Dios y las artes del hogar

22 abril 2008

 

 

Autor: Pablo Prieto

 

█   Las artes domésticas son esa compleja trama de servicios, competencias, destrezas, actitudes, hábitos, tradiciones, ritos, etc., con los cuales el hogar toma conciencia de sí, configura su rostro y celebra su hermosura. En estas tareas la familia aparece como lo que es: comunión de personas y, en palabras de Juan Pablo II, “primera y fundamental realización de la Iglesia”. Se trata, por otra parte, del trabajo ejercido por más personas en el mundo, sobre todo mujeres, y que esconde una mina de valores humanos y sabiduría pocas veces reconocidos como merecen. ¿Cómo no meditar, por tanto, las abundantes referencias que el Evangelio hace a este ámbito de la vida? No sólo en su trabajo escondido en Nazaret sino también en sus discursos y parábolas, Jesús demuestra una exquisita sensibilidad doméstica, la misma que emplea para fundar su Iglesia e imprimir en ella aire de hogar. ¿Y María? ¿Acaso su papel de corredentora no está íntimamente unido a su oficio de ama de casa?

  

█   Empleamos en estos textos la expresión “ama de casa” y otras similares en un sentido muy amplio, que incluye a todo miembro de la familia en cuanto responsable de la realización práctica del hogar, ya sea varón o mujer. Ciertamente la mujer personifica el hogar de modo especial, en virtud de cierto simbolismo inherente a su persona. No por eso, sin embargo, la casa deja de ser incumbencia de todos. Sólo colaborando cada uno según sus circunstancias el hogar resplandece como lo que es: organismo vivo, comunión de personas, y primera y fundamental realización de la Iglesia.

 

 

 

PRESENTACIÓN

1.   Maternidad espiritual

2.   Un solo corazón

3.   Colaboración y complementariedad

4.   Misericordia

5.   Servir y reinar

6.   Marta, Marta

7.   Inventar el espacio 

8.   Domesticar el tiempo

9.   Gestar y alumbrar 

10. Criar y crecer

11. Visitar y recibir

12. El ungüento y las lágrimas

13. Mirad mis manos

14. Los pañales y la túnica

15. Una habitación amueblada

 

 

 

16. En mi alcoba y con primor

17. Enciende una luz y barre la casa

18. Medir y contar

19. Danos hoy nuestro pan

20. Servir la mesa

21. La Pascua

22. La fiesta y la gloria 

 

ORACIÓN PARA OFRECER EL TRABAJO DOMÉSTICO

 

APÉNDICE. ¿Qué son las tareas del hogar? Aproximación desde la filosofía personalista.

Agradecimientos

 

 

  

PRESENTACIÓN

 

Este librito es una colección de comentarios y reflexiones breves en torno a las tareas del hogar, tomando pie del Evangelio. Son fruto de mi experiencia sacerdotal, y los ofrezco como una invitación a profundizar en este ámbito de la vida humana, tan rico en tesoros de espiritualidad y cultura.

 

Hay varios motivos por los que un cristiano, cualquiera que sea su profesión u oficio, debería interesarse por las faenas domésticas e intentar comprenderlas a fondo. En primer lugar, por ser la familia la primera y fundamental realización de la Iglesia, y por tanto el lugar donde la vida cristiana acontece en su forma más genuina. Respecto a la familia, las tareas domésticas son como su encarnación, su puesta en práctica, y aportan una preciosa clave hermenéutica para discernir su naturaleza, su fin y sus valores específicos. Tal discernimiento resulta tanto más urgente cuanto que la familia sufre hoy gravísimos ataques que pretenden oscurecer su identidad e incluso destruirla.

 

En segundo lugar, nos interesa por ser este oficio el desempeñado por más personas en el mundo, sobre todo mujeres, lo que le confiere una proyección apostólica inmensa, más aún en nuestro mundo globalizado.

