sabe que el otoño es la primavera de la melancolía. Observen sino las hojas de los chopos, su estremecimiento, el compás en fuga que tiñe su tiempo de amarillo. Es como si el alma estuviera en carne viva, y se asfixiara, y no pudieras más y estuvieras a punto de caer... Como esas hojas amarillas de los chopos.

 

En circunstancias así hay quien consulta al médico y hace acopio de recetas redentoras. Otros acuden al psicólogo o van a un buen cura con experiencia, lo cual no es incompatible. O hacen yoga, o punto de cruz, o van al gimnasio, o compran alguno de los infinitos libros de autoayuda (más o menos esotérica), o simplemente se dedican a escribir palabras en un papel. Algún caso conozco que dice alcanzar remedio para los males de espíritu con la lectura sistemática de los diarios deportivos. O con la literatura rusa, que de todo hay. Pero en esta ocasión yo escogí el refugio del afecto de mi buen amigo Juan. Sin pensármelo dos veces. La amistad como terapia.

 

Quedamos en su casa. El sanctasanctórum de un hombre que es académico de la bizarría y del donaire. Al cabo de media hora nos despedimos. De por medio confidencias y desahogo. Y la fortaleza de un emotivo abrazo. Un abrazo que es símbolo de toda una creencia. Atrás queda la tentación del desaliento, su argucia y enredo. Porque hubo un amigo que tuvo a bien escucharme.

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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