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El
pan de las sonrisas
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Nuestra dieta espiritual no puede pasar sin esta
ración diaria de jovialidad. La sonrisa es pan,
vitualla del caminante, provisión del peregrino.
Sostiene en el sendero de la vida porque
contiene una profecía de la eternidad. Pablo
Prieto |
¡Menos mal que alguien nos sonríe cada día! Y normalmente no una persona
sino varias: familiares, amigos, compañeros, vecinos, y también
desconocidos, que saludamos en el ascensor, en la tienda, en el autobús.
Estas sonrisas, por muy normales que sean, hay que agradecerlas con toda el
alma, y por supuesto devolverlas, pues en ellas recibimos más de lo que
sospechamos. Son un auténtico regalo, un don. Y muy sutil, por cierto, casi
inmaterial, inaprensible, pues está hecho de… casi nada. Se da lo máximo con
lo mínimo.
¿En qué consiste realmente una sonrisa? ¿Quién se atreve a formular una
definición? La que encontramos en el diccionario no nos convence: «Hacer con los músculos de la cara
un gesto como el que se hace para reír, pero sin emitir ningún sonido»
(María Moliner). Para empezar, no está claro que se limite a la cara: es el
cuerpo entero el que sonríe, con sus ademanes y su vibración; y no es cosa
de músculos, pues parece residir más bien en la mirada; ni tampoco, en fin,
es una forma atenuada de risa, pues se mueve en un plano psicológico y
espiritual mucho más profundo.
Pero no pretendemos aquí un estudio filosófico, sino tan sólo constatar un
hecho: la sonrisa nutre el espíritu. Sí, las sonrisas que nos
intercambiamos habitualmente son pan cotidiano. No golosina
sentimental, emocioncilla momentánea que aligera la jornada, sino alimento
de primera necesidad, verdadero sustento para el alma, sin cuyas recias
calorías posiblemente sucumbiríamos al pesimismo y la desesperanza. Vivimos
de lo que sonreímos. No porque nuestra vida esté hecha de sentimientos, sino
porque es vocacional, tiene un logos, un sentido, el cual se
manifiesta de este modo súbito y fugaz. En efecto, cada vez que alguien nos
mira con simpatía intuimos que la vida, a pesar de los pesares, vale la
pena.
Nuestra dieta espiritual no puede pasar sin esta ración diaria de
jovialidad. Porque es, como decimos, pan, vitualla del caminante, provisión
del peregrino. La sonrisa sostiene en el sendero vital en la misma medida en
que sugiere su término, evoca la meta a que nos dirigimos, el fin último,
que dicen los filósofos. En toda sonrisa late, de modo sutil y misterioso,
una profecía de la eternidad. Cuando cada mañana nos llueve, como maná
celestial, el saludo de los seres queridos, la esperanza halla
momentáneamente su non plus ultra, atisba su objeto, aplaca su sed. Y
entonces el corazón —el corazón sano y alerta, por supuesto, no el mortecino
y amojamado— exclama: ¡Eureka! ¡Esto era! ¡Aquí está! ¡Por fin llegué!
Cierto que luego la vida prosigue como siempre, azarosa, dramática,
insegura, toda por hacer. Pero no importa, pues ahora la afrontamos con
optimismo, conscientes de haber recibido un guiño del Más Allá.
Si acometemos el duro trabajo, si perseveramos en medio del tedio y la
fatiga, si luchamos contra el ego tiránico y devorador, posiblemente se deba
a que la irradiación de alguna sonrisa nos ha envuelto y nos infunde aliento.
¿Qué sonrisa? ¿Cuándo la recibimos? ¿De quién? No sabríamos decirlo con
exactitud, pero el caso es que su efecto perdura en nosotros como motor potente y
silencioso. Quién sabe, quizá hasta las primerísimas sonrisas de nuestra
madre, las que recibimos cuando éramos un bebé, esas que la memoria ya no
puede recuperar, sigan operativas en nuestro interior, iluminándonos el camino. Los Reyes Magos también recorrieron largo
trecho y sortearon duros obstáculos por haber vislumbrado, acaso por unos
instantes, la estrella de Belén.
pabloprieto100@hotmail.com
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