Pensar en complementario

29 diciembre 2007

 

 

Los diez desafíos de la madre trabajadora

Cómo compaginar vida laboral y familiar

 

 

 

Artículo publicado por el periódico chileno El Mercurio y recogido en la web Mujer Nueva y en la revista Alfa y Omega. Aporta diez claves imprescindibles para compaginar la vida laboral con la familiar.

 

Se añaden a este texto otros dos artículos, también de Mujer Nueva, en los que se valoran otros aspectos relacionados con el tema:

 

■  El síndrome de la mujer maravilla

■  ¿Sí se puede?

 

 

 

Construir un espacio para el desarrollo en pareja.

 

«¿Qué es ser una madre moderna?», se pregunta la psiquiatra Mónica Bruzzone. Ella la define como una mujer con una vida propia, en que la maternidad ha pasado a ser una más de sus múltiples facetas: de ser sólo madre y dueña de casa, ahora también es trabajadora y participante activa de una constante interacción con otros.

 

La primera etapa de la maternidad, sin embargo, demanda una madre a tiempo completo, y deja en un segundo plano el desarrollo laboral y también el afectivo. Aquí es donde aparece el primer desafío, según la especialista: retomar la importancia de la pareja en sacar adelante un proyecto de vida que han comenzado juntos. Debe aprender a cuidarla, «pero no en el sentido de tomarle la mano y no dejar que mire para el lado. Es pensar en la relación, ponerle cabeza. Preguntarse: ¿cuándo fue la última vez que estuvimos solos?, ¿qué cosas gratas hacemos? Lo mejor que le puede pasar a un niño es que sus padres sean una pareja estable».

 

Cómo construir este espacio, si los dos trabajan a jornada completa y su tiempo de convivencia se remite a las noches y los fines de semana, es una tarea difícil. «La mujer tiene que ser creativa. Yo les propongo una idea: cuando un hijo vaya a una fiesta, en vez de mandar a alguien a buscarlo a la salida, ¿por qué no hacen tiempo yendo al cine, o van a tomarse algo, y después pasan juntos a buscar al niño? Ése es un buen espacio para compartir. No tienen que ser planes grandiosos ni caros».

 

No realizar este ejercicio trae consecuencias a corto plazo: «Los hombres lo sienten, lo viven como un abandono. Y eso tiene que ver con dos piedras en los zapatos de las mujeres: la falta de tiempo y la deuda de estar todo el día fuera de la casa, una culpa que ellas sienten que pagan mucho más los hijos que la pareja. Pero la vida en pareja es tan importante como la de los hijos, porque todo en la vida es más fácil de a dos. Las mujeres que crían solas a sus hijos llevan una tremenda carga sobre sus hombros, que va mucho más allá de tener que mantenerlos», asegura Mónica Bruzzone.

 

Lograr comprometer a la familia en ser moderna

 

«No se puede ser mamá moderna en una familia no moderna», sentencia la psicóloga Isidora Mena. Ninguna mujer puede aspirar a cumplir bien su rol si su marido y sus hijos la demandan como si el 100% de su vida girara en torno a la casa y las labores domésticas. Por eso, el desafío de esta mujer «es hablar con su marido sobre cuál será la estructura familiar, ver quién hace qué cosa, que todos asuman responsabilidades. Es absolutamente equivocado tratar de ser una mamá moderna cuando el marido le pide que le sirva la comida y le traiga las pantuflas, porque entonces se va a producir una batalla campal. En vez de mamá moderna, ésa va ser una mamá estresada».

 

En este estancamiento, Isidora Mena achaca cierta responsabilidad a las propias mujeres, a quienes aún les falta trabajar con sus familias y con ellas mismas para cambiar el paradigma. «Esto no es llegar y cambiar el sistema. Las mujeres aún tenemos inmadurez en este punto: no hemos aprendido a delegar lo suficiente, tendemos a usar el mismo esquema con el marido e hijos que cuando no trabajábamos. Entonces trabajamos por dos, andamos estresadas, no usamos bien el tiempo y terminamos victimizándonos. La mujer tiene mucho poder en la casa, y si empieza a trabajar tiene que delegar ese poder, no sólo tenerlo ella».

