Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María

17 junio 2006

 

 

 

30 DE NOVIEMBRE

 

VOCACIÓN: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra

 

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

 

“En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

 

María dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia” (Lc 1, 26-38).

 

Este nacimiento era el más importante de todos y por eso Dios mandó un Ángel: para anunciar a María que ella era la elegida. María primero se turba, pues no se esperaba esa visita y esos piropos, luego pregunta la duda que tenía y, al fin, se decide. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Con estas palabras se entrega por completo a lo que Dios le pide. No pone pegas ni lo retrasa. No responde: “verás es que, precisamente ahora…”; ni tampoco “ven más tarde, lo hablaré con José…”.

 

Luego, al reconocerse “esclava del Señor”, reconoce la parte de don, de regalo, que tiene toda vocación. Ella… ¡la Madre de Dios! Todavía no puede creérselo. No cabe en sí de gozo y de asombro. Ante tanto bien, ante tan gran privilegio, le sale de dentro considerarse esclava ante su Dios.

 

Como consecuencia de esa actitud interior no dice “eso que me has pedido lo haré” sino, más bien, “hágase en mí”. María nos descubre así una importante idea en nuestra lucha por la santidad: ésta no consiste tanto en lo que nosotros hagamos sino en lo que dejemos hacer a Dios en nosotros. Dios es quien va por delante: Él nos escogió y nos llenó con sus dones y nos amó antes de que naciésemos. Él es el verdadero protagonista de nuestra santidad, no nosotros. Él, más que tú, está empeñado -si le dejas- en hacerte santo.

 

Yo también querría responderte, Señor, con la misma actitud que tu Madre. A partir de ahora te prometo ser más dócil a las insinuaciones del Espíritu Santo, estar más atento a lo que Él, y también mi Ángel custodio, me soplen al oído durante esta Novena.

 

María acaba de descubrir su vocación. A ti te toca ahora descubrir lo que Dios tiene preparado para ti durante estos nueve días. Para ello puedes rezarle, muchas veces al día, a modo de jaculatoria, estas palabras: “Tuyo soy, para Ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?” u otras que se te ocurran. Si se las dices queriendo escucharle, acabarás oyéndole.

 

Para examinarte delante de Dios:

 

¿Respondo a lo que Dios me va pidiendo con la misma prontitud que la Virgen?

 

¿Veo la vocación como la vio Ella, como un grandísimo regalo? ¿La agradezco?

 

¿Me fío de Dios abandonándome plenamente en Él, como María, exponiéndole con sencillez todas mis dudas y pegas?

 

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

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