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Katherine Ellison
Inteligencia Maternal
Barcelona. Ediciones Destino,
2006
Durante décadas se ha extendido el tópico de que
la maternidad atonta y alela a las mujeres,
centrando la vida cotidiana de las madres en el
universo infantil de cambiar pañales, preparar
papillas... Sin embargo, este libro demuestra, a
partir de recientes investigaciones científicas
y de la propia experiencia como madre de la
autora, que lejos de ese mito la maternidad
contribuye a estimular la inteligencia de las
mujeres, al enfrentarlas a nuevos retos y a la
necesidad de resolver nuevas situaciones.
Este libro lleno de historias vivas y divertidas sobre madres
actuales, interpretadas a la luz de los últimos
hallazgos científicos, rompe clichés y da
certeros consejos para utilizar mejor la
inteligencia que permite desarrollar la
maternidad. Un libro práctico e innovador sobre
un tema capital en la vida de muchas mujeres.
Reproducimos a continuación un fragmento publicado en
http://www.elpais.com :
Semanas después de nacer mi primer hijo, tuve un
sueño inquietante.
Ocurrió en septiembre de 1995, durante la baja
maternal que me tomé siendo corresponsal
extranjera en Río de Janeiro. El sueño al que me
refiero era, en realidad, una pesadilla en la
que unos extraterrestres aterrizaban en
Brasilia, la capital del país, y yo me quedaba
en casa tratando de decidir si el acontecimiento
merecía o no cobertura. Más tarde, comprendí que
aquel sueño reflejaba mi miedo a que tener un
hijo me robase toda mi inteligencia.
Ese miedo era el responsable directo de las
reticencias que, al igual que muchas de mis
compañeras, me asaltaban al plantearme tener un
hijo. Reticencias que, a su vez, nos llevaban a
todas a postergar la decisión de engendrar hasta
el límite de edad fértil en la que el embarazo
era físicamente posible. El problema era que yo
entendía que muchas de las cosas que valoraba
—como el ganarme la vida, tener autoestima y
poder elegir marido libremente y por amor—
dependían directamente de mi inteligencia.
Temía que al ser madre, mi cerebro pagase las
consecuencias y yo asistiese a un súbito declive
de mis facultades mentales. Tenía muy presente
el tópico de la mujer embarazada sensiblera que
llora con sólo ver un anuncio de pañuelos de
papel y aquel otro clásico, el de la madre
extenuada incapaz de pensar en nada salvo en los
horarios de los niños y en la lista de la
compra. («Si has dejado las ceras de colores
derritiéndose al sol, en el coche, y no
recuerdas dónde has puesto las llaves del
vehículo, no te apures, tiene una explicación:
la maternidad ha afectado a tu cerebro.» Explica
en un elocuente poema una víctima confesa.)
La merma de la capacidad intelectual es, junto a
las varices y el ensanchamiento de caderas y
demás curvas corporales, uno de los
inconvenientes que tradicionalmente relacionamos
con el destino reproductor femenino.
No cabe duda de que ésa es la percepción que
muchas personas sin hijos tienen de embarazadas
y puérperas. En un estudio en el que los
investigadores mostraban a los participantes una
serie de imágenes de distintas mujeres
trabajando en el mismo entorno con y sin una
prótesis que simulaba un embarazo, los
encuestados valoraron a las mujeres
supuestamente embarazadas como menos competentes
y peor preparadas para un ascenso. Y las mujeres
perpetuamos ese prejuicio cada vez que cometemos
una tontería y lo achacamos a la maternidad. ¡Un
amigo me llegó a decir que en el parto, con la
placenta, expulsaría parte de mi cerebro!
Pero esa visión, coral y catastrofista, no
siempre ha sido la norma. La idea de que ser
madre supone una pérdida de la agudeza mental es
relativamente reciente y sobreviene con la
incorporación masiva de las mujeres al mercado
laboral, a principios de la década de 1960. El
cambio colocó a la mujer en el punto de mira y
dotó a las madres de una nueva conciencia de sí
mismas. En la actualidad, cerca de tres cuartos
de las madres que tienen hijos de un año o más
trabajan fuera de casa y muchas de ellas ocupan
puestos que requieren una gran destreza mental,
por lo que las posibles fluctuaciones de la
capacidad mental son más problemáticas. Pero el
trabajo no es lo único que requiere de la mujer
una capacidad mental cada vez mayor; sacar
adelante a un hijo en medio de la avalancha
informativa en que vivimos y del exceso de
debates sobre todos los aspectos de la
maternidad requiere, sin duda, más inteligencia
que nunca.
