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Visión de la Navidad

Tiempo de buenas nuevas, de reencuentros y de muy variados belenes.
Fulgor de anheladas vacaciones, empacho de compras compulsivas,
innumerables ágapes que aglutinarán entre risas una congestión de
habladurías, marea de regalos empaquetados en chispeantes colores con
áureas pegatinas que nos desearán una felicidad perfecta. Deambularemos
de aquí para allá, incansables, cegados por los miles de bombillas que
dibujarán en el aire su promesa incandescente. Hará frío. Las calles
digerirán nuestra presencia con acelerada parsimonia, flanqueadas por el
embrujo de los escaparates. De cuando en cuando nos pararemos, de mala
gana, y expresaremos un precipitado "que paséis buenos días". Un par de
fugaces besos, un apretón de manos y el apremio de los mil recados que
nos quedarán por hacer todavía. Será todo. "¡Allí, allí!", y nos
sumergiremos esta vez en la corriente envalentonada de unos grandes
almacenes, donde parece ser estará lo que busquemos. Quimera, ilusión.
Como en trance trajinaremos entre caprichos y cosas, embebidos en su
brillo, expectantes. Las manos nos precederán, auscultando texturas,
formas, toda esa extraña melancolía disfrazada de diseño. Poco después
llegarán los ojos, que fotografiarán el precio y, en él, el desengaño de
una materialidad corsaria que nos despedaza el alma.
Hará frío. La mañana, tal vez, nos recordará, en su belleza, a una
acuarela de Matisse. Sobre la mesa habrá papeles, libros, felicitaciones
navideñas, y el pequeño nacimiento que siempre tengo junto a mí. El niño
Jesús es de plástico, de acuerdo, pero es imagen de una verdad
insoslayable que tarde o temprano nos hemos de encontrar. Un buen amigo
me decía, no hace mucho, que toda realidad verdaderamente importante nos
interroga sobre ese Niño. Y si uno lo piensa es verdad. Por ello, cada
cierto tiempo, es necesario que cerremos los ojos para ver, en nuestro
interior, el verdadero rostro de las cosas. Para redescubrir, así, el
rastro de gozo, de amor y de esperanza que debe orientar nuestras
impacientes vidas. No en vano –en acertada expresión de Boris Pasternak–
el hombre es rehén de la eternidad.
En fin, que ya está aquí, que ya llega. El Corte Inglés nos lo anuncia
en el ornato de sus fachadas, y los niños no dejan de preguntar con
insistencia cuántos días quedan para esas fechas. Quien más o quien
menos comienza a percibir el temblor de la nostalgia, y el recuerdo de
tantas cosas extraordinarias. Por un momento nos sentimos mejores y,
contemplando esos adornos, incluso podemos hablar con Dios un poco.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 1 de diciembre de 2004
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