Escribiendo en cristiano

29 julio 2006

 

 

La Pasión

 

Precedida del morbo y de la controversia que ha ido despertando en otras naciones, por fin podemos ver en España La Pasión de Cristo, tercera película que ha dirigido el por otra parte afamado actor Mel Gibson, después de El hombre sin rostro y Braveheart, con la cual consiguió cinco óscar, entre ellos a la mejor película y al mejor director. Braveheart era ya un ensayo de La Pasión. La historia de un hombre que da su vida por la libertad de su pueblo, con una escenificación muy cruda de la violencia, una retórica de la épica y la epopeya como género histórico.

 

Si normalmente es bastante complicado ser ecuánime en las cosas, mucho más lo será cuando esas cosas repercuten de manera tan directa -lo reconozcamos o no- en lo más íntimo de nosotros mismos, en estratos de nuestro ser que por lo general obviamos, pero que no por ello dejan de estar ahí. Decía María Zambrano que “el ser se siente extendido en una cruz formada por el tiempo y la eternidad”. Y de la tensión producida en y desde ese eje da testimonio la filosofía, la literatura universal, o cada una de las bellas artes, incluido por supuesto el cine, que condiciona y conforma en buena medida nuestro imaginario social y personal.

 

El film de Gibson trata ni más ni menos que de eso: de la dimensión trascendente de la vida humana, del sentido del sufrimiento, del perdón como posibilidad real. Porque hoy más que nunca es necesario hablar al mundo de misericordia, no de venganza. Ahí está el acento y el acierto, expresado en un lenguaje contemplativo, donde prima la imagen sobre la palabra -en arameo y latín-, donde cada gesto es creencia. Hay una visualidad radical. Desde el cine mudo muy pocos directores se han atrevido a ello. ¿Efectista, excesivo? ¿Y Kubrick, Scorsese o Coppola? Aconsejo ver La Pasión de Cristo sin prejuicios, abiertos a la libertad expresiva del artista, entre el tenebrismo de Caravaggio y una puesta en escena decididamente inspirada. Los escándalos no dejan de ser un estéril reduccionismo intelectual.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en Heraldo de Aragón

 

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