Ahora bien, pocas madres se atreverían a negar
que el tener un hijo pone en solfa sus recursos
mentales. La montaña rusa hormonal, la falta de
sueño, los jefes con prejuicios, las tareas
cotidianas banales y una sobredosis de música
infantil como la que comercializa Raffi* son
parte del peaje a pagar. Porque lo cierto es
que, a pesar de los notables progresos
experimentados en los últimos años, el reparto
de tareas aún no es equitativo y las mujeres
terminan casi siempre viéndose en un aprieto.
Por si eso fuera poco, queda cierto poso de
feminismo que lo complica aún más todo. La misma
fiera retórica que dio a las mujeres el coraje
necesario para hacerse un sitio en un mercado
laboral poco dispuesto a acogerlas se encargó de
alimentar el espeluznante prejuicio de que la
maternidad afecta al cerebro, una idea que ha
pesado como una losa sobre las mujeres que por
aquel entonces cumplíamos la mayoría de edad.
En 1963, en The Femenine Mystique (La mística
femenina), Betty Friedan calificaba de
«cadáveres andantes» a las mujeres que se
dedicaban sólo a las tareas del hogar. «Se
vuelven dependientes, pasivas e infantiles;
reniegan de su condición de adultas para vivir
en un estadio inferior en el que sólo se
preocupan por la comida y por los bienes que
poseen. Las tareas que llevan a cabo no
requieren capacidad adulta alguna, no tienen
fin, son tediosas y quedan sin recompensa»,
escribió. Años después, el público
cinematográfico y los lectores de novela
encontrarían encarnado el ideal de mujer
descrito por Friedan en una madre llamada Tina,
una mujer indecisa, adicta a las pastillas,
protagonista de un best seller acertadamente
titulado Diario de un ama de casa enajenada.
Pero ese fatídico prejuicio no desapareció con
el cambio de siglo. La idea sigue aflorando con
pasmosa frecuencia tanto en el ámbito privado
como en el público.
En la novela Nursery Crimes (Crímenes en el
jardín de infancia), escrita en 2001 por Ayelet
Walkman, abogada del Estado retirada, la
protagonista Julie Applebaum, una abogada que
deja su trabajo para quedarse en casa cuidando
de su hija recién nacida, leemos alegatos como
este: «Quien afirme que tener un hijo no
arruinará por completo y de forma irrevocable tu
vida está mintiendo. Todo cambia. Destroza tu
relación de pareja. Mata tu imagen. Arrasa tu
productividad. Y te vuelves estúpida. Con la
mente obtusa, nublada. El embarazo y la
lactancia atontan. Es un hecho probado
científicamente».
Lo cierto es que está lejos de ser un hecho
probado científicamente. Pero a una madre, leer
tales afirmaciones la puede desanimar
hondamente. Al igual que el comentario
autodespreciativo que la columnista del
Newsweek, Anna Quindlen, hizo en 2004
refiriéndose a su etapa reproductiva: «Primero,
fue como si mis ovarios tomasen posesión de mi
cerebro. Y menos de un año después, un bebé se
hizo con lo que quedaba. Mi mente ya no
trabajaba de la forma adecuada y cuando, dos
años después, tuve el segundo hijo y, enseguida
el tercero, la cosa no hizo sino empeorar». Cabe
decir que en esos años, Quindlen ganó un premio
Pulitzer por sus columnas en The New York Times
y escribió y publicó varias novelas y libros de
autoayuda de éxito. Yo no diría que son logros
pequeños para una madre con tres hijos. Sin
embargo, por algún motivo, Quindlen se ve
impelida a asegurar a sus lectores que la
maternidad ha nublado su intelecto.
Tal vez sea sólo una forma de bajar la cabeza
ante la presión ejercida por sus compañeros de
profesión. Encuestas realizadas en las últimas
décadas indican una caída en la satisfacción que
los padres sienten por el hecho de educar a sus
hijos, una tendencia que se explica, en gran
medida, por el precio que sienten que pagan por
ello. Quejarnos de los estragos que los hijos
provocan en nuestras economías, estados de
ánimo, caderas y cerebros se ha vuelto una
costumbre de moda además de constituir el tema
de varios libros de reciente publicación.
Bromeamos y decimos que la demencia senil es
algo que los padres heredan de los hijos. Pero
lo que está claro es que la angustia que genera
la maternidad ha ido en aumento y, sin duda, es
la responsable de que muchas mujeres hayan
retrasado el engendrar hasta casi llegar a la
edad de la menopausia.
