Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

A los católicos, ni agua


Y venga o no a cuento, palo. En todas direcciones. Plís, plás. ¿Quieres taza?, pues toma taza y media. Y espera. Definitivamente se nos está perdiendo el respeto, porque –inquinas, modas, odios africanos o sectarismos aparte– mucho antes los católicos habíamos perdido el debido respeto a nuestra fe. En gran parte consecuencia de nuestra propia indolencia (espiritual y de la otra), de las demasiadas "capillitas" o tiquismiquis de sacristía, de seguir manteniendo todavía encendida la vela al diablo, y de nuestro tan poco atractivo ejemplo de vida. Y vida cristiana. Porque la propia incoherencia provoca en los demás un natural desprecio. Siempre. Yo diría que el personal –y no me descarto– anda un tanto tibio, o relajado, o aburguesado, o fofo. Con la moral desvaída y el capricho desmedido. Aunque entre nosotros haya también personas muy santas, digámoslo con la palabra adecuada, sin miedo a las risitas. Madres y padres de familia que yo conozco, por ejemplo. Incluida mi mujer –la "santa" por antonomasia–, que me aguanta y de la que aprendo todos los días a rectificar en algo.

Y escribo esto porque antes de emprenderla con el Gobierno –ejercicio muy español y en este caso mil veces justificado– es necesario que cada católico, ciudadano como los demás, se pregunté qué hace él por remediar tanta impostura. Porque andamos enfermos de trivialidad. Necesitamos todos una más alta dosis de voluntad para afrontar nuestra creencia con criterios bien definidos. Los estereotipos circulan por doquier, y se da marchamo de "políticamente correcto" a lo que es simple gregarismo y estupidez.

Sí, lo católico, molesta. Desde el mismo Cristo hasta nuestros días no han sido precisamente pocos los que han sufrido –y sufren– en el mundo vejaciones, tortura y muerte por confesar su fe. No es nada nuevo. ¿Y a quién molesta lo católico? Pues hoy, como ayer, a los manipuladores de la verdad. Sean grupos mediáticos, socialistas torticeros, progresía paniaguada, masones funcionarios, entramados homosexuales, escritores de cuota, profesionales del odio, o vaya usted a saber. El proselitismo anticatólico es un hecho cierto hoy en España, en muchos casos agobiante y descarado, que desea imponer a los demás su propia y radical anomalía, cueste lo que cueste. Saben que si prescindimos de nuestros valores y principios el negocio será redondo. Y leeremos El País como si fuera la Biblia, y nos dará igual la asignatura de Religión, y nos clonaremos a gusto los unos a los otros, y veneraremos las películas de Almodóvar, y votaremos que sí a la Constitución europea, y don Jesús de Polanco cuando caiga enfermo tendrá derecho a una feliz eutanasia. Y la "x" directamente en la nueva casilla del Islam, sin tapujos. Solidariamente. Que todo llegará.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 28 de noviembre de 2004

 

  

 

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