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Un mundo infeliz
Un vistazo a nuestro alrededor nos basta. Y nos sobra. En primer lugar
el "yo", más tarde también el "yo" y, por último, otra vez el "yo". Se
cree que sólo se mejora –laboral y socialmente– pisando al prójimo, sin
hacer un mínimo esfuerzo por comprender, sin ponernos jamás en la piel
del otro. La filosofía más en boga es, sin duda, este yoísmo
radical, del cual deriva una falta de educación social evidente. Cada
uno va a lo suyo, importándole una higa lo de los demás. Mis
problemas son, por supuesto, perfectamente comprensibles, pero que no
nos vengan con ajenas banalidades sin importancia que en nada nos
afectan. Incluso dentro de nuestra propia familia. Ya estamos hartos de
que nos pisen.
Si me pisan, piso; si me gritan, grito; si me ignoran, ignoro; si me
insultan, insulto; si me critican, critico.
Nadie cede. Cuando la convivencia es ceder. Pero resulta que ceder es,
precisamente, lo que nos cuesta.
En un ambiente tan hostil, tan inhumano, donde se nos pega sin querer la
mala baba y la idiotez televisiva, es más necesario que nunca procurar
hacer la vida más fácil a los demás. Pensar, cuando abrimos la boca, en
decir algo agradable, y en saber callar a tiempo lo que de fijo sabemos
va a herir. De cuando en cuando, resulta muy saludable hacer un inciso
en nuestro día y preguntarnos qué alegrías puedo dar hoy a las personas
que tengo más próximas. No es ningún desdoro, ni una indigna
humillación. Al contrario.
No respetar a los demás pasa factura. Más tarde o más temprano. A la
corta nos volvemos egoístas y huraños, irascibles y frívolos. Y, a la
larga, los no respetados seremos nosotros mismos. ¿Qué haremos entonces?
Los más débiles tienen siempre las de perder –niños, mujeres y
ancianos–, en una sociedad tan diluida en lo cómodo y material que
incluso incentiva la degradación más insólita y contra natura, con tal
de conservar la desmesura de su presunto bienestar. Diariamente lo
comprobamos en las noticias. Abuelos abandonados como perros, aborto
criminal revestido de insufribles eufemismos, violencia doméstica, o
eutanasia de mayores e incluso niños (hoy de nuevo en el candelero,
debido a la chusca película de Amenábar, que se nos presenta muy neutro,
muy esteta y muy sentimental, pero que en el fondo es cómplice de una
sórdida y despiadada aberración).
Comprender el sufrimiento ajeno es algo que necesariamente nos implica.
Pues nuestros actos han de ser coherentes con esa generosidad.
Normalmente se trata de ceder en pequeñas cosas, en que asome a nuestro
rostro el milagro de una sonrisa. Todos sabemos que cambiar los
pronombres es difícil, que sustituir el "yo" por el "tú" o el "vosotros"
exige un replanteamiento desde la raíz misma de nuestra existencia. Y
sí, representa un sacrificio. Pero ¿acaso hay algo, de lo que
verdaderamente merezca la pena, que no lo precise?
Lo ajeno nos interesa visto en la televisión, porque no nos complica la
vida. Nos conmueve el morbo de inconcebibles tragedias teleparlantes,
mientras que los problemas que nos son más cercanos nos traen al pairo.
¿Qué nos está pasando? Debemos reflexionar sobre este autismo egotista,
sobre esta distorsión de la realidad que padecemos, que a la postre no
es otra cosa que el reflejo de una carencia grave de amor. De un amor
real, desprendidos al fin de nosotros mismos. En nuestra mano está
cambiar esa actitud fría y distante que nos deja el alma exhausta y con
la que no alcanzaremos, ni de broma, un poco de felicidad.
Violencia doméstica: una aproximación

Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 19 de septiembre de 2004
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