Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Orar sin desfallecer

 

 

 

 

Reflexionaba estos días, al hilo de aquellas palabras de uno de los muchos ciegos que deambulan por el Evangelio -“si quieres puedes curarme”-, sobre el poder de la oración. Un poder que nos acerca a la omnipotencia de Dios, pero sobre todo a Su intimidad. Hacer oración (con fe y con humildad) significa sumergir el alma en la cotidianidad del Espíritu Santo, en la sangre redentora de Cristo, en la misericordia infinita del Padre.

 

Tenemos al alcance de la mano la inspiración más poderosa si queremos ser felices. Porque orar es acceder a las confidencias del mismo Dios, descifrando Su Amor y Su Alegría, en natural conversación de hijos necesitados. Mostrándonos tal y como somos, exponiéndole dudas, sentimientos, llagas y miedos, o cada uno de los afectos que hacen posible el latido de nuestro extenuado corazón.

 

Pero nos falta tantas veces voluntad y constancia, piedad y confianza. Nos vemos arrastrados por el torbellino descabellado de la ofuscación mundana, sin tiempo ni ganas -eso pensamos- para las cosas de Dios. Y así nos va. ¿Ir a Misa? Uf, menudo compromiso. ¿Diez minutos de oración? Imposible, decimos,  mientras miramos de soslayo el reloj. Y buscamos compensaciones en cualquier otra insustancial nimiedad.

 

Nos falta recogimiento y nos sobra cotilleo. Debemos pedir al Señor que sujete nuestras fantasías, que destierre de nuestra alma todo lo que no sea digno de Él. A pesar nuestro. Sé que es muy fácil escribirlo y no tanto vivirlo. Pero lo escribo a propósito (en primer lugar para aprender yo mismo). Nuestros caprichos asfixian nuestra fe, hacen demasiado ruido en nuestra vida. Tantas veces tan eufórica como vacía. ¿O no?

 

La oración es querer querer. Voluntad y amor. Querer ahondar en las almas, ir a la raíz de todo cuando nos sucede. No hay sabiduría mayor. Todo ello para que nuestro corazón sea cada vez más Suyo. Nada para nosotros, todo para Él. Sin Dios hasta las cosas buenas nos trastornan y nos hacen perder el norte. Y cada uno -si somos sinceros- tenemos constancia de ello. Porque nos diluimos en lo intrascendente y más trivial.

 

Es hora de recomenzar, de transformar el cansancio, el trabajo, las lágrimas y el dolor en el caudal de la más fértil oración. O lo que es lo mismo, en un trocito de Cielo. Y de esta forma conseguiremos que los hombres dejemos de cavilar con el corazón demacrado y el alma anestesiada por manías.

 

La oración todavía conserva el don de devolver la vista. Porque Jesús sigue pasando a nuestro lado, sonriendo, tendiéndonos la luz de Su voz.  Lejos de ser un sortilegio o una fantasía.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

 

                    

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