Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María

17 junio 2006

 

 

 

7 DE DICIEMBRE

 

ORACIÓN: “Bienaventurados más bien

 

los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.

 

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

 

Sucedió que mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él replicó: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 27-28).

 

Jesús estaba predicando cuando una mujer, maravillada por lo que oía, alzó la voz y le echó un piropo. Ella quería alabar a Jesús y, para eso, escogió a María, como diciendo que si Él podía enseñar cosas tan maravillosas era porque su Madre lo trajo al mundo. ¡Cuántos piropos puedo yo echar hoy, vísperas de su gran fiesta, a mi Madre! Piropos a la Virgen que son piropos a Jesús pues Ella es toda de Dios.

 

 El piropo iba dirigido a los lazos de sangre de Jesús, sin embargo Él aprovecha este detalle para elevarlo a un nivel superior, el de los lazos que crea el espíritu. María ya lo sabía, se lo había explicado su hijo cuando después de tres días de búsqueda lo encontró predicando en el Templo. Jesús vuelve a insistir sobre esa misma idea al recordarnos que bienaventurados son “más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. Es decir, no es que su Madre no sea bienaventurada por haber respondido que “sí” al ángel; sino que lo es, sobre todo, por haber escuchado la palabra de Dios (que el mismo ángel le transmitió). Por eso, lo que aparentemente podría parecer una supresión del piropo se ha convertido en un doble piropo a María ya que ha sido su fe y docilidad a la palabra de Dios lo que le han llevado a pronunciar ese “sí”.

 

Esta corrección de Jesús nos enseña que Él premia lo interior sobre lo exterior, la belleza del alma frente a la del cuerpo, lo que realmente uno es sobre la imagen que los demás tienen de uno. Su alabanza nos anima a purificarnos de todo: a borrar de nuestra vida todo lo que haya de superficialidad, de frivolidad o de apariencia.

 

En otra ocasión se produjo un suceso parecido. “Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. El, respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 19-21). No deja de ser sorprendente que Jesús ponga por encima de los lazos de su sangre el hecho de escuchar y cumplir su palabra, quienes esto hacen pueden verdaderamente considerarse miembros de su familia.

 

Jesús, yo quiero pertenecer a tu familia, para ello estoy dispuesto a perseverar en la oración. Sé que si tengo fe y persevero un día y otro en ese encuentro contigo, acabaré por distinguir tu voz. Para saber tu voluntad no espero que un ángel me visite; sé que la reconoceré donde Tú sueles hablar, en el silencio de mi corazón. Si no, ¿de donde salen esos buenos pensamientos que me vienen cuando leo el Evangelio? ¿De dónde provienen esos deseos de cambiar de vida o de ser más generoso? ¿Acaso son imaginación mía? Me gustaría, además, que me ayudases a cumplir tu palabra; es decir, a sacar adelante los propósitos que en nuestras conversaciones, juntos vamos concretando.

 

Para examinarte delante de Dios:

 

¿Dedico todos los días unos minutos a leer el Evangelio? ¿Lo escucho con atención en la Misa?

 

¿Persevero en la oración un día y otro, con ganas y sin ganas, con exámenes y sin exámenes?

 

¿Suelo sacar algún propósito concreto, grande o pequeño, de mis ratos de oración?

 

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

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