 

Aprovechar bien el tiempo

 

Muchas mujeres sienten que el poco tiempo que les queda no pueden invertirlo en sus hijos, más aún si no tienen ayuda en las labores domésticas. Aflora en ellas el sentimiento de que no están ahí cuando las necesitan; que el reducido momento que comparten lo usan para regañarlos más que para afianzar la relación.

 

¿Cuánto tiempo debería dedicarse a los hijos? «Se sabe que entregarles mucho no es bueno, porque los satura y les coarta la autonomía», sostiene la psicóloga Isidora Mena. «Pero también la calidad de ese tiempo tiene que ver con la cantidad, y ésta, aunque varía según la edad del niño, nunca es el mínimo. Pero con las condiciones laborales de este país, eso es lo que al final se entrega».

 

Para lograr maximizarlo, hay que ocupar el tiempo en conocer profundamente al hijo. «No es que uno se ponga a escuchar la música que ellos escuchan, pero hay que saber de qué se trata. El acercamiento madre-hijo es un vínculo que se crea desde que se sale del posnatal y se vuelve a trabajar. Por eso, hay que preocuparse más de ellos el fin de semana, y menos de que todo esté limpio y perfecto», enfatiza Mónica Bruzzone.

 

Pero tampoco hay que caer en el error de convertir estos espacios en un momento de evasión de conflictos y endiosamiento del niño, herramienta que muchas madres ocupan para calmar la culpa que sienten. «Es inevitable que se produzcan roces: que Apaga la tele, que Lávate los dientes, que Estás castigado por no hacer las tareas... Eso no es una pérdida de tiempo, es precisamente parte de la educación, porque la frustración es necesaria para el desarrollo de los hijos: fortalece el yo, se aprende a postergar el deseo y a tolerar la incertidumbre».

 

Establecer costumbres dentro del hogar

 

Una forma de afianzar la relación filial y darse el tiempo para conocer a los hijos es establecer costumbres entre ambas partes. Una de las más importantes y recomendadas –sugiere la psiquiatra Mónica Bruzzone– es que todos cenen juntos, «aunque uno esté muy cansado o haya tenido un día fatal. Eso no importa. Se cena todos los días juntos y punto. Hay que tener una hora de cena en que todos se sienten, donde todos se enteren de lo que le pasó al otro durante el día. Debe ser una hora apropiada para que los niños se puedan acostar a una hora razonable». Reconoce también que es uno de los desafíos más difíciles de cumplir por parte de las mujeres. «Es mucho más fácil que la tata le dé de comer a los niños, los deje bañados y uno los vea acostados. Pero el coste emocional para ellos es tremendo».

 

Isidora Mena también recomienda tener rutinas de contacto durante el día, como llamarlos desde la oficina a una hora determinada para preguntarles cómo están, si necesitan algo, enviarles un beso, pero no para intentar solucionar los problemas a distancia. «No hay que llamar para que la tata o la abuela acuse al niño y ella tenga que regañarlo por teléfono. Eso se habla en la casa», puntualiza. En los niños más chicos, además, este contacto a distancia es indispensable. «Hay que hacerse presente, llamar hasta al más chico, aunque aún no sepa hablar, para que escuche la voz de la mamá. Con ellos no hay que perder el contacto, porque lo que no ven, no oyen o no tocan, para ellos no existe», advierte Mónica Bruzzone.

 

No delegar lo indelegable

 

«Parece obvio, pero no lo es. No se puede delegar la construcción de la relación madre e hijo, que pasa por hablar, por conocerlo, por saber qué es lo que le pasa, por enseñarle cosas, por contarle cosas de uno», dice Isidora Mena. Por eso, hay actos que la madre debe tratar de no postergarlos ni encomendárselos a otras personas.