 

No obstante, a pesar de estas y otras razones, las labores domésticas siguen despertando escaso interés entre nuestros coetáneos. ¿Por qué? No es posible enumerar aquí los diversos prejuicios, algunos muy antiguos, que pesan sobre el hogar, pero cabe destacar dos: la mentalidad utilitarista y el feminismo radical, este último envuelto actualmente en la ideología de género. Sea como fuere, se trata de un triste analfabetismo doméstico, que empobrece lamentablemente la convivencia, tanto familiar como social, y sobre todo la experiencia de Dios, la cual, privada del entronque vivo con el hogar, pierde sus raíces más profundas y su savia vital.

 

Como toda carencia humana, esta que describimos tiene un único y definitivo remedio: Cristo. Él es, en efecto, la luz que hay que poner sobre el candelero para que ilumine a toda la casa (Mt 5, 15). Y para ponerla efectivamente, para hacer patente esta luz de la casa, que es Jesús en persona, resulta imprescindible meditar su vida e impregnarnos de ella. Este es precisamente el objetivo de las siguientes reflexiones. Materia para ello no nos falta, pues en el Evangelio abundan las referencias a esta esfera de la vida humana. Ante todo está el ejemplo mismo de nuestro Señor, trabajando en la casa de Nazaret junto a María y José. Y después su predicación, tan salpicada de ejemplos hogareños: la mujer que amasa, barre o muele, el remiendo del vestido, el baúl del paterfamilias, el administrador, los criados, los banquetes, las lámparas, etc. Todo lo cual demuestra en Jesucristo una exquisita sensibilidad doméstica, la misma que emplea para fundar su Iglesia e imprimir en ella aire de hogar.

 

El problema surge al expresar por escrito estas consideraciones. Porque hoy más que nunca el discurso sobre el hogar se presenta complicado y cargado de connotaciones, a veces polémicas, sobre todo en lo que atañe a la colaboración entre varón y mujer. No es este el lugar, como es obvio, para dilucidar tan delicada cuestión, pero se hace inevitable tomar postura frente a ella, incluso para una consideración meramente espiritual y ascética del hogar, como es nuestro caso. El criterio que nos ha parecido más equilibrado a este respecto, y más acorde con la antropología cristiana, ha sido el de emplear la expresión “ama de casa” y otras similares en un sentido muy amplio, que incluye a todo miembro de la familia en cuanto responsable de la realización práctica del hogar, ya sea varón o mujer. Si bien la mujer representa el hogar de modo especial, en virtud de cierto simbolismo inherente a su persona, no por ello la casa deja de ser incumbencia de todos. Sólo colaborando cada uno según sus circunstancias el hogar resplandece como lo que es: organismo vivo, comunión de personas, y primera y fundamental realización de la Iglesia. Un desarrollo más detenido de este planteamiento lo encontrará el lector en el breve artículo que figura en el Apéndice de este libro. Allí hemos intentado esbozar, a la luz de la antropología personalista, los rasgos que configuran el trabajo doméstico y los principios que rigen su actividad.

 

Pero más que la antropología personalista, la verdadera inspiración de estas meditaciones procede de la enseñanza de san Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la santificación del trabajo ordinario. Enseñanza que, en lo referente al trabajo del hogar, he visto encarnada admirablemente en innumerables mujeres del Opus Dei. Estas páginas son un testimonio de admiración y agradecimiento hacia ellas.

 

 

P.P.R.

Zaragoza, 1 septiembre 2007

 

 

 

1. Maternidad espiritual

 

 

Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del Cielo de junto de Dios, ataviada como novia que se engalana para su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía: ¡He aquí la morada de Dios con los hombres! (Al final de los tiempos, Apocalipsis 21, 2-3).— La Sagrada Escritura presenta la morada definitiva y perfecta en forma de mujer. Y nuestra morada terrena y temporal, ¿acaso no participa de algún modo en este designio? El hogar, en efecto, es un cierto misterio femenino que envuelve y rebasa a la mujer misma que habita en él.

 

¿Y qué misterio es este sino la Iglesia, es decir, la comunión de toda clase de personas, varones y mujeres? Somos por tanto todos los miembros de la familia, y no sólo la madre, los que hacemos patente este signo divino que es el hogar: una maternidad hecha de complementariedad.