Yo lo tuve rozando ese límite. Di a luz tras lo
que mi ginecólogo denominó amablemente «embarazo
de edad avanzada». Había retrasado tanto el
momento de concebir que no sabía si achacar mis
lapsos mentales a la maternidad o a unos
primeros atisbos de senilidad. Tuve a Joey a los
treinta y ocho y a Joshua, tres años después.
Sabía que al esperar tanto, corría el riesgo de
no llegar a tener hijos jamás. Pero temía que la
maternidad redujese mi lucidez y me hiciese
perder un trabajo con el que había soñado desde
niña.Soy la menor de cuatro hermanos y me crié
en un suburbio.
Mi padre era médico y mi madre un ama de casa
que había sido reina de la belleza del instituto
y había dejado los estudios para casarse. Unas
veces la llamábamos «la geisha» y otras «la
mártir». Todos creíamos que tanto su suerte como
la del resto de la familia estaba en manos de mi
padre y de su inteligencia. Sin embargo, como
comprendí más tarde, esa idea nos la había
inculcado mi madre, lo que prueba lo lista que
era, en realidad. Ella trabajaba entre
bambalinas para cumplir sus objetivos. Cuando se
relacionaba en sociedad, su finalidad era el
situar a la familia y velar por el futuro de sus
hijos. Esperó a que yo fuese a la universidad
para retomar sus estudios y, en los diez años
siguientes, dio clases de primaria a niños con
problemas de aprendizaje.
Aunque del ejemplo de mi madre podríamos haber
deducido que la labor fundamental de una mujer
era servir a su familia, ella siempre se mostró
muy orgullosa de los éxitos de sus dos hijas y,
además, nos animó siempre a que defendiésemos
nuestras carreras. No supimos valorar lo que
hacía y dimos por sentado que nosotras, a
diferencia de ella, éramos demasiado
inteligentes para perder el tiempo cocinando y
limpiando. Todos los hermanos terminamos siendo
médicos, pero yo fui la primera en abandonar el
redil. A los dieciséis años, fui como voluntaria
médica de la asociación «Amigos de las Américas»
a Nicaragua, en la que por aquel entonces
mandaba Anastasio Somoza. Me horrorizó descubrir
que el gobierno de mi país respaldaba a un
dictador que robaba la ayuda humanitaria y
oprimía a sus opositores. Me dije que si hubiese
más americanos conscientes de lo que ocurría, a
mi gobierno no le quedaría más remedio que
retirarle todo apoyo.
Volví a casa decidida a convertirme en
corresponsal en el extranjero y, cinco años
después, empecé a trabajar para el San José
Mercury News. Los reportajes que enviaba desde
Centroamérica tuvieron un importante beneficio
colateral: en 1982, en una rueda de prensa
gubernamental en Managua, conocí al hombre con
el que más tarde contraje matrimonio. Jack era
un reportero independiente que estaba
recorriendo Nicaragua en busca de noticias. A
los ocho años de noviazgo, nos casamos y nos
instalamos en Río, donde empecé a ejercer de
corresponsal del Miami Herald. Tres años
después, me quedé embarazada de Joey, mi primer
hijo.
Mientras observaba los cambios que experimentaba
mi cuerpo, trataba de prepararme para otros más
permanentes. Había disfrutado prácticamente toda
la vida de la autonomía y libertad que
proporciona el ser una observadora. Pero algo me
decía que tendría que pagar un alto precio por
ser madre. Tenía razón. Pero en aquel entonces,
no suponía lo mucho que iba a ganar a cambio.
Nos quedamos cuatro años en Río. En 1999, un año
después del nacimiento de Joshua, el hermano de
Joey, nos mudamos a la bahía de San Francisco.
Jack trocó su trabajo de periodista
independiente por un puesto fijo y yo abandoné
el Herald y me puse a escribir un libro sobre la
conservación medioambiental. En el proceso,
dejamos atrás el estilo brasileño de familia con
nana y adoptamos el modelo norteamericano
contemporáneo habitual, es decir, no me quedó
más remedio que aprender a ocuparme de todo a la
vez.
Aquello sí que supuso un reto para mi mente
porque estaba ocupada día y noche, escuchaba
música tonta y me dedicaba a tareas tan
desoladoras y repetitivas como limpiar gotas de
pis de la taza del inodoro. Jean, mi hermana
psiquiatra, cuyos hijos iban ya, por aquel
entonces, a la universidad, tomó conciencia de
mi grado de fatiga cuando una noche me llamó y
me encontró haciendo la cena, terciando en una
batalla entre hermanos provocada por una carta
de Pokemon y atendiendo a un técnico de AT&T por
la otra línea. «No te preocupes…», me dijo, al
oír mi estridente saludo, «los daños no serán
permanentes».
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