Estética de la vida cotidiana

16 marzo 2008

 

 

 ¿Qué es el corazón?

 

 

Hay un concepto débil y otro fuerte de corazón. El verdadero corazón no es tanto la afectividad como la intimidad, siendo la intimidad el sentido de la afectividad: su verdad, su lógica, su fin. Pablo Prieto.

 

Dos  conceptos de corazón

 

Aunque el corazón es un símbolo de extraordinaria riqueza, los diversos conceptos que hay de él podrían resumirse básicamente en dos: uno que llamaremos “débil” o moderno, y otro “fuerte” o clásico:

 

a) Concepto débil

 

Consiste en tomar al corazón como  símbolo de la “afectividad” en general, entendida ésta como “conjunto de estados anímicos”, sin más precisiones. Es una noción cómoda y poco crítica, pues engloba por igual experiencias muy heterogéneas sin necesidad de distinguirlas. Por sus connotaciones psicológicas, además, tendría la ventaja de librar a la palabra “corazón” de romanticismos y fantasías, que la Modernidad desdeña como cosa de mujeres y niños. Este “corazón psicológico” está en consonancia con el racionalismo liberal, rasgo dominante de nuestra cultura, y también es típico de aquellas doctrinas éticas excesivamente ligadas a la Medicina. Así, cuando se habla del corazón como “sede de los sentimientos” se suele hacer abstracción de la realidad que éstos revelan, del fin a que apuntan o del fondo de que nacen; los sentimientos serían aprovechables pero no descifrables; cabría usarlos pero no leerlos; domesticarlos, pero no entenderlos. Este corazón-afectividad supone a los sentimientos mudos y opacos de por sí, “masa psíquica humanamente neutra”, cuyo valor ético les sobrevendría desde fuera por parte de la razón, como mano que modela la arcilla. Vistos así, lo importante sería su ductilidad más que su autenticidad, es decir, su aptitud para ser modelados más que su grado de transparencia: habría que usarlos como herramienta más que como ventana, pues a través de ellos no cabría ver más que espejismos o frivolidades.

 

En este planteamiento subyace una antropología dualista, cuyas raíces modernas son básicamente el racionalismo cartesiano y el puritanismo protestante, aunque también se debe al intelectualismo de fondo propio de toda la cultura occidental desde sus albores. Me refiero a la proverbial oposición entre cabeza y corazón, que en la práctica suele traducirse en discriminación hacia la mujer. En este sentido escribe Rafael Alvira: “La dialéctica entre la cabeza y el corazón está documentada en la historia del pensamiento al menos desde el siglo V antes de Jesucristo... La filosofía ha sido siempre construida y desarrollada en forma predominantemente ‘masculina’, puesto que, en la mencionada disputa, la simbología ha colocado también al hombre en la cabeza y a la mujer en el corazón” (Filosofía de la vida cotidiana, p. 100).

 

Este corazón entendido como afectividad se revela problemático apenas lo relacionamos con las dos potencias del alma, entendimiento y voluntad. Respecto a ellas nos vemos abocados a una disyuntiva: o bien relegamos la afectividad a la esfera de lo físico, como quiere el racionalismo, o bien la erigimos como una “tercera potencia” espiritual, que entiende y quiere a su manera. Esta última es la postura de insignes autores como Hildebrand, Stein, Guardini y Haecker, que siguen la línea de Pascal (“el corazón tiene razones que la razón no conoce”). Parece más acertado, sin embargo, y más acorde con la tradición literaria, patrística y bíblica, entender el corazón no como una “tercera potencia” sino como un modo peculiar de entender y querer, más aún, el modo plenamente humano, en la misma medida en que es integrador, concreto, personalista y existencial. Estas son precisamente las notas que caracterizan al que hemos llamado “concepto fuerte” de corazón.