 

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Maternidad espiritual es la disposición constante y universal para engendrar al hombre. Aunque no exclusiva de la mujer, su forma más acabada e intensa se da en ella. Pues el modo femenino de tratar a las personas es un cierto engendrar: acoger hacia dentro y alumbrar hacia fuera. Cuando la mujer ve una persona, la prohíja con el corazón.

 

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Una mujer hacendosa ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas… (Proverbios 31, 10).— El trabajo doméstico expresa y realza admirablemente el genio femenino, pues la mujer personifica el hogar y lo convierte en prolongación de su regazo.

 

Ahora bien, esto que atribuimos a la mujer en el plano de lo simbólico e ideal nos incumbe a todos en el plano de lo práctico e inmediato. Cada uno a su modo y según sus circunstancias está implicado en esta trama de servicio, respeto y delicadeza que son las tareas del hogar. ¿Cómo responder, si no, a la llamada que Dios nos dirige a través de todo corazón materno? ¿Cómo ingresar en el regazo de Él sin comprometerse activamente en el de ella?

 

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Y ahí tienes a tu pariente Isabel, que ha concebido en su ancianidad… porque para Dios nada hay imposible (Lc 1, 36).— Una concepción es aquí la profecía de otra concepción, y una madre es vaticinio de otra madre. Así quiere Dios demostrar su señorío y su grandeza, pues el auténtico poder no está en la eficacia sino en la fecundidad: no consiste en hacer cosas sino en dar vida. De ahí que el estado más glorioso a que puede aspirar un ser humano —en el orden natural— es ser madre.

 

Y en el plano sobrenatural sucede análogamente, pues ¿qué es una vocación divina sino cierta forma de maternidad espiritual, más intensa que la de la carne? Y en el caso de la mujer, ¿qué son la virginidad, el apostolado, la dedicación a los pobres sino una intensificación de su vocación materna?

 

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Pannis involutum, velatum sub carne vidébimus (Himno Adeste Fideles).— En Belén lo vemos involutum y velatum, envuelto en pañales y velado por la carne. Y a pesar de esta doble envoltura, es más, precisamente por ella, se nos hace patente la Encarnación. Los pañales de la Virgen, en efecto, lejos de oscurecer el misterio de esta carne, la honran y la confiesan como divina.

 

¿Y qué son los pañales sino síntesis y semilla del hogar entero? ¿Qué es envolver al bebé sino un resumen de todas las tareas de la casa? Tareas que, vividas con fe, prolongan el gesto de María: envuelven a Cristo y lo entregan a las almas, lo velan y lo revelan.

 

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Atención a esta matrona judía que se alza entre la multitud, esta mujer del pueblo, fogosa y enérgica. Su corazón materno no puede contenerse a la vista de Jesús y exclama: “¡dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! (Lc 11, 27-28), dichoso ese cuerpo de madre que es como el mío; en Ella, en la Virgen, también me siento madre tuya”.

 

Así dijo la mujer del pueblo, por cuya boca hablaba el auténtico Pueblo, o sea la Iglesia, a la cual personificaba sin darse cuenta. En Jesús las mujeres se entienden, las madres se solidarizan y las esposas alumbran a la Iglesia.

 

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Pero él replicó: dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc 11, 28).— ¿Y cuál es esta palabra? Cristo, el Verbo encarnado. Por tanto escuchar la palabra es concebirlo y gestarlo, como hizo María. ¿Y qué es guardar la palabra? Hacerla crecer, como la madre que cría al bebé dándole el pecho.

 

La respuesta de Jesús, por tanto, es en el fondo un elogio filial: ¡Dichosa mi Madre, que realizó con su alma lo que significó con su cuerpo!

 

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Hasta el gorrión ha encontrado una casa, la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío (Salmo 83, 4).— Altar, nido y casa cristiana tienen una cosa en común: estar abiertos al cielo, estar construidos en función de las alturas. En el altar ofrecemos a Dios nuestras vidas como incienso de suave olor, y en el hogar, nido de eternidad, ensayamos el vuelo definitivo hacia su Presencia…

 

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Vocación de nido.— Nido no es cama, ni sofá con mullidos cojines, donde uno se amuerma perezosamente. Nido es el lugar donde se está lo justo para nacer, para crecer, y para aprender a volar: para perderle miedo a la altura, y lanzarse finalmente al cielo.


