Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

Un mundo infeliz

 

Un vistazo a nuestro alrededor nos basta. Y nos sobra. En primer lugar el "yo", más tarde también el "yo" y, por último, otra vez el "yo". Se cree que sólo se mejora –laboral y socialmente– pisando al prójimo, sin hacer un mínimo esfuerzo por comprender, sin ponernos jamás en la piel del otro. La filosofía más en boga es, sin duda, este yoísmo radical, del cual deriva una falta de educación social evidente. Cada uno va a lo suyo, importándole una higa lo de los demás. Mis problemas son, por supuesto, perfectamente comprensibles, pero que no nos vengan con ajenas banalidades sin importancia que en nada nos afectan. Incluso dentro de nuestra propia familia. Ya estamos hartos de que nos pisen. Si me pisan, piso; si me gritan, grito; si me ignoran, ignoro; si me insultan, insulto; si me critican, critico. Nadie cede. Cuando la convivencia es ceder. Pero resulta que ceder es, precisamente, lo que nos cuesta.

En un ambiente tan hostil, tan inhumano, donde se nos pega sin querer la mala baba y la idiotez televisiva, es más necesario que nunca procurar hacer la vida más fácil a los demás. Pensar, cuando abrimos la boca, en decir algo agradable, y en saber callar a tiempo lo que de fijo sabemos va a herir. De cuando en cuando, resulta muy saludable hacer un inciso en nuestro día y preguntarnos qué alegrías puedo dar hoy a las personas que tengo más próximas. No es ningún desdoro, ni una indigna humillación. Al contrario.

No respetar a los demás pasa factura. Más tarde o más temprano. A la corta nos volvemos egoístas y huraños, irascibles y frívolos. Y, a la larga, los no respetados seremos nosotros mismos. ¿Qué haremos entonces? Los más débiles tienen siempre las de perder –niños, mujeres y ancianos–, en una sociedad tan diluida en lo cómodo y material que incluso incentiva la degradación más insólita y contra natura, con tal de conservar la desmesura de su presunto bienestar. Diariamente lo comprobamos en las noticias. Abuelos abandonados como perros, aborto criminal revestido de insufribles eufemismos, violencia doméstica, o eutanasia de mayores e incluso niños (hoy de nuevo en el candelero, debido a la chusca película de Amenábar, que se nos presenta muy neutro, muy esteta y muy sentimental, pero que en el fondo es cómplice de una sórdida y despiadada aberración).

Comprender el sufrimiento ajeno es algo que necesariamente nos implica. Pues nuestros actos han de ser coherentes con esa generosidad. Normalmente se trata de ceder en pequeñas cosas, en que asome a nuestro rostro el milagro de una sonrisa. Todos sabemos que cambiar los pronombres es difícil, que sustituir el "yo" por el "tú" o el "vosotros" exige un replanteamiento desde la raíz misma de nuestra existencia. Y sí, representa un sacrificio. Pero ¿acaso hay algo, de lo que verdaderamente merezca la pena, que no lo precise?

Lo ajeno nos interesa visto en la televisión, porque no nos complica la vida. Nos conmueve el morbo de inconcebibles tragedias teleparlantes, mientras que los problemas que nos son más cercanos nos traen al pairo. ¿Qué nos está pasando? Debemos reflexionar sobre este autismo egotista, sobre esta distorsión de la realidad que padecemos, que a la postre no es otra cosa que el reflejo de una carencia grave de amor. De un amor real, desprendidos al fin de nosotros mismos. En nuestra mano está cambiar esa actitud fría y distante que nos deja el alma exhausta y con la que no alcanzaremos, ni de broma, un poco de felicidad.

Violencia doméstica: una aproximación

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 19 de septiembre de 2004

 

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