Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María

17 junio 2006

 

 

 

8 DE DICIEMBRE

 

MI MADRE: “He ahí a tu madre”.

 

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

 

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 25-27).

 

María está al pie de la Cruz. No dice nada. Sólo acompaña a su Hijo en el sufrimiento. Querría haberle ahorrado todo eso, sufrir Ella en su lugar. ¡Tanto lo ama! No dice nada porque no puede, tiene el alma desgarrada. Se han cumplido las palabras de Simeón.

 

Juan está junto a Ella. Luego, la última “sorpresa” de Jesús: el cambio. “Dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre”. Jesús no quiere dejar sola a su Madre y le da un nuevo hijo, Juan. Jesús por Juan y, en Juan, estamos representados tú y yo. Jesús se cambia por la humanidad y, con tal pacto, convierte a su Madre en Madre de todos los hombres. Ese es su testamento. No le quedaba nada más por entregar. Poco después, cuando ya muerto le traspasen el costado, de él veremos brotar sangre y agua. Sale agua porque ya no le queda sangre que darnos; tan grande es el amor que nos tiene, que te tiene.

 

Ella no se queja con el cambio aunque, evidentemente, ha salido perdiendo. Desde ese momento, al adoptarnos como hijos, se compromete a ayudarnos para que el Espíritu Santo reproduzca en cada uno de nosotros la imagen fiel de su Hijo. Parece que nos susurra, muchas veces al día: pídeme, acude más a mi intercesión, ¿acaso no soy tu Madre? Acuérdate de lo que ocurrió en Caná. No tengas reparos en decirme lo que necesites. Ten confianza; háblame.

 

Por nuestra parte también nos comprometemos. San Juan la recibió en su casa y nosotros en la nuestra, en nuestra vida. Nos empeñamos por tanto en tratarla más; a meterla en todo lo que hagamos. Madre, quiero ser mejor hijo tuyo; me gustaría estar a la altura de tan gran don. Sé que has salido perdiendo con el cambio pero querría compensarte haciendo por mi parte todo lo que pueda para alegrarte.

 

Hoy acaba la Novena. Hemos pasado nueve días honrando a la Virgen por ser Inmaculada. Cuando los artistas de todos los tiempos la han querido retratar bajo esa advocación, Inmaculada, lo han hecho plasmando los rasgos de su Asunción. Curiosamente, han reflejado el principio de su vida -Inmaculada desde su concepción- con su final -la subida a los cielos-. Esta paradoja del arte cristiano muestra la fe del pueblo de Dios en que el privilegio divino de su Inmaculada Concepción fue correspondido por Ella de una manera fidelísima.

 

Madre mía, haz que yo también sea fiel hasta el final. Tú, que eres mi Abogada e Intercesora, llévame un día contigo al cielo. Sé que no me faltarán pruebas en esta vida; pero ojalá sepa permanecer al pie de la Cruz, fiel, perseverante, como Tú. Sé que, cuando llegue el momento, a mí tampoco me dejarás. Gracias, Madre: «eres toda hermosa y no hay en tí mancha» de pecado.

 

Para examinarte delante de Dios:

 

¿Acudo frecuentemente a la intercesión de la Virgen pidiéndole con la confianza con que pediría a mi madre de la tierra?

 

¿Soy consciente de que Ella puede mucho delante de Dios y de que está deseando echarme una mano?

 

¿Correspondo a su cariño y desvelos incorporando a mi vida algunas detalles que sé que le gustan, como el rezo del Rosario, del Angelus o de tres Avemarías todas las noches?

 

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

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