De ahí que la madre tenga vocación de nido. La mujer anida a los hijos, al marido, y a todos a cuantos ella prohíja con su amor, que no es ablandarlos con mimos y comodidades. El nido es esa rara forma de ternura que cría fortaleza, de suavidad que produce reciedumbre, de protección que incita al valor: ¡al valor de volar!

 

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¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos…! (Llorando sobre Jerusalén, Lc 13, 34).— Este sentimiento de delicada ternura arraiga en el corazón reciamente varonil de Nuestro Señor. Porque la maternidad espiritual es un rasgo del alma sacerdotal, que trasciende la diferencia de los sexos. Los varones también lo encarnamos a nuestro modo, especialmente cuando colaboramos en la atención de nuestra familia.

 

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El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bella, en su casa bien arreglada (Eclesiástico 26, 16).— En el sistema planetario el sol parece estático y pasivo. Los que se mueven incesantemente son los planetas, girando sobre sí mismos y describiendo sus órbitas. Sin embargo es el sol, con su energía inagotable, quien los pone en movimiento y les comunica luz y calor. Eso es una mujer.

 

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El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma una mujer y mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta (Mt 13, 33).— Esta masa representa todas las faenas domésticas. Mediante ellas la mujer toma en sus manos la casa misma, y con ella a sus moradores. Añadiendo la levadura de su feminidad, humaniza la masa doméstica, la informa con su espíritu, la vuelve elástica, homogénea, sabrosa. Hace, en definitiva, como Dios con el barro primigenio, con el que modeló al hombre.

 

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Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 26-27).— Al pie de la Cruz Salomé, madre natural de Juan, aceptó de buen grado ser reemplazada por María, pues tal relevo, lejos de oscurecer su maternidad, la intensificaba. Y así es en efecto: cuanto más somos de María, más pertenecemos a nuestra propia madre.

 

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…Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa (Jn 19, 27).— ¿Cuál es esta casa del apóstol Juan? ¿La misma en que vivía su madre natural, Salomé? ¿O era una casa propia? Sea como fuere, a partir de este momento quedó transformada por la presencia de María, madre espiritual de Juan. Pues si Cristo desde la Cruz los había unido a ambos con nuevo parentesco, ¿cómo no iba reflejarse este hecho en el espacio que habitaban? Nuevo hijo, nueva madre, y por tanto nuevo hogar.

 

Y por eso las tareas de aquel nuevo hogar María las vivió, a partir de entonces, en continuidad con el misterio de la Cruz, del cual, en cierto modo, habían nacido. Sencillas y corrientes, contenían toda la fuerza salvadora de la Pascua. De modo que, mientras su hijo adoptivo, Juan, predicaba entre las multitudes, Ella colaboraba en la Redención discretamente desde la cocina y el lavadero, y con una eficacia acaso mayor.

 

 

2. Un solo corazón

 

 

Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca (Mt 7, 24).— Cierto, las palabras de Jesús forman una casa, pero también la casa cristiana es, ella misma, palabra viva del Señor: verbo tangible y habitable, síntesis de ladrillos y corazones, de utensilios y biografías. Todo ello proclama a Cristo con más elocuencia que el mejor sermón.

 

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...Y su voz era como el estruendo de muchas aguas (Apocalipsis 1, 15).— Como una cascada, incesante novedad en la permanente identidad: así es Cristo. Infinitos matices tiene su voz, eternamente fiel es su Persona.

 

Ofreciendo a Dios su trabajo, el ama de casa traduce este misterio al lenguaje multiforme y variadísimo del hogar. Así, a través de la humilde voz de las cosas —enseres, muebles, utensilios— Cristo proclama su Evangelio. Él, Palabra divina, nos interpela con todos los sonidos, colores, tactos, movimientos y sabores de nuestra propia casa.

