Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María

17 junio 2006

 

 

 

2 DE DICIEMBRE

 

HUMILDAD: “Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;

por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

 

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

 

“María exclamó: Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre aquellos que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre” (Lc 1, 46-55).

 

Ya le había dicho al ángel que era la esclava de su Dios, que estaba dispuesta a hacer lo que Dios le pidiese en cualquier momento. María es muy humilde y por eso Dios la quiere tanto y le concede tantas gracias. Con esa actitud y esa obediencia borra la conducta de Eva, quien desobedeció comiendo del fruto prohibido. María se convierte así en la nueva Eva, la nueva Madre de todos los hombres.

 

A las felicitaciones de su prima responde con un canto, el Magnificat, en donde nos cuenta cómo Dios se ha volcado con Ella y, también, con todos los humildes, es decir, con todos aquellos que se someten a su voluntad; con los que le temen, con los que le aman, con los pobres. Con todos estos Dios hace cosas grandes, pues no se consideran autosuficientes sino deudores permanentes de su gracia.

 

Señor, haz que yo sea más humilde: que no trate siempre de salirme con la mía, que “dé el brazo a torcer”, que sepa tener paciencia para escuchar a los demás; que no me excuse cuando me reprenden, que no me compare con los demás, que perdone rápidamente y sin guardar rencor, incluso sin esperar a que la otra persona me lo pida.

 

Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Con estas palabras María se adelanta a los tiempos. Esta frase es una profecía. Tantas y tantas generaciones, desde hace muchos años, le han cantado y llamado “bienaventurada”. Bien lo sabía Ella: Dios es siempre muy buen pagador y lo poco o lo mucho que hagamos por Él en esta vida, lo poco o mucho que le demos, nos lo devolverá con creces.

 

Qué absurdo resulta entonces vanagloriarse por tener unas cualidades u otras, por ser más listo, o más simpático o más valiente que los demás. Cuando obramos así nos olvidamos de que todos nuestros dones son suyos. Jesús, desde ahora los pongo a tu servicio. Tú me los has dado, tuyos son. Yo… “no soy nada, no puedo nada, no tengo nada”… sin Ti.

 

El Magnificat de María nos revela uno de los grandes misterios del cristianismo: que para ganar hay que perder, que para vivir hay que morir, que para reinar hay que servir; porque, en la lógica de Dios, los últimos son los primeros, los pobres y desvalidos, los enfermos y los niños son… sus favoritos.

 

Para examinarte delante de Dios:

 

¿Perdono siempre con prontitud y de verdad, sin guardar rencor?

 

¿Acostumbro a dar gracias a Dios por todos los dones que me ha concedido, pocos o muchos, o sólo me dirijo a Él cuando necesito algo?

 

¿Me enfado frecuentemente? ¿Suelo dejar “lo mejor” para los demás?

 

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

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