Argumento: ¡Pobre Isaías! Estaba orando tranquilamente cuando de pronto todo tembló, y el Templo se llenó de humo. Era Dios Todopoderoso, lleno de majestad, que le llamaba para ser su profeta. Isaías exclamó: «¡ay de mí, que soy un hombre de labios impuros». En esto apareció un ángel, tomó con unas tenazas una una brasa ardiente, se la puso en la boca y dijo: « mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa ». Entonces Isaías exclamó: « Aquí estoy, mándame ».
Las palabras del Señor, es decir, las oraciones y lecturas de la Misa, son palabras-ascua, que queman y purifican. No queman por fuera, como la lumbre de las velas, pero encienden el corazón, cuando las escuchamos atentamente. Y quien las escucha habitualmente y con amor, acaba descubriendo su vocación, la misión que Dios le tiene reservada.
Pasaje bíblico: Is 6, 1-2a. 3-8
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