 

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El Espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido (Sabiduría 1, 7).— Cada tarea tiene su voz, dice a su modo el mismo mensaje. Limpieza, cocina, niños, office, planchero, lavandería, compras, etc. se ejercen cada cual según su técnica propia, con su “sonido” espiritual característico, pero todo se íntegra en una música común, al modo de los instrumentos de una orquesta.

 

¡Lástima que no todos sepan escuchar el hogar, ni todos están dispuestos, al menos, a intentarlo…!

 

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Recoged los trozos que han sobrado para que nada se pierda (Jn 6, 12).— Preparar y recoger; disponer y retirar; sacar y guardar; poner y quitar: es el ritmo de la casa, su latido constante, su pulso vital. Sin esta sístole y diástole silenciosa el organismo familiar desfallecería. Menos mal que la administración doméstica, verdadero corazón de la familia, renueva la sangre común y la bombea a todos los miembros. Nuestra vida está en sus manos.

 

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El ama de casa tiene un fonendoscopio que lo aplica a todo: la cocina, las cuentas, la ropa, la limpieza, la decoración, las plantas… En todos los rincones percibe el latido de un único corazón: la familia. Y el amor afina su oído de doctora y cirujana, para detectar la mínima enfermedad y curarla.

 

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Lo doméstico es ecléctico y sincrético. Como un guiso, integra elementos dispares pero respetando el sabor de cada uno: lo técnico, lo artístico, lo económico, lo cívico, lo pedagógico, lo ético, lo lúdico y lo catequético. No revuelve: combina. No confunde: conjuga. No iguala: armoniza.

 

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Y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 51).— Conservaba las palabras y acciones de Jesús conservando sus cosas, velando por su bienestar, gobernando su casa. Guardaba el alma del Hijo a base de cuidar diligente, primorosamente, de su cuerpo.

 

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No se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa (Mt 5, 15).— Esta luz que permite vernos las caras unos a otros tiene, ella misma, rostro y nombre propios: Cristo. Y el candelero que la sostiene es también realidad viva y personal: nosotros, toda la familia, cuando colaboramos en el hogar.

 

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Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre parientes y conocidos. (Jesús perdido en Jerusalén, Lc 2, 44).— En la caravana de la vida parientes y conocidos compartimos muchas cosas: cultura, fe, tradiciones, recuerdos, vecindad, compromisos, penas, alegrías… Aunque diversos en edad, carácter y condición, formamos entre todos aquel ámbito donde el hombre crece y se abre a la vida.

 

Buscándolo entre parientes y conocidos… ¡Sí, por aquí hay que empezar! Para encontrar a Cristo en el Templo, empieza buscándolo en tu casa. Investiga primero en la familia y acabarás hallándolo en el altar…

 

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Y extendiendo su mano hacia sus discípulos dijo: He aquí a mi madre y mis hermanos (Mt 12, 49).— El cariño que vivió en su familia lo extiende ahora a sus discípulos. Y aquella casita de Nazaret se ha vuelto universal, eterna e indestructible. La Iglesia tiene aire de hogar.

 

 

3. Colaboración y complementariedad

 

 

Le seguían dos ciegos, gritando: ¡ten compasión de nosotros...! (Mt 9, 27).— Ceguera semejante se da con frecuencia en el trabajo en equipo. Los compañeros, de tantas horas juntos discutiendo las cosas del oficio, se vuelven incapaces de verse mutuamente con objetividad; el juicio sobre el otro se deforma, los ánimos se crispan y, finalmente, la lengua se dispara. El trato intenso, que debería facilitar la amistad, paradójicamente la estorba. Los que más podrían servirse, acaban por herirse.

 

Por eso hay que gritar con los ciegos: ¡Ten compasión de nosotros! ¡Rompe, Señor, este grillete del pecado con que, al querernos, nos aherrojamos; al ayudarnos, nos tropezamos; al cuidarnos, nos herimos; al buscarnos, nos chocamos...! ¿Y cómo remediarlo si no es abriendo los ojos a ti? ¡Únenos viéndote!

