|
|
Anécdotas familiares

Dejemos por un momento la política y asimilados. Ya que estamos en
verano, más o menos vacacional, vamos a procurarnos un poco de asueto,
¿de acuerdo?. Y para ello no me resisto a relatar algunos sucedidos
familiares divertidos que me han ocurrido más o menos recientemente. Los
niños, es cierto, son agotadores, pero de cuando en cuando también son
geniales, son capaces de lo mejor. En muchas ocasiones te hacen
recapacitar tu propia vida, o abrir en ella perspectivas insospechadas
hasta ese momento. Con una sonrisa. Pero dejemos que tomen ellos la
palabra.
El otro día sorprendí este diálogo entre mi hija y una de sus muchas
amigas:
– Mi papá escribe, ¿y el tuyo?
– El mío trabaja.
Reconfortante, ¿verdad? Menos mal que no mucho después encontré a Juan
mirando fijamente mi papelera.
– Papá, tiras muchos papeles, ¿verdad?
– Sí, hijo, sí –respondo como quien oye llover.
– Eso será porque trabajas mucho –escucho entre perplejo y conmovido.
Pero no se pierdan el diálogo que tuve con Jaime mientras paseábamos muy
dignamente por las populosas calles de Jaca. De improviso me espeta:
– Papá, ¿qué es un homo sapiens?
Y ocurrente que es uno, respondo:
– Homo sapiens soy yo, hijo mío.
– ¿Y yo? –interroga muy serio.
– Tú eres un homo ludens.
– ¿Por qué no me he casado todavía?
Casi nada. Como para reflexionar un rato. Y enlazando con esto último,
recuerdo ahora cuando el mismo Jaime se fue a su campamento y Cristina
pasó a dormir con Juan. Ya de noche unos gritos me hicieron ir corriendo
al dormitorio de marras y entrar al grito de:
– ¡¿Qué pasa aquí?!
– Nada papá, estamos leyendo.
– ¿Leyendo? Pero si no paráis de gritar. Cristina, cuando está Jaime los
chicos leen en silencio.
– Sí, pero es que yo soy nueva.
¿Qué pensar? ¿Qué decir? Pero cuando reconozco que reí hasta las
lágrimas fue un día después de comer, de tertulia en la terraza. Juan
jugaba con unos muñecos. Un tigre y un leopardo se enfrentaban con su
natural ímpetu salvaje. La mamá de la criatura intervino con ternura:
– ¿Le está dando el tigre un masaje a su amiguito?
La respuesta de Juan fue contundente:
– No, es una pelea a muerte.
Y ahora sitúense en una apacible mercería. Mi mujer, los tres niños y un
servidor. Mientras esperábamos nuestro turno una señora mayor preguntó
por una braga-tanga. ¡Dios mío! Inmediatamente Cristina saltó a la
palestra:
– ¿Qué es una braga-tanga?
Todos los que estábamos en la tienda sentimos lo incómodo de la
situación hasta un extremo que ustedes podrán imaginar. Y antes de que
nadie dijera ni pío, Jaime sentenció:
– Es una braga con el culo al aire.
Y para terminar este peculiar artículo desestresante, cuatro breverías.
Juan a Cristina: "Yo he ido al campamento dos veces sintigo".
Jaime, con sus 11 años, en un rapto de lucidez: "Yo hago lo que quiero y
no lo que debo".
Se me ocurre interrogar a Cristina sobre qué vamos a comer hoy: "Oye
papá, ¿alquilamos un pollo?".
A la misma le pregunto, después de una barrabasada: "¿Eres mayor?". "Sí,
soy mayor porque tengo sentido de razón".
En fin, cosas de niños, dirán algunos. En realidad estos acontecimientos
son la sal de cualquier familia, el cimiento de un gozo inexplicable.
Pese al agotamiento que conlleva el tema les aseguro que no envidio a
nadie, que merece la pena.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 15 de agosto de 2004
|