 

 

b) Concepto fuerte

 

El concepto débil descrito que acabamos de describir es extraño a la gran tradición literaria de todos los tiempos, que es tanto como decir a la experiencia amorosa del hombre concreto. Para esta tradición y en particular para la Biblia, el corazón no es tanto afectividad como intimidad, siendo la intimidad el sentido de la afectividad: su verdad, su lógica, su fin. Ello implica reconocer en los sentimientos cierta “transparencia”, fundada en la unión substancial (córpore et ánima unus), por la cual las realidades más netamente espirituales comparecen sensiblemente: la vocación, la gracia, la fe, el compromiso, el pecado, etc. Esta misteriosa compenetración entre cuerpo y espíritu está al servicio del amor: en ella nos vivimos completamente libres para el don total de nuestra persona. En otras palabras, el corazón es tanto más auténtico cuanto más orientado a la comunión amorosa, pues el amor lo acrisola y afina. Obviamente el pecado empaña esta transparencia, y su amenaza es constante e insidiosa.

 

Desde el punto de vista ético, por consiguiente, es menester combinar la ascesis de los sentimientos con su atenta “lectura” a la luz de la reflexión, el diálogo, la oración y el acompañamiento espiritual: en una palabra, cultivando la interioridad. Este nexo entre dominio e interpretación de los sentimientos se encuadra en la gran tradición espiritual del cristianismo —que en este punto diverge netamente de la oriental— según la cual la lucha interior se abre de modo natural a la contemplación, y la ascética, a la mística.

 

 Sólo en esta perspectiva es posible un sutilísimo discernimiento, imprescindible en la buena amistad, para deslindar nociones aparentemente afines, pero realmente distantes, tales como sensibilidad y sensiblería, intimidad y privacidad, franqueza e insolencia, ternura e infantilismo, fortaleza y dureza, romanticismo y cursilería, elegancia y afectación,  misericordia y debilidad, lo femenino y lo mujeril, etc. Son matices de extraordinaria importancia para la convivencia, cuyo descuido torna incompresible el misterio de la mujer y obstruye su labor humanizadora.

 

A continuación proponemos, sin pretensiones de exhaustividad, algunos aspectos de este corazón-intimidad o “concepto fuerte”:

 

 

Morada interior y lugar del encuentro

 

Con la analogía de la “profundidad”, “ahondamiento”, etc., a que alude la palabra intimidad (de ‘intimus’, superlativo del latín ‘interior’) evocamos aquella distancia que hay entre el ser y el aparecer: siempre soy más de lo que parezco, aún no soy quien debo, mi espíritu redunda más allá de mi cuerpo, etc. En este sentido necesitamos hablar de un “dentro” o “centro escondido” para referirnos a la verdad de la persona: eso es el corazón. De ahí que el Catecismo de la Iglesia, recogiendo una tradición milenaria, lo describa como “morada donde habito y me adentro” (cfr n. 2563). Se trata de una interioridad vivificante, como la del corazón fisiológico: no se ve pero da vida a lo que se ve. Es, pues, el lugar donde la persona late y mana, desde donde vive. También lo llama el Catecismo “lugar del encuentro” porque permite a los amigos ser morada el uno para el otro, inhabitar recíprocamente, hasta el punto de exclamar: “¡qué alegría vivir sintiéndose vivido!” (Pedro Salinas). La traducción externa de esta vivencia íntima la constituye el arte de la hospitalidad, que es una cierta plasmación visible del propio corazón.

 

De lo dicho deducimos que el corazón realiza en su sentido más puro el concepto de “habitar”. ¿Qué significa esta palabra sino “existir para adentro y desde dentro”? No en vano su etimología latina (frecuentativo de ‘habeo’, haber) pone en relación las siguientes palabras: a) ‘habitación’, como creación de la arquitectura y la decoración; b) ‘haber’, como sinónimo de ‘tener’, por ejemplo utensilios y herramientas; c) ‘hábito’, como sinónimo de vestido, indumentaria; d) ‘hábito’ como virtud, autodominio, fuerza moral. Estos haberes proceden todos de la habitación última y radical que es el corazón.