 

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¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc 9, 54). Los samaritanos niegan hospitalidad a Jesús y los discípulos se enfurecen.

 

¡Qué fácil es condenar una casa que no va bien, fulminarla con nuestras críticas! Lo difícil, en cambio, y lo verdaderamente necesario es mejorarla con la caridad y el trabajo, colaborar en su restauración.

 

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Y la madre de Jesús estaba allí. (En las bodas de Caná, Jn 2,1).— Dondequiera que haya un hogar está María. Allí revive el misterio de la Encarnación, alumbra a Cristo en nosotros, lo cría y lo lleva a su madurez. Pero ese allí hemos de realizarlo nosotros con el cariño y la colaboración.

 

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Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga (Jn 2, 5).— Este hacer hacer de María es el puente que une a los hombres de aquella casa —el maestresala, los sirvientes— con Jesús.

 

Otro tanto ocurre en toda familia. Colaborando con las mujeres (y no solo “ayudándoles”), los varones nos entendemos mejor con Cristo… ¡e incluso hacemos milagros!

 

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Y el discípulo la recibió en su casa. (Juan junto a la cruz, Jn 19,27).— Recibir a María no es sólo ofrecerle un hogar sino convertirse uno mismo en hogar para los demás; en instrumento de María, para hacer operativo su poder materno. En el hogar de Juan, Ella se sirve de sus manos varoniles.

 

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Nuestros hijos como vigorosos retoños, y nuestras hijas como columnas talladas, esculpidas para un palacio (Salmo 143, 12).— Sí, la mujer es columna, espina dorsal, viga maestra, pero no porque le corresponda soportar el peso de todo edificio, sino porque le marca la altura, le confiere su dimensión humana y su estructura de hogar.

 

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Aquellas flores, piropos y besos de cuando novios, aquellas horas mágicas a la luz de la luna, no es que se hayan esfumado ahora que estáis casados, sólo que requieren un refrendo menos idílico: el trabajo compartido, el servicio mutuo, la perseverancia en los detalles, en una palabra: las tareas del hogar. En ellas vosotros, los esposos cristianos, renováis aquel amor que os unió para siempre; colaborando en la casa continuáis diciendo lo mismo de entonces —te amo, soy para ti, me entrego—, pero con un lenguaje nuevo…

 

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Doña Atareada, esa perfeccionista: hiperactiva, maniática, que pone nerviosos a todos y se queja de que nadie le ayuda.

 

Cierto, pero también está Don Tranquilo. Don Tranquilo presume de franco, sencillo y campechano: ¡fuera formalidades! Nadie tan alegre y apacible como él. Sin embargo sus continuos descuidos deterioran paulatinamente la convivencia: el despacho desordenado, las luces encendidas, la comida sin recoger, los ceniceros sucios, los aseos impresentables… ¿No podría usted, Don Tranquilo, abrir más los ojos?

 

 

4. Misericordia

 

 

Me disteis de comer…, de beber…, me acogisteis…, me vestisteis…, me visitasteis… (Mt 25, 35-36).— La parábola del Juicio Final hace depender la salvación eterna de cosas tales como proporcionar comida, bebida, vestido, compañía, asistencia sanitaria, etc., de modo que las demás obras son verdaderamente meritorias en la medida que se parecen a éstas. La atención al prójimo en su corporeidad se presenta aquí como paradigma de toda obra digna de recompensa divina. No es de extrañar ya que, desde la Encarnación hasta el fin de los tiempos, el cuerpo humano es el eje de la Redención: caro salutis est cardo, decían los primeros cristianos: la carne es quicio de la Salvación.

 

Esta verdad ilumina el valor espiritual de las tareas domésticas, que se encuentran admirablemente reflejadas en la parábola evangélica (comida, bebida, asistencia, curación). En estos trabajos, sencillos y modestos, los cristianos encontramos la pedagogía suprema del misterio de Cristo.

