14 febrero 2005

 

 

Visión de la Navidad


Tiempo de buenas nuevas, de reencuentros y de muy variados belenes. Fulgor de anheladas vacaciones, empacho de compras compulsivas, innumerables ágapes que aglutinarán entre risas una congestión de habladurías, marea de regalos empaquetados en chispeantes colores con áureas pegatinas que nos desearán una felicidad perfecta. Deambularemos de aquí para allá, incansables, cegados por los miles de bombillas que dibujarán en el aire su promesa incandescente. Hará frío. Las calles digerirán nuestra presencia con acelerada parsimonia, flanqueadas por el embrujo de los escaparates. De cuando en cuando nos pararemos, de mala gana, y expresaremos un precipitado "que paséis buenos días". Un par de fugaces besos, un apretón de manos y el apremio de los mil recados que nos quedarán por hacer todavía. Será todo. "¡Allí, allí!", y nos sumergiremos esta vez en la corriente envalentonada de unos grandes almacenes, donde parece ser estará lo que busquemos. Quimera, ilusión. Como en trance trajinaremos entre caprichos y cosas, embebidos en su brillo, expectantes. Las manos nos precederán, auscultando texturas, formas, toda esa extraña melancolía disfrazada de diseño. Poco después llegarán los ojos, que fotografiarán el precio y, en él, el desengaño de una materialidad corsaria que nos despedaza el alma.

Hará frío. La mañana, tal vez, nos recordará, en su belleza, a una acuarela de Matisse. Sobre la mesa habrá papeles, libros, felicitaciones navideñas, y el pequeño nacimiento que siempre tengo junto a mí. El niño Jesús es de plástico, de acuerdo, pero es imagen de una verdad insoslayable que tarde o temprano nos hemos de encontrar. Un buen amigo me decía, no hace mucho, que toda realidad verdaderamente importante nos interroga sobre ese Niño. Y si uno lo piensa es verdad. Por ello, cada cierto tiempo, es necesario que cerremos los ojos para ver, en nuestro interior, el verdadero rostro de las cosas. Para redescubrir, así, el rastro de gozo, de amor y de esperanza que debe orientar nuestras impacientes vidas. No en vano –en acertada expresión de Boris Pasternak– el hombre es rehén de la eternidad.

En fin, que ya está aquí, que ya llega. El Corte Inglés nos lo anuncia en el ornato de sus fachadas, y los niños no dejan de preguntar con insistencia cuántos días quedan para esas fechas. Quien más o quien menos comienza a percibir el temblor de la nostalgia, y el recuerdo de tantas cosas extraordinarias. Por un momento nos sentimos mejores y, contemplando esos adornos, incluso podemos hablar con Dios un poco.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 1 de diciembre de 2004

 

 

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