 

El principal, según la especialista, es amamantar, y tratar de seguir haciéndolo aún después del período del postnatal. Pero también hay otras instancias, especialmente cuando los niños son pequeños, que hay que saber aprovechar para estrechar el vínculo. «El período de lactancia es muy importante para el apego de la madre y el hijo. Aunque la madre no pueda darle pecho, es importante que le dé el biberón, que lo acurruque, que le quite los gases, que lo haga dormir. Que eso no lo haga otra persona, porque es durante la primera infancia cuando se produce el principal vínculo de apego, de autoestima y de querer y respetar al otro. Cambiar al bebé se puede delegar, pero también conlleva otros gestos de cariño, como acariciarlo o limpiarlo, que son importantes que lo haga la madre y no otra persona».

 

No aspirar a la perfección

 

«Una madre que aspira a la perfección está perdida», dice Mónica Bruzzone, y acuña el término del psicoanalista y pediatra Donnald Winnicot para graficar cuál es el desafío de las madres modernas: «Aspirar a ser suficientemente buena, una mamá que no aspira a ser perfecta, que acepta sus limitaciones y se piensa a sí misma con su hijo. Es una madre que está disponible para él, pero no de forma incondicional, sino que es capaz de poner límites y decir: Ahora me toca a mí. Es una madre que tolera que el hijo se enfade con ella, que no le complace con todo. Por ejemplo, no les hace las tareas a sus hijos, sino que les enseña a organizarse y a que desarrollen su autonomía, y les ayuda en esa búsqueda. Pero si tienen una duda, tampoco les dicen: Pero si usted es inteligente, estudie, sino que les abren la mente».

 

La madre ideal existe sólo en los cuentos, y así lo entienden también los hijos. «Ellos buscan esencialmente sentir que su mamá se preocupa por ellos y los quiere. No importa que lo haga mal en aspectos formales. Sí que sea capaz de contener sus ansiedades», apunta Isidora Mena.

 

No abandonar a los hijos por el trabajo

 

Ambas especialistas coinciden en que una madre debe evaluar muy bien su salida del hogar, si lo hace por necesidad, por desarrollo personal o por una presión social detrás. También debe ser capaz de poner límites a su jornada laboral, de tal forma que ésta no termine absorbiéndola en perjuicio de su pareja e hijos. Isidora Mena ejemplifica: «Si una mujer trabaja sin límites para tener dos televisores en vez de uno, el riesgo de dejar abandonados a sus hijos es grande. Y si la madre les falla, el resultado puede ser terrible: los niños comienzan a reaccionar con rebeldía, se portan mal en casa, de tal forma que la madre no sabe cómo podrá seguir trabajando. También les va muy mal en el colegio. Todos esos son mensajes para decirle a la madre que vuelva a la casa».

 

Dejar atrás las culpas

 

Una gran parte de las mujeres, en mayor o menor grado, siente culpa por salir a trabajar, por no poder compartir a tiempo completo con sus hijos, por llegar cansada en la noche muchas veces, sin la paciencia ni el ánimo para atenderlos. El desafío, según las especialistas, no es acabar con la culpa, sino transformarla de persecutoria a reparatoria.

 

Explica Mónica Bruzzone: «La culpa persecutoria hace que la madre encuentre todo malo, que diga: Mi situación es terrible, dejé a los niños tirados, les pueden pasar cosas espantosas. Esa madre llega a la casa y los niños se convierten en su principal amenaza, porque le recuerdan la culpa. En cambio, si uno siente culpa reparatoria, igual se siente culpable, porque le habría gustado estar con los niños, pero no lo toma tan terrible, porque sabe que no los ha dejado botados, se preocupa desde que se tomen su leche todos los días hasta de formarles hábitos».