 

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Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante (Lc 6, 36-38).— Lugar del hombre naciente y débil, el regazo es donde se cumple plenamente este “dar y se os dará”, este recibir dando. Así sucede tanto en el seno materno como en el seno de Dios, que es la Iglesia.

 

De uno y otro participamos mediante la caridad. Si eres caritativo, Dios ensanchará en ti el espacio cálido y nutricio donde acoger el prójimo; abrirá en tus entrañas el hueco donde volcar su gracia, aunque ello suponga desgarro y dolor.

 

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No os agobiéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Qué nos pondremos? (Mt 6, 31).— El repertorio interminable de las preocupaciones humanas lo resume Cristo en éstas, tan domésticas: el alimento y el abrigo.

 

Remediar tales carencias, por consiguiente, es el mejor modo de abarcar con la intención todas las demás. El trabajo del hogar, verdadero atajo de misericordia, nos solidariza con la humanidad entera, y nos permite sentir sus angustias en el corazón del Señor.

 

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Quien pierda su vida por amor a mí la encontrará (Mt 10, 39).— Administrar es poseer dando; conservar lo que se tiene a fuerza de entregarlo.

 

Este milagro, tan característico del hogar, sólo se cumple plenamente de un modo: por amor a mí, es decir, amando en Cristo y por Cristo a cada miembro de la familia.

 

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Mientras dormían los hombres vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo (Mt 13, 25).— El peor enemigo del hogar no es el desorden, ni mucho menos, sino la soberbia en todas sus formas, especialmente el perfeccionismo. El perfeccionismo, querer llegar a todo aún a costa de la caridad, es cizaña tanto más perniciosa cuanto más disfrazada de responsabilidad.

 

Lo fecundo, en cambio, es aceptar que todos los días la casa se nos va, de un modo u otro, de las manos. Esta humildad sí que es trigo limpio del hogar.

 

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Aceite y vino (Lc 10, 34).— Con sustancias tan culinarias, más que curar, parece que el buen samaritano alimenta la herida. ¿Y qué es el dolor sino una especie de boca? ¿Y qué mendiga el enfermo sino el pan de la salud?

 

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Lugar de la verdad, en casa cada persona se revela como es, con sus defectos y virtudes, su vocación y su misterio. En ningún sitio el prójimo es más próximo.

 

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Les dio poder para curar toda enfermedad y toda dolencia … El obrero merece su sustento (Mt 10, 1.10).— Milagro y oficio, acción divina y trabajo profesional, no se contraponen, y mucho menos en el hogar. En él los milagros más hermosos —conversiones, vocaciones, perseverancias, fidelidades, sacrificios, reconciliaciones— los provoca la labor perseverante y ordinaria de cada día.

 

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Tomándola de la mano, dijo en voz alta: Niña, levántate. Ella volvió a la vida y se levantó al instante. Y Jesús mandó que le dieran de comer (Lc 8, 54-55).— De la mortaja a la mesa, de la tumba al mantel: ordenándolo así Jesús parece interpretar la muerte como una especie de hambre, y la comida como un complemento de la resurrección.

 

Pues la comida, en efecto, no sólo mantiene la vida sino que la celebra. Y vivida con fe entraña una profecía de la vida futura.

 

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Y mandó que le dieran de comer (Lc 8, 55).— Completad lo mío con lo vuestro, lo extraordinario con lo ordinario, mi obra redentora con vuestra labor de padres. Que la resurrección le sepa a esta niña al menú de su casa, al pan de su hogar. Pues la vida que le devuelvo es la misma que vosotros, los padres, mantenéis y custodiáis.

 

 

5. Servir y reinar

 

 

De los 20 misterios del Rosario, el que mejor representa a María como ama de casa es el último: su Coronación como Reina del universo. Pues su triunfo en el Cielo es consecuencia lógica de su trabajo en Nazaret, donde la magnanimidad de su alma informaba hasta la tarea más menuda. Tanto allí, entre los vecinos de su pueblo, como ahora, entre los ángeles de Dios, el lema de su vida permanece idéntico: servir es reinar.