 

 

Órgano de la integración

 

A diferencia del concepto débil o psicologista, el fuerte se inserta en una verdadera teoría del amor, pues es el amor el que revela la intimidad, la ahonda y la orienta al don de sí. A la luz del amor, fuerza integradora y reveladora por excelencia, el hombre aparece en su concreción y singularidad, en su proyección histórica y en su dramatismo. La vida, en efecto, se hace intensa cuando se vive de corazón. Esta plenitud o excelencia viene dada por tres movimientos, que constituyen su latido: integrarse por las virtudes, conocerse por el diálogo, darse por el amor. En estos tres actos, simultáneos e interdependientes, se afianza el totum humano: carne y espíritu, memoria y proyecto, tiempo y eternidad.

 

A partir de este proceso de integración “hacia dentro” se abre de modo natural otro “hacia fuera”, configurando la convivencia y la cultura. En efecto, el temple ético, la lucha ascética, la finura de espíritu (integración hacia dentro), hacen a la persona capaz de conciliar categorías y órdenes aparentemente incompatibles (integración hacia fuera): lo abstracto y lo imaginario, lo femenino y masculino, lo público y lo privado, lo familiar y lo profesional, el trabajo y el descanso, lo práctico y lo teórico, etc. Y lo logra además actuando “de corazón”, mediante una bien entrenada espontaneidad, que es al mismo tiempo dominio de sí y don de Dios.

 

 

Órgano del sentido

 

En el corazón la verdad comparece en forma de sentido, que no es lo mismo que sentimiento. El sentido es “lo que las cosas quieren decir”: a qué llaman, qué preguntan, adónde llevan. Ciertamente está expuesto a ofuscaciones y engaños, consecuencia del pecado, pero eso no impide al corazón ser el órgano del sentido. Con él alcanzamos niveles de verdad inaccesibles a la razón abstracta: hay cosas, en efecto, que sólo entendemos cuando lloramos, reímos, contemplamos, besamos, jugamos, descansamos, soñamos...; y son, además, las fundamentales de la vida.

 

Para captar el sentido hay que tomarse en serio la realidad, lo cual no es tan fácil como parece: hay que aceptarla como viene, asumirla sin deformarla, arriesgarse a ella, responderla con honradez. Sólo un corazón bien templado es capaz de sentir la verdad, que es el modo más perfecto de comprenderla: si no hiere ni acaricia ni apremia, en una palabra, si no es dramática, apenas es una verdad sino un dato. 

 

Pero pocas veces sentido y sentimiento coinciden. Se requiere, además de un severo ejercicio de sinceridad, cierta conversión interior. A esto se refiere la antítesis carne/piedra de la que habla la Sagrada Escritura (Ezequiel 11, 19; 36, 26). La expresión “corazón de piedra”, en contra de lo que parece, no se refiere al hombre de carácter frío y duro sino al embotado por el vicio, insensible para el misterio, aunque sea psicológicamente emocionable y sentimental. E inversamente ocurre con el “corazón de carne”, imagen que profetiza la perfecta Humanidad de Cristo en la que estamos llamados a participar. Es de notar que la plenitud de lo humano se expresa aquí en términos de ternura para el sentido, netamente diversa de la “ternura sentimental”. En efecto, la experiencia sensible de la verdad es señal de cierta integración cuerpo-espíritu, aunque sea esporádica e imperfecta, que experimentamos como un don. Así ocurre en la contemplación mística (“conocimiento sabroso e intuitivo de la verdad”, “simplex intuitus veritatis”), a la que está llamado el cristiano corriente.

 

La distinción entre “ternura para el sentido” y “ternura sentimental” es de capital importancia para apreciar la perspectiva femenina de la ética, librándola de prejuicios inveterados. Esta perspectiva se caracteriza por: a) La mujer discierne mejor entre “dato” y “sentido”, verdad de algo y verdad de alguien; el varón en cambio suele interpretar la “ternura para el sentido” como “blandura emocional”. b) La mujer comprende de manera más honda y espontánea la dimensión estética de la vida y por tanto su ingrediente contemplativo.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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