 

«Si sientes en el fondo de tu corazón que no tienes que trabajar, no lo hagas –agrega Isidora Mena–. Si uno se siente culpable es terrible, porque hace mil cosas para compensar: sobreprotege, regala cosas, y eso lleva a deteriorar la relación madre-hijo».

 

Desarrollar una vida propia

 

Uno de los desafíos clave para dejar de lado la culpa es, precisamente, algo que en muchas mujeres aumenta este sentimiento: darse un tiempo para sí misma. Un espacio que, según Mónica Bruzzone, es fundamental para la salud mental de la madre, y a la larga también de los hijos.

 

Que la madre pueda darse un momento de distensión le permite cambiar el switch y bajar la tensión que le produce su rol en el trabajo y con sus hijos, frente a los cuales siente que no puede mostrarse débil. «La mujer debe darse ese tiempo para desarrollar su lado lúdico, juntarse con las amigas a tomarse un café. No todos los días, pero sí por lo menos una vez al mes, y avisarle al marido para que llegue más temprano, o, si no existe marido, hablar con una hermana, una abuela, para que cuide a los niños. Lo importante es que no se prive de algo que también necesita».

 

Para la mujer es de vital importancia sentirse acogida dentro de un grupo de padres. «Para los niños ella tiene que ser grande, responsable, consecuente, eficiente, cariñosa, pero ¿cuándo es ella como una niña?, ¿en qué lugar se puede reír o contar todo lo que le pasa? Todo lo que es bueno para ella también es bueno para los hijos».

 

Reencantarse con la familia y consigo misma

 

No es que la mujer moderna se haya desencantado con la maternidad; sí lo ha hecho con las condiciones en que debe desarrollarla, en un contexto en que muchas veces no recibe apoyo del resto de los miembros de la familia, ni menos de la sociedad, donde las leyes laborales no favorecen ni estimulan un espacio para que la mujer pueda dedicarse al cuidado de los hijos.

 

Tanto Isidora Mena como Mónica Bruzzone coinciden en que, si hay alguien con quien se desencantan las madres, es con ellas mismas, porque sienten que no pueden cumplir con las expectativas que se han forjado. Como resultado –acota Isidora–, «les baja la autoestima, trabajan mal, deprimidas y enfadadas con ellas mismas. Sienten lata de ir al trabajo y muchas contradicciones internas».

 

Todo esto es producto de su ansiedad por la perfección. Por eso, más que aspirar a la familia perfecta, hay que reencantarse con lo que se ha logrado y con lo que aún se puede hacer en cada día. Mónica Bruzzone es muy clara cuando sentencia que el desencantamiento tiene como causa la intolerancia: «La maternidad por sí no desencanta; basta ver a las madres adolescentes –la situación, creo yo, donde la maternidad se da en condiciones más adversas–, que, si son contenidas y apoyadas por otras mujeres mayores, pueden llegar a ser muy felices. No es ser mamá ni la exigencia de la maternidad lo que cansa; es la exigencia de la perfección lo que hace que la mujer se desencante. Así, también puede ser un cacho la pareja, el trabajo... Todo es duro si pretendo que resulte perfecto».

 

 

 

 

El síndrome de la mujer maravilla

 

Extracto de la conferencia La madre trabajadora: ¿doble carga, o realización personal?, en el Congreso La mujer: entre la familia y el trabajo,

 

Roma, 8 de marzo de 2002

 

Sin conocer opiniones de otras mujeres, escribí hace ya unos años sobre el síndrome de la mujer maravilla, que me aquejaba –y aqueja aún– a mí y a tantas otras. No quiere decir que lo logremos; simplemente quiere decir que lo sufrimos. Otros autores han dado a este fenómeno nombres similares, pero la figura es la misma: una mujer que va de fuerte, casi omnipotente, que trata de hacer todo bien y no siempre lo logra. La mujer ha transitado muchos caminos, ha superado muchos escollos, le quedan todavía muchos más, y con el fin de superar el prejuicio acerca de las capacidades femeninas surge un nuevo mito, el de la omnipotente mujer maravilla.