 

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Segundo misterio gozoso: “La sustitución de Nuestra Señora a su prima santa Isabel”.— Pues más que una visitación, en efecto, lo que hace María en casa de su prima, anciana y débil, es suplirla en los diversos trabajos de la casa, ponerse en su lugar. Ahora bien, con tanta discreción y delicadeza, con tanta alegría y naturalidad, que parecía disfrutar con el trabajo, aunque en realidad era arduo y fatigoso.

 

Así sucede siempre en el hogar: la auténtica sustitución parece una visitación.

 

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María permaneció con ella unos tres meses y se volvió a casa (Lc 1, 56).— Se quedó lo necesario, ni un minuto más, a fin de que la gloria recayera en sus parientes y no en ella.

 

Ir, servir, y salir sigue siendo la norma que preside el oficio doméstico, y también el ministerio sacerdotal.

 

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Y la madre de Jesús estaba allí. (Bodas de Caná, Jn 2, 1).— Ante todo, estaba. Es cierto que también hacía, pero su labor diligente —atender a los invitados, ayudar en las comidas, dirigir a los sirvientes— pasaba inadvertida.

 

Esta exquisita discreción es característica del trabajo del hogar. La actividad se recapitula en la presencia; el hacer se reabsorbe en el estar. Se hace lo que se debe para que las personas sean lo que son.

 

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El maestresala probó el agua convertida en vino sin saber de dónde provenía (Jn 2, 8).— Un sabor sin saber: un gusto delicioso cuya fuente secreta se nos escapa.

 

Así la administración doméstica: el velo de lo ordinario cubre pudorosamente lo extraordinario, para que el milagro resulte así más divino.

 

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… Sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua sí que lo sabían (Jn 2, 9).— ¿Por qué lo callaban? ¿Acaso el Maestro se lo ordenó? Más bien la reverencia ante lo divino les inspiró este silencio: que sea Dios quien hable a través de sus obras y no nosotros.

 

¡Que hablen las obras! Esta es la consigna de quienes se ocupan del hogar, de estas manos que hacen y desaparecen. Cuanto más saben más callan.

 

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El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma una mujer (Mt 13, 33).— Eres levadura de tu propio hogar. Éste toma cuerpo y se vuelve esponjoso, moldeable, sabroso, en la medida en que desapareces en él.

 

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¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve (Lc 22, 27).— Como quien ve, oye, sabe y siente, pero calla; como quien trae lo bueno y recoge lo que sobra, lo que disgusta, lo desordenado, lo sucio. En una palabra, estoy y actúo en la Iglesia como la administración doméstica, que está en todo sin aparecer en nada.

 

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El que sirve gusta de pasar inadvertido, para no empañar su sacrificio con la vanagloria o la presunción.

 

Ahora bien, su desaparición no lo convierte en ser anónimo e impasible, eficaz como un electrodoméstico, pero sin rostro ni libertad. Al contrario, por discreto y desinteresado que sea, el auténtico servicio madura la personalidad y vuelve el corazón más sensible a las necesidades del prójimo, e incluso más vulnerable a la ingratitud y el desprecio.

 

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Dichosos aquellos siervos a los que su amo al volver los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá (Lc 12, 37).— La Vuelta gloriosa de Jesús nos sorprenderá como un plato magistral, servido por Él en persona; un plato en parte novedoso, pues pertenece a la eternidad, y en parte presentido, pues ya en la Tierra nos llega su aroma a través de la Iglesia.

 

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Dentro del hogar el servicio no es exclusivamente profesional, definido por criterios económicos, ni mucho menos un servicio servil, propio de esclavo, sino un servicio soberano, signo y fruto del don de sí, libre y responsable.

 

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Le acompañaban los doce y algunas mujeres: María, llamada Magdalena…, y Juana… y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes (Lc 8, 1-3).— Con sus bienes, porque servir, más que dar lo que se tiene es emplearlo sabiamente. El que sirve pone en juego los medios de que dispone, se atiene a las posibilidades reales, se hace cargo de la situación, administra lo que hay; en una palabra, pone en marcha el mundo, haciéndolo girar en torno del necesitado.

 

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