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¿Qué es el Quijote?
Este año El Quijote es un aniversario,
desde luego, una sucesión de zalamerías institucionales plagada de ritos
eruditos que a no pocos que no son Rico (don Francisco) ayudará a darse
un capricho algo distinto. O a entablar nuevas relaciones profundamente
lingüísticas, de hermenéutica liviana y fonética muda. Habrá para todos,
espero, a diestra y siniestra, que lo bien repartido hace provecho.
Aunque me temo lo peor, amigo Sancho, que en España, ya sabes, siempre
hemos sido un tanto estreñidos de bolsa con los que piensan distinto.
Pero no seamos malos augures, pues la celebración y sus fuegos
artificiales merecerán la pena, seguro. Cuatrocientas velas no las
cumple cualquiera, aunque apenas sea su llama un fugaz soplo. Un poco de
tiempo, apenas nada.
Pero El Quijote es hoy, sobre todo, un buen negocio, un guarismo
tras otro. Las ediciones se prodigan en un brillante talento de diseño.
Porque hemos convertido la literatura en mero aderezo de consumo, en una
mixtificación social, en una cita a pie de pose. Entre nosotros, sin
prosapias hipócritas: lo que importa es vender. Un Quijote en cada casa.
Leer es una metafísica muy distinta, más o menos pegadiza, pero allá
cada cual se las componga. Hace poco, mientras paseaba entre la niebla,
escuche el siguiente coloquio entre dos muchachos:
– ¿Qué le regalaste? –decía él.
– Chico, al final le regalé El Quijote –contestó ella.
– ¡Qué guay! –aseveró el primero.
Pues eso, guay. Que ya lo dice Zapatero en la estupenda revista Leer:
"El Quijote es la constitución de la vida". ¡Cáspita! O mejor: ¡Córcholis!
Eso sí que es tener garbo cervantino. Aunque tal vez haya leído a Jürgen
Habermas y se le haya escapado una epistemología cursi sin querer. Para
otros es "la Biblia de los libros", o poco menos que el libro que le
falta a la Biblia. O una especie de esotérico "Código da Vinci" con
interpretaciones alucinógenas. O un simple objeto coleccionable. ¡Tantas
cosas se dicen y se hacen!
Pero claro, El Quijote –aparte de un aniversario, de un negocio o
de una constitución– es también una novela. Porque a veces se nos
olvida. Una novela de amor para más señas. La historia de un lector que
imagina ser el protagonista de cada uno de sus más queridos libros. El
relato de un hombre enamorado que sueña con un mundo mejor. Por Dios,
por Dulcinea, por la literatura. Al menos a mí me gustaría morir como lo
hizo don Alonso Quijano, como un hombre bueno. Lo demás, en realidad,
¿qué importa?
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 22 de enero 2005.
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