 

En realidad, si bien mucho se ha hablado de la riqueza de una vida variada y la importancia de la calidad sobre la cantidad de tiempo que se dedica a los hijos, es muy difícil compatibilizar los diferentes roles de la mujer profesional que quiere realizar una verdadera carrera. Y, parafraseando a Almodóvar, muchas están al borde de un ataque de nervios, o a punto de morir en el intento.

 

Una madre que trabaja dejará más libres a sus hijos y ellos crecerán más y mejor, pero es muy difícil lograr el equilibrio entre un desarrollo personal y profesional adecuado y un buen desempeño como madre.

 

He aquí algunos síntomas del síndrome de la mujer maravilla. Ella es:

 

- Perfeccionista, por lo que será la empleada perfecta, sin dejar por ello de ser una mujer hermosa, una buena hija, una buena esposa, una buena madre y una buena amiga de sus amigos.

 

- Es tan impaciente e irritable como el varón perfeccionista, pero, por desgracia, tiene menos tiempo y más tareas por las cuales irritarse.

 

- Compite con sus compañeros de trabajo, y también con otras madres y esposas.

 

l Proyecta dar una cena en su casa al día siguiente de la presentación de su informe trimestral a la junta directiva, pues no quiere restar prioridad a ninguno de los roles.

 

Todo esto, da como resultado un enorme estrés en la mujer maravilla, que tiene su vida montada sobre un esquema de gran esfuerzo y sobrecarga.

 

Estrategias

 

Son madres que, tal vez mucho más que otras y, como quizás diría un psicoanalista, por un mecanismo de culpa, tienen una mayor dedicación en calidad de tiempo a sus hijos y a su hogar. Debemos sumarle a ello el estilo que la mujer iberoamericana tiene en la relación con sus hijos y con sus varones en general, del cual, nuestra mujer maravilla no puede abstraerse, por ser un mandato cultural con el cual ha nacido y se ha criado. Así, luego de una agotadora jornada de trabajo y con una sonrisa, ayudará después de la cena a un hijo con la carpeta de plástico y dejará preparada para otro la guía escrita para que estudie matemáticas al día siguiente, antes de que ella llegue de otra –por qué no– agotadora jornada de trabajo. ¿Cómo lo hizo? Generalmente, restándole horas al sueño y a ella misma. Esto implica –necesariamente– una mayor cuota de estrés. ¿Alguien pudo hacerlo por ella? Seguramente sí, pero, según ella, nadie puede reemplazarla eficazmente.

 

La suma de los diferentes papeles descritos trae aparejado este nuevo fenómeno en la mujer, que hasta no hace mucho sólo se creía masculino. La mujer tratando de cumplir a la perfección todos los roles y que intenta ser la mujer maravilla sufre más estrés que el varón. Para los especialistas, la mujer, en su intento de repartirse entre su actividad profesional y sus funciones tradicionales, está sujeta a tres veces más estrés que el varón.

 

El estrés en la mujer puede tener como síntomas: fatiga, dolores erráticos en el cuerpo, trastornos de sueño, de alimentación, dificultad para concentrarse, sensación de agotamiento, tristeza, estado permanente de aceleración, ansiedad, desvalorización e infertilidad, entre otros.

 

Las estrategias para combatirlo suelen ser en equipo: compartir responsabilidades con el esposo y los hijos, con un beneficio secundario para todo el grupo familiar, que descubre que pueden compartir cosas que antes eran sólo patrimonio femenino. Esto implica compartir, delegar responsabilidades y desconectarse de las obligaciones, alejándose de modelos establecidos muy exigentes.

 

Una madre que trabaja no debe intentar copiar el propio modelo materno de cuando su madre no trabajaba fuera del hogar. Esto, que parece una observación obvia, no lo es cuando intentamos analizar en profundidad nuestros comportamientos. Muchas de nosotras intentamos hacer todo lo que ellas hacían, además de cumplir con las nuevas funciones.

