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A los católicos, ni agua

Y venga o no a cuento, palo. En todas direcciones. Plís, plás. ¿Quieres
taza?, pues toma taza y media. Y espera. Definitivamente se nos está
perdiendo el respeto, porque –inquinas, modas, odios africanos o
sectarismos aparte– mucho antes los católicos habíamos perdido el debido
respeto a nuestra fe. En gran parte consecuencia de nuestra propia
indolencia (espiritual y de la otra), de las demasiadas "capillitas" o
tiquismiquis de sacristía, de seguir manteniendo todavía encendida la
vela al diablo, y de nuestro tan poco atractivo ejemplo de vida. Y vida
cristiana. Porque la propia incoherencia provoca en los demás un natural
desprecio. Siempre. Yo diría que el personal –y no me descarto– anda un
tanto tibio, o relajado, o aburguesado, o fofo. Con la moral desvaída y
el capricho desmedido. Aunque entre nosotros haya también personas muy
santas, digámoslo con la palabra adecuada, sin miedo a las risitas.
Madres y padres de familia que yo conozco, por ejemplo. Incluida mi
mujer –la "santa" por antonomasia–, que me aguanta y de la que aprendo
todos los días a rectificar en algo.
Y escribo esto porque antes de emprenderla con el Gobierno –ejercicio
muy español y en este caso mil veces justificado– es necesario que cada
católico, ciudadano como los demás, se pregunté qué hace él por remediar
tanta impostura. Porque andamos enfermos de trivialidad. Necesitamos
todos una más alta dosis de voluntad para afrontar nuestra creencia con
criterios bien definidos. Los estereotipos circulan por doquier, y se da
marchamo de "políticamente correcto" a lo que es simple gregarismo y
estupidez.
Sí, lo católico, molesta. Desde el mismo Cristo hasta nuestros días no
han sido precisamente pocos los que han sufrido –y sufren– en el mundo
vejaciones, tortura y muerte por confesar su fe. No es nada nuevo. ¿Y a
quién molesta lo católico? Pues hoy, como ayer, a los manipuladores de
la verdad. Sean grupos mediáticos, socialistas torticeros, progresía
paniaguada, masones funcionarios, entramados homosexuales, escritores de
cuota, profesionales del odio, o vaya usted a saber. El proselitismo
anticatólico es un hecho cierto hoy en España, en muchos casos
agobiante y descarado, que desea imponer a los demás su propia y radical
anomalía, cueste lo que cueste. Saben que si prescindimos de nuestros
valores y principios el negocio será redondo. Y leeremos El País
como si fuera la Biblia, y nos dará igual la asignatura de Religión, y
nos clonaremos a gusto los unos a los otros, y veneraremos las películas
de Almodóvar, y votaremos que sí a la Constitución europea, y don Jesús
de Polanco cuando caiga enfermo tendrá derecho a una feliz eutanasia. Y
la "x" directamente en la nueva casilla del Islam, sin tapujos.
Solidariamente. Que todo llegará.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 28 de noviembre de 2004
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