Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Peregrinación a Lourdes

 

 

Lo vimos claro. La solución la tiene la Virgen. Sin despreciar a la ciencia llega determinado momento en que uno lo ve claro. La curación verdadera viene por intercesión de Nuestra Madre. Siempre. Desaparezca la enfermedad o no, se produce un cambio, una conversión, un ahondamiento. Por ello nos decidimos y comenzamos los preparativos.  Doce adultos y cuatro niños. El tiempo es agradable. Escribo en el coche, lo que provoca que la letra sea un tanto accidentada. Vamos a estar con la Virgen, en Lourdes. Dos días. Vamos, sobre todo, para pedir la curación de mi cuñada María Pilar, que tiene cáncer. Vamos a urgir el milagro, de forma radical, por la intercesión de la Señora. Nos acogemos a su amor todos y cada uno. El corazón late en persistentes letanías de cariño y petición. Peregrinamos para pedir a Nuestra Madre Santísima un poco de su mano izquierda ante su Hijo, Señor de la Divina Misericordia. Precisamos que Dios nos provea de fuerza y orgullo. No en balde somos sus hijos. Pecadores, pero sus hijos. Por derecho de sangre y de amor. Filiación de una ternura inefable.

 

Acudimos a la Virgen confiados, como niños muy pequeños. La plegaria brota en silencio. Madre, mamá, cura a María Pilar de su enfermedad, cúranos a cada uno de los que la acompañamos, tal vez más enfermos que ella. Te queremos con locura. Y con bendita locura te pedimos que nos acojas en tu regazo maternal. Para ser apóstoles del cielo de tu pureza y portadores de la luz de tu mirada. Haz que no tengamos miedo de nada. Ni de la vida ni de la muerte. ¡Madre! Recíbenos con esa sonrisa tuya tan característica, pon en nuestras almas la alegría de los que están contigo. Sin merecerlo -incluso sin saberlo- anhelamos la santidad.

 

Ahora bajamos el Puerto de Monrepós. Ya casi en Jaca, donde recogeremos a mi padre. Y desde allí hacia tu gruta de Lourdes, entraña donde atesoras el dolor de los que sufren con esperanza. Allí mana el manantial de la felicidad que proporciona tu presencia, de la que es imagen el agua cristalina. Hablamos, rezamos, cantamos. Riñas de los niños, propósitos renovados. Vamos a lo que vamos… Y sin darnos apenas cuenta ya hemos atravesado los Pirineos, ya estamos en Francia, siguiendo el curso del río d’Aspe. Esplendor de verdemontaña. Verde sobre verde. Verde esmeralda que nos esponja el alma. La brisa nos acerca el aroma de su clorofila. Los pueblos se suceden. Y las praderas, y las rocas, y las húmedas umbrías. Ya queda menos para contemplar tu rostro Madre, y rezar mirándote.

 

Y por fin llegamos. Ya estamos aquí Señora mía. Comemos rápidamente, pues no tardarán en cerrar las piscinas de los enfermos. El amor nos urge. María Pilar se adelanta con nuestro sobrino Javier, de apenas un año. Se pone en fila. La Virgen la ha visto llegar, la esperaba. Una colaboradora del Santuario -con la que estuvimos después- siente la inspiración de acercarse a mi cuñada y al niño. Y les hace pasar. Los dos se sumergen en las aguas que la gracia remueve. Mientras tanto los demás ya hemos llegado y la esperamos fuera. Sus hijos y hermanas lloran y se abrazan. Es el rosario omnipotente de las lágrimas, que se desgranan despacio. Esperamos. El silencio se arrodilla en la mejor de las oraciones.

 

Ya salen. María Pilar sonríe. Porque en Lourdes el dolor es siempre sonriente. Haya o no sanación el milagro es ya un hecho. Lo sabemos. Para qué escribir más. Gracias Madre nuestra.

 

 

GUILLERMO URBIZU


 

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