 

¿Por qué síndrome? Porque, en general, la mujer que trabaja se propone hacer todo bien, y muchas veces mejor, que si tuviera a su cargo un solo papel. Y la única forma de resolver ese dilema es siendo la mujer maravilla.

 

Estos comentarios no abren un juicio sobre los varones, sino que sólo indican cómo funciona la distribución de roles en nuestra sociedad. La tendencia es a que, en las parejas más jóvenes y en las de clase trabajadora, el varón apoye mucho a la mujer en la crianza de los niños y en las tareas domésticas en general. En algunos casos, la tarea es compartida por igual. En el caso de las profesionales o ejecutivas esto es más difícil, simplemente porque el esposo está, también, muy ocupado. Pero no desesperemos, los jóvenes tienen otra idea sobre el rol de la mujer, es cierto que no todos, pero al menos algunos. Esto ya es mejor que cuando nosotros éramos de veinte, donde un varón compañero era una verdadera rareza.

 

Martha Alicia Alles

Mujer Nueva

 

 

 

¿Sí se puede?

 

Leyendo los diarios esta semana, me encontré un testimonio de una madre española que terminó siendo la motivación de este artículo. Decía: «Soy una mamá no productiva; bueno, en realidad debo ser no productiva por ser mamá. Mi marido me ha comentado lo de la famosa ayuda de los 100 euros a las mamás trabajadoras, y que sus compañeras con niños pequeños ya la habían solicitado; las mujeres sin hijos decían que por 100 euros no se iban a animar a tenerlos. Hace pocos días recibí de la Tesorería de la Seguridad Social una hoja con mi vida laboral, 6.680 días, más de 18 años, ¡ah, entonces sí que era productiva! En las últimas entrevistas de trabajo, al decir las edades de las dos niñas pequeñas, 18 meses y 3 meses, o al verme embarazada de esta última, casi se quedaban horrorizados, incluso se han permitido decirme que ya pararía, o que vaya patinazo. Una vez, dos días antes de firmar el contrato, fui a ver al jefe de personal para comunicarle que estaba embarazada; se quedó extrañadísimo de cómo podía haberme despistado y no controlado el tema. ¡Llevábamos un mes negociando el trabajo!, y en sólo un minuto pasé de ser la persona ideal para dirigir su oficina, a una persona no apta, sólo por estar embarazada. Ni qué decir tiene que ya no hubo trabajo».

 

Paradójicamente, según el Instituto Families and Work, de Nueva York, las compañías más exitosas en Estados Unidos son las que tienen la proporción más alta de mujeres empleadas y ocupando gerencias.

 

Para Carly Fiorina, la flamante ex directora de la Hewlett Parker, eso no es ninguna novedad. Ocupó, desde 1999 hasta hace unos meses, la dirección de la empresa y el primer lugar de una lista de los 50 directivos más poderosos del mundo de los negocios; la carrera de Fiorina parece ser la prueba de que, cuando tienen la oportunidad y el talento, las mujeres pueden llegar hasta donde quieran.

 

Pero si historias como la de la mujer de negocios más poderosa del mundo parecen ser excepción en un mercado laboral adverso para la mujer, como lo hace notar el testimonio citado, hay buenas noticias. Un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) informa de que, en Iberoamérica, la desproporción de sueldos entre hombres y mujeres bajó de 32% a 22% en la última década. Y que en Estados Unidos y Europa la diferencia es inferior a 10 puntos porcentuales. Según especialistas, en 20 años no habrá ya diferencias. Algo notable, si consideramos que las barreras culturales contrarias a la entrada de la mujer en el mundo del trabajo comenzaron a caer hace relativamente poco tiempo. En un primer momento, las mujeres participaban en el mercado solamente como secretarias, telefonistas y enfermeras, para nombrar tres campos netamente femeninos. Hoy, ocupan ya puestos que antes eran considerados imposibles de ser ejercidos por mujeres, como la ingeniería y la alta tecnología. Ya se dice que no hay un complot machista en el mercado, que cuando ocupan la misma función y cuentan con un mismo currículum, las mujeres reciben el mismo sueldo que los hombres. Que lo que pasa es que, como están desde hace menos tiempo en el mercado de trabajo, es natural que las mujeres tengan un currículum menos cualificado y menos experiencia que su colegas varones.

 

Más claro que el agua

 

¿Es así de sencillo? No parece. En realidad, las mujeres siguen llevando la desventaja en los procesos de selección, no solamente por contar con menos experiencia laboral y un curriculum más pobre. Muchas empresas creen que la atención que tienen que dar a la casa, al marido y a los hijos podría ser un impedimento para desarrollar bien su trabajo. Nada más equivocado.

 

«El actual mercado de trabajo exige profesionales creativos y polivalentes, lo que es una de las principales características femeninas», afirma Simon Franco, uno de los más famosos consultores de negocios, Presidente de la TMP Wordwide para Iberoamérica. Y nos explica bien lo que significa el concepto de polivalente para él: «Desde muy temprano, las mujeres aprenden el arte de la versatilidad, acumulando funciones y ejerciendo al mismo tiempo los roles de hija, madre y esposa».

 

La economista Christina Larroudé confirma el hallazgo: investigó la vida de 51 mujeres de éxito en el mundo ejecutivo y concluyó que, para ascender profesionalmente, no hace falta imitar a los hombres: que lo que el mercado acoge y premia son justamente características bastante femeninas, como la capacidad de relacionarse con los demás, de sacar adelante al otro, de trabajar en equipo. Además, agrega otras cualidades de las mujeres ejecutivas: son más perseverantes, más perfeccionistas y más constantes. Incluso la inseguridad, que en principio podría ser uno de los puntos débiles de la mujer, le cosecha victorias en el trabajo, porque le hace ser menos impulsiva y contar con más información antes de tomar alguna decisión.

 

Pero, si es así, ¿por qué la maternidad sigue siendo considerada un obstáculo para la carrera profesional? Es interesante notar que una encuesta de la misma OIT descubre que, mientras el 95% de los ejecutivos son casados y tienen o pretenden tener hijos; la mitad de las mujeres que ocupan cargos de dirección no tienen hijos. Más claro que el agua.

 

El choque entre la maternidad y la carrera, además de ser real en el mercado de trabajo, parece que empieza a jugarse primero en la cabeza de la mujer. Hay estudios que afirman que la mujer se hace dos promesas que cree ser capaz de cumplir. La primera en la casa, queriendo que no se note que trabaja fuera. Y la segunda en el trabajo, haciendo creer al jefe que no habrá ningún cambio ahora que tiene hijos. Y, claro, no puede cumplir ninguna de las dos. Necesitará mucha ayuda en casa para que el tiempo que pasa fuera sea compensado de alguna manera. Y en el trabajo, tendrá que contar obviamente con unas condiciones que le faciliten la vida como madre y trabajadora.

 

Además, madre se es para toda la vida, no solamente durante el embarazo y el parto. Y la mujer, la empresa y los Gobiernos tienen que acordarse de ello si quieren que haya equilibrio entre el mundo laboral y la vida familiar.

 

El plan ideal de estudiar, hacer carrera, después casarse y aprovechar al máximo la vida a dos y al fin tener hijos, parecería perfecto si no fuese por un detalle: a esas alturas, la mujer pudo haber dejado atrás su mejor momento biológico para un embarazo. Y el hijo que colmaría su proyecto de vida no llegaría con tanta facilidad. Todavía queda una pregunta para la mujer: ¿vale la pena postergar la maternidad por una carrera profesional cuando las dos no son compatibles?

 

Marcia Ameriot

Mujer Nueva

 

 

 

 

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